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Centros Chilenos en el Exterior

Luis Maira, dirigente socialista y embajador de chile en argentina

Luis Maira, dirigente socialista y embajador de chile en argentina

 "Pinochet fue un hachazo en la historia de Chile"

-Era coordinador del bloque de diputados de la Unidad Popular durante el gobierno de Salvador Allende y debió exiliarse en México tras el golpe. Señala que aunque el juicio contra el dictador no pudo concluir con una sentencia, "ya hubo un juicio de la historia" y destaca el gesto de Michelle Bachelet de no conceder a Pinochet honras como jefe de Estado y respetar la ley al otorgarle honras como ex jefe militar.

Por Mario Wainfeld

-¿Dónde estaba usted, qué hacía, el 11 de septiembre de 1973?

-Coordinaba, por decisión del presidente Allende, el bloque de diputados de la Unidad Popular. No era el jefe de bloque, sí su coordinador político. Nuestro partido tenía resuelto, ante cualquier crisis, constituirnos en fábricas del cordón industrial. Así lo hicimos, en Maipú. Ahí nos fuimos enterando del ataque a La Moneda y fuimos advirtiendo la imposibilidad material de una resistencia frente a un golpe de todas las fuerzas armadas. Tanto los dirigentes sociales, como los sindicales y los dirigentes políticos... cada uno se replegó a los espacios que tenía. Pocos días después, con motivo de las fiestas nacionales de Chile, el comandante Gustavo Leigh hizo una cadena nacional de televisión y presentó una lista de las 13 personas más buscadas, con una serie de recompensas... Yo estaba entre ellos. A partir de ese momento era casi imposible pensar en permanecer en Chile a resguardo. Con una gestión del cardenal Silva Henríquez y del embajador de México pude asilarme en la embajada. Permanecí allí ocho meses y pude partir hacia México, donde pude radicarme, ejercer actividad académica...

-Es una forma de decir que puede sonar mal pero tal vez le fue mejor que a muchos de sus compañeros...

-Tuvimos mucho seguimiento y resguardo. De la gente que estaba en esa lista muchos fueron asesinados y muchos apresados, pasando hasta nueve años de cárcel muy dura. En mi caso y en otros mucho se debió a la gestión del cardenal Silva Henríquez, que prefiguró su comportamiento en materia de derechos humanos. En México se nos dio una acogida ejemplar, se nos dio posibilidades de trabajar en áreas de nuestra actividad.

-¿Cuánto tiempo duró su exilio?

-Once años.

-¿Dónde estaba cuando se enteró de la muerte de Augusto Pinochet?

-En el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra , volviendo de la Cumbre de Cochabamba. Hicimos una escala porque el avión andaba mal, estábamos cansados, un poco malhumorados, habíamos pedido algo de comer. De pronto oímos otros pasajeros que hablaban en inglés comentando la noticia y ahí empecé a recibir llamadas. Me conmovió. A los dos minutos llamó mi mujer (la escritora Marcela Serrano) desde Santiago.

-¿Qué le pasó por la cabeza en ese momento?

-Fue un impacto grande, que recibí con enorme recogimiento. Perdí toda gana de comer. No era sorpresa, teníamos información previa, sabíamos que podía suceder tras el primer infarto. Pasó por mi cabeza un balance, no de su vida, sino de la mis compañeros, de mi generación, de mi país. Pinochet fue un hachazo en la historia de Chile que truncó una democracia liberal, relativamente bien establecida, que funcionaba. Se suprimió eso y se eliminó físicamente a una parte importante de lo mejor de mi generación, debe haber caído un treinta por ciento de la gente que tenía mejores proyecciones, que más podía haber hecho por Chile. La represión fue feroz y muy selectiva, apuntó a lo mejor de la izquierda chilena, en especial a los más jóvenes.

-¿Le puedo preguntar en qué persona, específicamente, pensó, a quiénes recordó cuando se enteró de la muerte de Pinochet?

-Sí, claro. En mi generación hubo varios de mis compañeros de curso o de personas de la universidad -yo fui dirigente y presidente de la federación de estudiantes de Chile-. En el movimiento universitario hubo muchas personas que murieron en distintos momentos de la represión. Un par de ellos que murieron en la "Caravana de la muerte" estaban para mí muy presentes cuando tuve la noticia.

-Si fuera posible cifrar todos sus sentimientos inmediatos en alguna palabra... ¿sintió alivio, dolor, alegría?

-Sentí dolor, sobre todo dolor. No por Pinochet, claro. Pinochet ya era una figura gastada, apoyada por una minoría cada vez más pequeña. Ya en 1999, cuando él vuelve de su detención en Londres, hasta la derecha que le fue más cercana ( la UDI de Joaquín Lavín) comienza a distanciarse de él. Se vio muy bien en la campaña de 2005, ninguna figura de la derecha colocó su afiche, como era habitual antes. Hoy día, no era un factor activo. Su propia personalización del poder había jugado contra la posibilidad de tener descendientes políticos o militares. En 2003, al cumplirse 30 años del golpe, hubo muchos trabajos de investigación periodística. Se pasaron por televisión, con alto rating. Entonces tuvieron que mostrar a Allende, a quien muchos chilenos jóvenes jamás habían oído y eso fue una enorme elevación en la respetabilidad de la figura de Allende. Todo se acentuó por la denuncia de sus cuentas en el Banco Riggs, pasaportes falsos, todo eso repercutió en su propio público. Su deterioro final ya se había concretado porque la gente que, en una rara inversión de los valores, había considerado un costo razonable las violaciones de derechos humanos, los 3000 muertos, los 120.000 líderes políticos y sociales que se exiliaron por estar amenazados, los 140.000 torturados, el medio millón de personas que tuvieron que exiliarse por estar en listas negras y no poder trabajar, ya no consideró justificadas las irregularidades económicas, las cuentas en tantos bancos.

-Cuesta aceptar que Pinochet, en términos políticos, no era nadie cuando murió.

-Era muy poco, muy poco. Le quedaban partidarios incondicionales que podían meter bullicio. Pero cuando se mida y se lo compare con su nivel más alto, el del plebiscito de 1988, que pierde pero con el 43 por ciento, se entenderá cuánto había perdido.

-Hay una pregunta usual, entre argentinos al menos. También la formuló el escritor Ariel Dorfman en una contratapa de este diario: ¿cómo puede ser que dirigentes que tanto padecieron la dictadura sean tan transigentes, hayan convivido con el dictador, acepten que se le rinden honores después de muerto? Dorfman se lo pregunta sobre la propia presidente Michelle Bachelet, yo le traslado el interrogante respecto de usted mismo, de la Concertación.

-Hay que establecer un cuadro comparativo de la fortaleza de las dictaduras. La de Chile fue la más poderosa de las particulares dictaduras surgidas en Sudamérica durante la segunda mitad del siglo veinte en pleno desarrollo de la Guerra Fría. Primero porque tuvo un poderío militar no comparable. Después, porque tuvo una tecnocracia más competente que la de otros países, más apta para operar sobre la realidad. No tengo la menor afinidad con los Chicago Boys, pero debo reconocer que tenían una formación que no tuvieron Martínez de Hoz ni Delfim Neto en Brasil. Las condiciones de presidente y la de comandante en Jefe que Pinochet mantuvo durante 8 años durante el período democrático le dieron un poder férreo. A diez años del golpe, en 1983, hay intentos de resistencia civil, saca 18.000 hombres a la calle, una enorme demostración de fuerza, hay una represión que causa un número grande de muertos, se habla de noventa. También frustra la posibilidad de un camino militar, que nunca fue muy fuerte, del Frente Manuel Rodríguez. Sus asesores políticos, también hábiles, le permiten mantener relativamente dividida a la oposición. Hacia 1987, cuando se venía el año del plebiscito, ni la oposición más radical (incluyendo su componente militar) ni la oposición civil que trabajábamos la reconstrucción del tejido social teníamos fuerza ni capacidad para remover la dictadura. Entonces el sector más moderado proponía usar el instrumento del plebiscito, cambiando su naturaleza, haciendo del momento electoral el comienzo del cambio de la situación chilena.

-¿Y esa vía fue aceptada sin polémicas internas?

-Hubo discusiones, algunos aceptaron con reticencia, pero finalmente pudimos. Fuimos construyendo una alternativa, sabiendo que el único camino para demostrar una mayoría real era el camino ciudadano y nos dispusimos a hacer un frente con otros opositores y levantar la alternativa del "No". Hasta el propio Partido Comunista, que se había opuesto al inicio, terminó por plegarse. Confluimos con otros sectores de la oposición, yo tuve el honor de ser uno de los cinco ciudadanos que integraron el comando del "No". La ventaja del "No", que no percibió Pinochet, era que no requería fundamento. Teníamos que movilizar, teníamos que hacer la inscripción en los registros electorales, que habían sido quemados en 1973. Había una "cifra mágica", pasar los seis millones de inscriptos. El régimen, sabíamos, contaba por su acción social y su influencia militar y civil con un caudal de tres millones de votos, cuanto menos gente participara más pesaba. Inscribimos más de siete millones y medio. Fue un verdadero movimiento social, una epopeya cívica. Tuvimos cuatro millones de votos, un triunfo claro con un gran apoyo internacional en la fiscalización y el control. Había miles de observadores internacionales, que nos garantizaban que si había fraude se podía incendiar el país. Fue una enorme batalla política. Tuvimos que cumplir muchas tareas, tener una red de apoderados en todo el país, para cubrir las 23.000 mesas electorales. Teníamos que armar una red, un sistema de cómputos, de modo de ir transmitiendo los resultados a una central. Conseguimos apoyos europeos para hacer una red de fax (en ese tiempo casi no se conocía el fax). Uno de los recuerdos más tiernos que tengo de esa campaña fue cuando llegamos a un poblado campesino. Le explicamos qué era el fax a un poblador muy humilde, muy comprometido, de gran coraje, que estaba ahí, expuesto en una zona campesina con mucha represión. Cuando le contamos qué era el fax, que podía poner un papel y que eso se leería en Santiago y en cuatro ciudades más nos miraba como si nos hubiéramos vuelto locos. Tuvimos que hacerle una demostración, llevando el fax a la casa de una vecina, poniendo el papel y luego recibiendo la transmisión. Una demostración empírica (ríe). Cuando recibió la hoja de la vecina y la leyó me abrazó y dijo: "Venga un abrazo". Supo que ganaríamos.

-¿Ustedes confiaban en que iban a ganar el plebiscito?

-Sabíamos que éramos mayoría pero no sabíamos si teníamos la capacidad de armar la elección. No teníamos acceso a los medios, sólo los últimos días, en horarios no centrales. Nos apoyaron los intelectuales, los artistas, una franja cultural amplísima. Hubo un enorme coraje político del pueblo chileno, se movilizó, se inscribió. Los actos finales (el del Santiago fue el principal pero hubo en todas las grandes ciudades del país) fueron los más masivos de la historia de Chile, más que el cierre de campaña de Allende. Vencimos a Pinochet por un camino atípico que nos impuso un costo, eso hay que entenderlo, que fue respetar una constitución que no era democrática, y que hubo que ir cambiando de a poco. Empezamos levantando la prohibición ideológica en 1989. Hicimos una transición de marcha lenta, en cámara lenta, pero segura. Y consiguió resultados. Puede parecer poco, si uno tiene una perspectiva maximalista, pero lo que hicieron los chilenos fue una enorme, bellísima batalla social.

-¿No le parece que la falta de condena al dictador es una carencia que pesará en el futuro?

-Mi percepción pasa más por lo histórico que por lo jurídico. Desde 1973 supimos que teníamos por delante una batalla, por la interpretación histórica del golpe de Estado. Iban a competir dos poderosos conductores políticos. Salvador Allende, con su vía al socialismo. Y Pinochet, que no administró como otros dictadores sino que hizo una refundación conservadora de gran envergadura. La represión fue feroz. Se ejercitó adentro y, por primera vez, una de estas dictaduras ejerció el terrorismo de Estado en otros países. En el corazón mismo de Washington (el primer hecho terrorista en Estados Unidos durante más de un siglo), en Buenos Aires, en Roma. La dictadura tejió un largo proceso de desinformación, durante tantos años... Hubo que revelar los crímenes del terrorismo de Estado, su vinculación con Estados Unidos en la Guerra Fría. Esa batalla la ganamos definitivamente en 2003, cuando los jóvenes que no habían conocido a Allende pudieron verlo con sus ojos y saber quién era y quién era Pinochet.

-¿Qué representa hoy, según usted, Salvador Allende?

-Allende ha sido recuperado como una figura y su concepto también. El Partido Socialista que no colocaba, por razones de conveniencia electoral, la figura en sus campañas, lo hace cada vez más. Fui un colaborador cercano de Salvador Allende, creí en su proyecto de la vía chilena al socialismo. Pero, mirando las cosas hoy día, con una distancia de 33 años, uno ve que ese proyecto tiene una enorme validez y legitimidad al inicio del siglo XXI. La idea de llegar a una sociedad más justa, en los términos en que Allende decía, en democracia, pluralismo y libertad, era una idea muy poderosa. Y la idea de que las personas que creemos en la necesidad del cambio social, aun asumiendo los datos de la realidad, que no son favorables a este proceso, especialmente desde el término de la Guerra Fría , tenemos como un deber ético de no claudicar en la búsqueda de los objetivos más específicos que acompañan un cambio de sociedad y de sistema al que aspiramos largamente en los años '60 y '70. O sea, sociedades con un grado mayor de equidad, con grados mayores de igualdad, con un trabajo digno y con derecho a la organización para los productores sociales, es un tipo de aspiración a la que no hemos renunciado.

-¿No es una interpretación muy moderada del legado de Allende?

-Allende inspira distintas reflexiones y distintas posturas. Me doy cuenta de que hay gente que, desde una posición más radical, puede invocar válidamente el pensamiento de Allende pero también nos nutre y nos ayuda a los que somos parte de la actual coalición de gobierno, a los que somos parte del Partido Socialista, que fue su partido, y a los que seguimos creyendo en la necesidad, aun con las restricciones que tienen las políticas públicas, de incorporar el aire, el espíritu de lo que Allende representó en la sociedad chilena.

-Volvamos, por favor, a las implicancias posibles de la falta de condena judicial a Pinochet.

-Creo que ése es un tema que debe doler sobre todo para las víctimas directas, a los familiares de los desaparecidos, a las personas que fueron torturadas. Pero, desde el punto de vista de quienes miramos las cosas en función de la historia del país y las grandes tendencias, el juicio se hizo. Es fundamental la sentencia de desafuero de la Corte Suprema. Lo votaron 14 de sus 21 ministros. Lo privan de su cargo de senador y lo colocan a disposición de la Justicia. Es un texto extenso, fundado, de un enorme valor jurídico, que establece de un modo muy lapidario, definitivo, las irregularidades y consolida desde el punto de vista judicial la existencia del terrorismo de Estado, que estaba en discusión hasta ese momento. Además las resoluciones que se dictaron en los numerosos casos --más de 140 procesos- determinan que la criminalidad del terrorismo de Estado está probada, aunque no haya habido una sentencia definitiva que era a lo que aspiraban, con razón, las organizaciones de derechos humanos. Hubo un pronunciamiento suficientemente concordante y categórico de diversos jueces en base al cual el propio juez Alejandro Solís, que lleva los asuntos principales que están pendientes hoy día, diría que había de parte del Poder Judicial una clara resolución indicativa de la culpabilidad. Aunque no llegó a formalizarse en una sentencia definitiva.

-La presidenta Michelle Bachelet padeció en carne propia, como pocos mandatarios de la región, la represión. ¿Cómo vincula ese pasado imborrable con sus decisiones de estos últimos días, incluidas las honras fúnebres al tirano?

-No he hablado con ella, pero no lo necesito para saber qué piensa. La presidenta es una persona que tiene una notoria combinación, a mi juicio, de memoria personal de agravios, que incluyen la muerte de su padre en la cárcel, de un ataque al corazón en el que no consiguió ninguna asistencia médica durante nueve horas, hasta que se murió, y las propias situaciones que ella vivió en uno de los recintos peores de detención de la DINA y de tortura. Fue en el campo de concentración de Villa Grimaldi, donde ella ha ido a establecer hace poco una especie de santuario, un lugar de memoria de los desaparecidos y presos políticos. Ella tenía sobradas razones que fundaban bien su juicio de que no estaba moralmente en condiciones de presentar honores ni de hacerle un funeral de Estado al general Pinochet. Y eso lo dijo desde la campaña, no es ninguna sorpresa. Segundo, no era su obligación legal. Los honores como comandante en Jefe sí correspondían legalmente y fue correcta la actitud de la ministra de Defensa, que tuvo conducta, prestancia y dignidad más allá de las críticas que hubo, desde los dos lados. La presidenta actuó sin rencor, sin espíritu de revancha. Uno puede, siempre lo hago, respetar la radicalidad y la rebeldía de las víctimas del terrorismo de Estado, pero es una cosa de mucha grandeza poder colocarse por encima de eso. Lo que a ella la convirtió en una figura nacional, de gran liderazgo, fue el trato que tuvo con las Fuerzas Armadas como ministra de Defensa. La presidenta siempre dijo "justicia y verdad, pero yo personalmente no me voy a poner en un lugar de rencor y de pasión". Chile se lo agradeció mucho.

Una historia, una generación

Cuando Allende fue asesinado, Luis Maira tenía 33 años y cumplía su tercer mandato como diputado nacional. Debió asilarse, exiliarse, y se consagró a la actividad académica. Participó activamente en las denuncias por violaciones de derechos humanos contra el régimen de Augusto Pinochet. Vuelto a Chile, regresó a la función pública en 1994. Ahora es embajador en la Argentina. Si se escudriña más a fondo su currículum se ve que alcanza marcas muy infrecuentes para políticos argentinos de fuerzas mayoritarias. Es un científico social de fuste, tiene una biblioteca bien leída que incluye un anaquel de libros de su propia autoría. Ha tenido una consistente conducta en materia de derechos humanos. El promedio es una sólida conformación de cuadro político, distinta, más vasta que la corriente entre dirigentes argentinos. Las clases medias chilena y argentina tienen distinta expansión, lo que debe tener su correlato en el perfil promedio de los respectivos dirigentes.

Maira integra (hasta tienta decir "sin embargo, Maira integra") un gobierno más centrista que de centroizquierda que ha convivido con la rancia derecha de su país, incluido el dictador. Para los argentinos suele ser entre chocante e incomprensible la relación entre ese pasado (militante, de izquierda comprometida y en ciertos casos radical) y estos años de coexistencia con la derecha. Esa lectura adolece de falta de conocimiento acerca de cómo se produjo la transición chilena, tan distinta de la Argentina , donde el poder militar implotó y jamás hubo un liderazgo de esa derecha encarnado en un hombre.

Maira es un hombrón cuyo trato cálido excede para bien la cortesía profesional de la diplomacia que también lo viste. Conocedor profundo de la historia de la región, coautor de un libro notable sobre el conflicto entre Bolivia y su país, Maira hilvana un relato, una cifra del pasado reciente de Chile. Algunas palabras, algunas anécdotas (la del campesino y el fax) evocan al militante que no sería fácil intuir en los salones y despachos de la elegante, diríamos asentada, Embajada de Chile.

Maira habla de modo muy sosegado, en el volumen de voz, en el tono, en su exégesis de la historia. La palabra "batalla" suena rara en sus labios, pero la repite una y otra vez. La transición chilena fue, interpreta, una batalla en cámara lenta contra un régimen sólido, pleno de recursos, dominador de la escena. El plebiscito de 1988, que rememora con fervor, fue un hito, una trabajosa conquista democrática del movimiento social. Los últimos 33 años fueron una batalla entre Salvador Allende y Pinochet. Una batalla que, concluye el embajador, ha ganado Allende. Su propia vida, sus opciones políticas, la historia de su generación discurren en ese tiempo. Es la suya una versión de la historia, protagónica, situada, sesgada como todas, cuyo desenlace edificante puede ser compartido o rebatido. Pero vaya si vale la pena escucharla

Bibliotecaria

Departamento de Cultura

Embajada de Chile

4808-8677

 

Ésta es una reforma de aquellas que hacen historia

Ésta es una reforma de aquellas que hacen historia

Presidenta Bachelet:

 Foto: Esta reforma constituye un paso central en la construcción de un sistema de protección social capaz de acompañar y apoyar a los chilenos desde la cuna hasta la vejez.

La Jefa de Estado firmó esta mañana el Proyecto de Ley para la Reforma Previsional, que considera diez grandes transformaciones orientadas a asegurar una vejez digna a todos los chilenos.

La iniciativa legal incluye una Pensión Básica Solidaria, que durante el actual período presidencial llegará a 75 mil pesos; mayor equidad entre hombres y mujeres; ampliación de la cobertura para trabajadores independientes; cambios institucionales en el sistema y un subsidio a las cotizaciones para los trabajadores jóvenes de menores ingresos, entre muchos otros puntos.

REFORMA PREVISIONAL: PROTECCIÓN PARA LA VEJEZ EN EL NUEVO MILENIO

La Presidenta de la República, Michelle Bachelet, firmó esta mañana el Proyecto de Ley de Reforma Previsional, iniciativa que propone diez grandes transformaciones al actual sistema y que calificó como una reforma histórica. "El Proyecto de Ley que hemos firmado esta mañana es una reforma de aquellas que hacen historia, que recoge el sentir de los ciudadanos de contar con una mayor seguridad en sus vidas, seguridad que les otorgue una tranquilidad mínima para soñar con un mejor futuro, emprender sin temores, desarrollarse como personas y vivir una vejez digna", aseveró la Mandataria en el Patio de Los Naranjos del Palacio de La Moneda.

10 GRANDES TRANSFORMACIONES

Luego de firmar el documento, la Jefa de Estado enumeró y describió los aspectos centrales de estas transformaciones, que incluyen los siguientes puntos:

1. Sistema de Pensiones Solidarias

Pensión Básica Solidaria, para quien no pudo contribuir al sistema de capitalización obligatorio y no posee otro tipo de pensiones. Comenzará a regir durante el presente periodo presidencial con un valor de 75 mil pesos.

Aporte Previsional Solidario, destinado a quienes hayan cotizado pero sólo logren autofinanciar una pensión de bajo monto.

Aquellas personas cuyas pensiones no superan los 60 mil pesos contarán, inicialmente, con un aporte solidario.

 

 

Jefa de Estado recibió al Presidente electo de Ecuador

Jefa de Estado recibió al Presidente electo de Ecuador

Foto:  Rafael Correa asumirá la presidencia de su país el próximo 15 de enero.

 Tras el encuentro con Rafael Correa, efectuado en el Salón de Audiencias del Palacio de La Moneda, la Presidenta Bachelet destacó las buenas relaciones entre ambas naciones y subrayó la voluntad de "profundizar los acuerdos económicos, que tendrán mutuo beneficio".

El Mandatario electo de Ecuador se encuentra desarrollando una visita de trabajo a nuestro país, acompañado por una delegación encabezada por su futura canciller, María Fernanda Espinoza.

La Presidenta de la República, Michelle Bachelet, recibió esta tarde en el Palacio de La Moneda al Presidente electo de Ecuador, Rafael Correa, quien asumirá su alta investidura el próximo 15 de enero.

El futuro Presidente ecuatoriano llegó acompañado por el ministro designado de Economía y Finanzas, Ricardo Patiño, y los asesores de Relaciones Internacionales, María Fernanda Espinoza; de Comercio Exterior, Verónica Sian; de asuntos Geopolíticos-Agrícolas y Educacionales, Guadalupe Larriva; y de la Secretaría General de Administración, Vinicio Alvarado. La delegación la componen, además, los presidentes de Petroecuador, Carlos Pareja; de la Corporación Aduanera, Rafael Compte, y el embajador del Ecuador en Chile, Juan Carlos Faidutti, entre otras autoridades.

Junto a la Jefa de Estado estuvo el ministro de Relaciones Exteriores, Alejandro Foxley, y el embajador de Chile en Ecuador, Enrique Krauss.

En la declaración conjunta de ambas autoridades, la Presidenta Bachelet destacó las buenas relaciones entre ambos países y la "convicción de seguir profundizándolas".

Resaltó que Chile tiene una muy fraternal e histórica relación que se remonta a "la época de nuestros libertadores y que ha continuado a lo largo de toda nuestra trayectoria". Al respecto, subrayó que entre los asuntos bilaterales tratados está el "profundizar los acuerdos económicos que hemos estado trabajando para tener mutuos beneficios", además de abordar una serie de áreas de interés y cooperación.

www.presidencia.cl

Juicio al general

Juicio al general

Análisis sobre Pinochet está marcado por la dicotomía

Historiadores, sociólogos y analistas desmenuzan la figura del ex comandante en jefe y el rol que cumplió en el país.

La dicotomía es el elemento que marca y seguramente marcará por muchas décadas cualquier intento de interpretación acerca de la figura de Augusto Pinochet Ugarte y el papel que cumplió en la convulsionada historia chilena del siglo 20.

Para el doctor en Historia y docente de la Pontificia Universidad Católica de Chile Joaquín Fermandois, el régimen militar que encabezó Pinochet será bien o mal percibido en los años venideros, de acuerdo a cómo se desarrolle la situación en el frente interno.

En tanto, el historiador de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Baldomero Estrada opina que, al evaluar, las violaciones a los derechos humanos pesarán siempre más que la transformación económica o el nuevo orden político.

El doctor en Sociología y consultor Eugenio Tironi maneja una percepción similar en su última columna: "Para algunos, su figura está identificada indeleblemente con la muerte, la desaparición, la tortura, el exilio, el despido, la humillación, el miedo, el silencio; para otros, a la salvación de una amenaza que ponía en peligro el orden, la propiedad, la libertad, el progreso económico y hasta la vida".

Tironi, en todo caso, introduce el matiz del destino: "¿Fue acaso un personaje excepcional, que a fuerza de genio o de valor marcó a su tiempo? No lo creo: Fue más bien un hombre empujado por la historia a tomar un protagonismo que nunca imaginó y que tuvo la astucia de seguir" sin resistencia. Recuerda que no organizó el golpe de Estado, pero al momento de las definiciones lo encabezó; que "hizo una revolución capitalista de corte liberal que sacudió a Chile hasta sus raíces, fractura cuyos efectos siguen vigentes hoy", pero afirma que ese proceso ocurrió casi accidentalmente; o que aceptó dejar el poder sólo al percatarse de que habían desaparecido las condiciones que lo habían instalado en él.

"Pinochet ha muerto", dice el analista, "y es la hora de reflexionar sobre nuestra sociedad, que en un momento lo creó y lo respaldó, para finalmente expulsarlo. Pinochet ya no está, pero esas misteriosas fuerzas siguen en nosotros".

DE DICTADOR A LIBERADOR

"Si se ensaya una proyección de los imaginarios colectivos a partir de la actual sociedad chilena, aún polarizada ideológicamente en un alto grado en forma manifiesta o subyacente, como resultado de un largo proceso que tiene como gran factor la creciente desigualdad económica y social, los chilenos recordarán a Pinochet dicotómicamente: como el dictador que violó sistemáticamente los derechos humanos o como el general que libró al país de una dictadura comunista y sentó las bases del crecimiento económico". Así piensa Juan Orellana, director de Sociología de la Universidad de Valparaíso.

Agrega: "Si en el futuro la conciencia colectiva aumenta su grado de lucidez, y los chilenos logran comprender que el general Pinochet surge en un proceso de crisis integral del sistema institucional, caracterizado por el choque de los poderes económicos y políticos, y las profundas transformaciones sociopolíticas emprendidas en las décadas del 60 y 70 que buscaban reducir la desigualdad económica y social, es posible que su figura se contextualice y se entienda que fue parte de una lucha de poderes donde las responsabilidades políticas aún no han sido dilucidadas".

Rodrigo Figueroa Weitzman, profesor del Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, concluye que "aventurar el juicio de la historia sobre Pinochet no es un ejercicio fácil. Personajes tan controvertidos no suelen generar unánimes análisis en torno a su persona y tampoco, en este caso, a su gobierno".

Opinión de Eugenio Tironi "Es hora de pensar en nuestra sociedad, que creó y respaldó a Pinochet para finalmente expulsarlo. Él ya no está, pero esas misteriosas fuerzas siguen".

www.diariollanquihue.cl

 

Antes de colocar la lápida al tirano

Antes de colocar la lápida al tirano

Por: Fernando Sánchez Cuadros (especial para ARGENPRESS.in

Sin duda habrá que celebrar la muerte del criminal y ladrón Augusto Pinochet nada menos que el día internacional de los derechos humanos, pero no se deberá perder de vista que sus crímenes han quedado impunes y que la justicia chilena y del concertaciónismo tienen una deuda que se hará cada vez más grande conforme pase la euforia y pese el recuerdo de que el tirano murió plácidamente en casa solapado y cobijado por un sistema político y judicial que aún supura la impronta con que éste masilló la democracia chilena. Los regímenes de la Concertación dieron largas a toda posibilidad de iniciar procesos judiciales contra el ex dictador primero con el maniqueo pretexto de la reconciliación nacional, argucia espuria utilizada por los tiranos una vez que pierden el poder, posteriormente con la estratagema del necesario olvido. Psico-socio-antropólogos improvisados peroraban sobre la “sanación” del alma de la sociedad dejando atrás, en el olvido, los traumas que provocaron la cruenta destrucción de la democracia chilena. Olvidar los miles de asesinados y desaparecidos por la dictadura más sanguinaria en la historia de América Latina, las decenas de miles de chilenos que debieron partir al exilio en una diáspora forzada por el sólo “delito” de sus creencias políticas, motivados exclusivamente por el odio ideológico y sectario de las clases dominantes contra quienes se atrevieron a cuestionar sus privilegios en aras de mejorar la vida de más chilenos que un puñado de usurpadores de las riquezas nacionales, generalmente racistas y siempre, sin excepción, profundamente clasistas, arrogantes y déspotas. La historia reconstruida pondrá en su justa dimensión la responsabilidad de las clases dominantes en el genocidio organizado por las fuerzas armadas, perpetrado por un militar de poca monta, sin brillo intelectual alguno ni como militar ni como persona, que, sin embargo, convirtieron en héroe nacional por haberlos liberado del “comunismo”.

No cometamos el error de poner la pesada losa del olvido sobre los crímenes que se cometieron en el período aciago de la dictadura, porque aún hay responsables directos e intelectuales de las atrocidades perpetradas que deberán pagar con largas condenas sus crímenes, el grave daño causado a una sociedad que devino en conservadora (el mayor de los triunfos quizá de los reaccionarios) especialmente entre unas clases medias que obnubiladas con la ilusión de arribar fueron convertidas en soporte ingenuo de un sistema que también las oprime. El deslinde de responsabilidades será parte de la liberación de estos sectores de sus propios complejos y de los prejuicios respecto de una democracia auténtica, es decir, popular. Todavía está pendiente llevar a juicio y castigar a la familia de Pinochet por el bochornoso espectáculo de usurpación y corrupción que dieron al robar al erario público y evadir impuestos. Es curioso que los tecnócratas neoliberales dentro y fuera de la Concertación que han elevado a rango de verdad religiosa el “equilibrio fiscal”, devenido por su conducto una trampa para que el Estado distribuya recursos siempre a favor de los que más tienen, no tomen medidas efectivas respecto de la evasión fiscal quedándose en formulismos y formalismos para no encarar el problema de fondo: dotar al Estado de los recursos necesarios para financiar las actividades que la sociedad le encomiende. Con todo, haciendo eco de otro fantoche ideológico: la corrección política y haciendo gala de un inherente oportunismo, los partidos de la derecha, incluido el heredero del pinochetismo, la UDI, tomaron distancia del tirano una vez que se pusieron en evidencia los actos de corrupción, el robo y la evasión fiscal… ¿porque es de mal gusto? Pero no fueron capaces de deslindarse de la conculcación organizada de los derechos humanos ni de los crímenes de lesa humanidad que se cometieron durante la dictadura. La figura de Pinochet era sagrada, hasta que el consenso conservador-reaccionario se rompió por el robo de unos cuantos millones. Lo más perverso de ese consenso era que se amalgamó en la convicción de que la matanza era necesaria para preservar sus privilegios, a lo que hicieron equivalente “salvar a Chile del comunismo”. Por esa razón la Democracia Cristiana no sólo no condenó el golpe militar sino que dio su apoyo al régimen dictatorial y no puso distancia mientras se masacraba y expulsaba a los opositores avalando esa aberración que es el concepto de “crímenes de conciencia”, sino hasta cuando las urgencias electorales así lo ameritaron. No es casual que hoy amenacen con abandonar la alianza gobernante sui el gobierno insiste en intentar aprobar la legalización del aborto.

Hoy la Democracia Cristiana reconsidera su alianza con el Partido Socialista, antes que por la constatación de que el régimen de la Concertación se ha agotado, porque preveían la desaparición del criminal y registraban los conflictos en el seno de la derecha, de la que se sienten parte integrante. El Partido Socialista debería debatir internamente su filiación ideológica, de momento se encuentra bajo la hegemonía de la socialdemocracia, mientras ese dominio perdure el que alguna vez fue el partido de Salvador Allende se mantendrá atrapado en los estrechos márgenes de los intereses de la clase de la burguesía y políticamente subordinado a sus prioridades, es decir fuera del campo popular. En esa medida la democracia chilena seguirá siendo endeble y será muy difícil derrotar el complejo en el que se sustenta el mito de la superioridad del sistema político-económico chileno que tan bien suelen aprovechar los grupos dominantes en toda América Latina. Chile es uno de los países con mayor desigualdad en el mundo y recientemente ha trascendido que es un país corroído por la corrupción. ¿Podría ser de otra forma donde se enseñoreó el dominio del capital? De manera que antes de colocar la lápida en el féretro del tirano, habrá que enterrar ese monumental engaño que es la eficiencia del “modelo chileno” en la conciencia de los pueblos, pero no sin debate político e ideológico.

Mientas el Partido Socialista Chileno no haga una profunda autocrítica de la praxis política y de la involución ideológica que significó haber sido cómplices o colaboradores en la preservación de la impunidad del tirano (hecho que sin duda ha contribuido a la degradación autoritaria y conservadora de la democracia chilena) y de la aplicación del programa neoliberal que ha costado mayor desigualdad (“la gran vergüenza de Chile”, claman los empresarios, los intelectuales y funcionarios de la Concertación y la oposición al unísono sin mover un ápice para transformar el sistema de prebendas y privilegios imperante), contribuyendo a alimentar la sensación en un sector de la sociedad de que Chile supo “hacer bien sus deberes”, a pesar de los millones de pobres, la decadencia de sus sistema educativo, la represión contra los mapuches y los estudiantes y de la enorme deuda moral y política con los familiares de los asesinados y desaparecidos. Ese nefasto complejo de superioridad aderezado con poses arrogantes deberá ser erradicado para desarmar la hegemonía conservadora. Derrotar a la derecha reaccionaria chilena es clave para el avance de la lucha de los pueblos latinoamericanos por su liberación y soberanía. No se debe olvidar que el “Chile moderno” se ha edificado sobre los cadáveres de las víctimas de la represión, como atinadamente lo recordara Mireya García, dirigente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

El gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet tiene aún la oportunidad de rectificar parte de los graves errores políticos cometidos por los gobiernos de la Concertación comenzando a enderezar el rumbo de la democracia chilena, enjuiciando y poniendo en la cárcel a la familia Pinochet y exhibiendo en su condición de criminales contra la humanidad a quienes sean encontrados responsables de autoría intelectual y de haber perpetrado las matanzas y las desapariciones de ciudadanos chilenos y extranjeros. Resulta patético que se debata seriamente rendirle honores de Estado a un criminal. ¿Cómo es posible que en una democracia madura, como presumen la derecha chilena y el posibilismo conservador de su sistema político, esos asesinos y corruptos sigan libres mientras se mantiene en las cárceles a dirigentes mapuches? La justicia chilena tendrá que lavar su honra y recuperar legitimidad tras haber permitido con su parsimonia la fuga al infinito del mayor genocida de la historia chilena, enjuiciando sus crímenes para que la historia registre en el lugar que corresponde a la tiranía.

Pinochet, los militares y la historia

Pinochet, los militares y la historia

El tronco y las ramas

Por: Nelson Soza Montiel /ARGENPRESS.info

La perorata política del capitán de Ejército Augusto Pinochet Molina, nieto del general Augusto Pinochet Ugarte, y la del propio comandante en jefe de esta institución, el general Oscar Izurieta, han dado cuenta de un hecho que hasta ahora había pasado inadvertido en el azaroso camino de la reconciliación entre la sociedad civil y los militares chilenos.

Independiente de la procedencia de uno (vinculado por lazos filiales) y otro (el tercer jefe del Ejército nombrado por un gobierno democrático tras de 1990), las palabras de Pinochet Molina e Izurieta confluyen en un tronco común: la permanencia al interior del Ejército -y probablemente de las demás ramas de las Fuerzas Armadas- de una formación académica renuente a re-visar el período 1973-1989 con criterios ‘objetivos y justos’ -para utilizar los mismos conceptos del general Izurieta.

Pero ni los juicios lapidarios de uno ni las reflexiones del otro han reflejado precisamente ese juicio suficientemente equilibrado, sereno, sin presiones ni premura que reclama el propio comandante del Ejército. Los conceptos del nieto de Pinochet podrían incluso ser rebajados de la importancia que se le ha dado si hubiesen sido formulados por un civil, fuera del recinto que constituye el alma mater del Ejercito chileno y en presencia de la oficialidad máxima de todas las Fuerzas Armadas. Pero dichos en el lugar y momentos propicios, los de Pinochet Molina trasuntan un lento (cuando no inexistente) proceso de desecho de las ideologías que tiñeron la formación de las generaciones de militares formadas bajo y empoderadas del Gobierno entre 1973 y fines de los años 80. Mismas cuya visión ha sido trasmitida, y reafirmada, a quienes han ingresado a las academias desde 1990 en adelante.

Los conceptos del capitán Pinochet -avalados de una forma, si se quiere, más displicente por su superior- sugieren la persistencia de unos sesgos fuertemente ideologizados en la orientación que las nuevas generaciones de militares continúan recibiendo en las academias donde éstos se forman. Y no se trata tan sólo de la reafirmación de unas doctrinas que -como la de la Seguridad Nacional- pudiesen seguirse citando siquiera a modo de inventario. Es algo mucho más profundo e inquietante: es la forma cómo es expuesta y analizada la historia del país de las últimas décadas (al parecer, ni objetiva, ni equilibradamente). Afloran, además, la reafirmación del concepto de la ‘guerra interna’ que Chile habría vivido en 1973 y los años posteriores; la reivindicación del uso de la fuerza cuando la razón no basta para ‘pacificar’ (mismo argumento invocado por la administración Bush en Irak); la aparente persistencia de la tutela militar para decidir cuándo y contra quién se usa; la invocación de añejos conceptos de la guerra Fría para explicar (y justificar) hechos incluso sucedidos apenas meses antes del retorno de la democracia. En fin, hablamos de una orientación que relega la violación de los Derechos Humanos cuando más a su condición de un ‘episodio controvertido’.

En cierto sentido, el ‘pecado’ del capitán Pinochet parece ser haber expuesto una visión de todo aquéllo que compartirían muchos de sus condiscípulos e incluso no poca oficialidad (de hecho, su padre ha dicho que el discurso de marras estaba en conocimiento de algunos superiores suyos). El punto es, pues, dilucidar cuánto de su concepción responde a su rencor en tanto nieto del general Augusto Pinochet, y cuánto a una (de) formación recibida en la misma Academia, impartida indistintamente por quienes desempeñaron el poder político hasta 1989 o quienes detentan hoy cargos en la cúpula militar.

Más allá de la histeria mediática y de algunos parlamentarios, que han preferido quedarse en las ramas y no tocar el tronco, lo inquietante de todo este episodio es que parece reproducir una suerte de círculo perverso: no habrá un verdadero recuentro entre las esferas de ‘lo civil’ y ‘lo militar’ mientras persistan los sesgos fuertemente ideologizados en la formación académica de los militares chilenos. Pero este último cambio no será posible si los propios mandos continúan renuentes a ‘reconvertirse’ -ellos mismo primero, luego sus discípulos- a la democracia y a la diversidad de lecturas, al pluralismo y la tolerancia que ella impone.

 

Pinochet merecía otro final

Pinochet merecía otro final

Imagen: AFP     

  Por Santiago O'Donnell

La muerte de Pinochet, icono universal del tirano sanguinario, estuvo cargada de símbolos que dieron la vuelta al mundo.

La noche de furia en las calles de Santiago tras el anuncio del fallecimiento el domingo pasado, que reeditó el clásico estudiantes versus carabineros, molotovs versus cañones de agua.

El cortejo con Pinochet, de uniforme de gala, paseándose en carroza por las calles de Santiago.

El escupitajo de Francisco, el nieto del general Prats, en la cara de Pinochet para reivindicar la historia de su abuelo.

Los jóvenes pinochetistas haciendo el saludo nazi sobre el cadáver del dictador.

El homenaje a Allende frente al Palacio La Moneda, con la foto gigante del Chicho presidiendo una fiesta regada de música de Víctor Jara.

El discurso de Pinochetito reivindicando la dictadura en el entierro de su abuelo.

El vestido negro que eligió lucir Michelle Bachelet el día que enterraron a Pinochet.

La invocación que hizo al día siguiente a la memoria de su padre, el general Alberto Bachelet, apresado como ella tras el golpe del '73, torturado como ella en cárceles pinochetistas, que murió de un ataque al corazón sin recobrar la libertad.

Miramos con los ojos que tenemos y desde acá nos cuesta entender tanto homenaje, tanto uniforme de gala, tanto luto. Que Bachelet tenga que justificar por qué no fue al funeral y por qué no le permitió un funeral de jefe de Estado, en vez de justificar por qué le prestó la Escuela Militar y mandó a su ministra de Defensa para decorar la pomposa puesta en escena de las hienas de doña Lucía.

Al mundo también le cuesta entender. Los corresponsales extranjeros fueron el blanco de los abucheos en el funeral, como si fueran los malos de la película. En Chile los principales diarios y noticieros todavía no lo llaman "ex dictador", no lo llaman "asesino", no lo llaman "corrupto".

Pinochet tuvo el funeral que tuvo porque Bachelet lo pactó con el sucesor de Pinochet, el general Juan Emilio Cheyre, siendo ella ministra de Defensa de Lagos y él comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Bachelet y el sucesor de Chayre, Oscar Izurieta, respetaron ese pacto: funeral militar con todos los honores a cambio de subordinación a la decisión del gobierno de no ir más allá.

Cheyre fue el primer comandante en jefe de la democracia chilena y durante el gobierno de Patricio Aylwin sentó las bases de la llamada "doctrina Cheyre", según la cual el ejército rompió formalmente con el pinochetismo bajo la consigna de que no es la función de las fuerzas armadas opinar sobre lo hecho por gobiernos anteriores.

Dieciséis años después queda claro que ese pacto no impidió que los militares responsables por miles de asesinatos se refugiaran en un cono de silencio, una ley de amnistía de la dictadura y el andamiaje legal construido por el pinochetismo para no pagar por sus crímenes, salvo excepciones, al menos hasta ahora.

Chile no es Argentina. No hay que olvidar que recuperó la democracia siete años después, pero con Constitución pinochetista y el dictador atornillado a su sillón de senador vitalicio.

Para gran parte de la opinión pública chilena, el manejo que hizo la presidenta de la situación provocada por la muerte del dictador estuvo bien.

"Bachelet se fortaleció ante la opinión pública porque se puso por encima de todos, permitió dos manifestaciones simultáneas, con los pinochetistas en un barrio alto y adinerado y los allendistas en el corazón de la ciudad. Los jefes militares también ganaron puntos. Organizaron el funeral, echaron al nieto de Pinochet del ejército por dar un discurso político no autorizado y al otro día no dudaron en echar a un general por lo mismo, algo inédito desde el retorno a la democracia. Además reafirmaron su apego al gobierno democrático rodeando y protegiendo con sus figuras a la ministra de Defensa durante el funeral, y mostrándose junto a Bachelet al día siguiente en La Moneda, cuando la presidenta enfrentó a los medios por primera vez desde la muerte del dictador", analizó el sociólogo Eugenio Tironi, jefe de prensa durante el gobierno de Patricio Aylwin, en diálogo telefónico con Página/12.

Está bien. Tiene su lógica. ¿Pero era necesario que se vistiera negro?

"Yo creo que hizo lo correcto porque es una manera de respetar la decisión de las Fuerzas Armadas de velar a su comandante en jefe. Sobre Pinochet pesaba una condena moral pero no legal y en Chile somos extremadamente legalistas. En la Argentina cruzás la calle por la senda peatonal y los autos te atropellan", grafica José Zalaquett, profesor titular de la cátedra de Derechos Humanos en la Universidad de Chile, integrante de la Comisión de la Verdad de 1998 y miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIHD).

Zalaquett aconseja no dejarse llevar por la simbología del funeral y destacó que Chile no le va en zaga a la Argentina en materia de derechos humanos y que en todo caso sigue un camino más predecible.

"En los casos de derechos humanos la Justicia chilena ha avanzado y se ha frenado, pero nunca hubo retrocesos. A diferencia de Argentina y Uruguay, durante los gobiernos democráticos no se aprobaron leyes de Caducidad, ni de Punto Final ni de Obediencia Debida ni indultos a los jefes militares. El jefe de Inteligencia de Pinochet, Manuel Contreras, fue encarcelado y otros altos jefes fueron juzgados o procesados. Actualmente hay aproximadamente 50 militares sirviendo sentencias o con sentencias cumplidas. A diferencia de la Argentina, donde las estimaciones de los desaparecidos oscilan entre los 30.000 y 9.000, en Chile no hay disputas sobre las cifras. El número de asesinatos cometidos por el gobierno de Pinochet que publican los diarios de derecha y las principales organizaciones de derechos humanos sólo varían en un 5 por ciento. La Comisión de la Verdad que integré registró unos 3500 asesinatos, incluyendo unos dos mil casos donde los restos fueron devueltos a los familiares y otros 1400 que permanecen desaparecidos. Dos años más tarde otra Comisión de la Verdad sobre tortura y trato de prisioneros políticos registró unos 37.000 casos de detenciones ilegales y pudo establecer que la tortura era una práctica generalizada. Hubo muchos más casos, pero ésos fueron los que se denunciaron. Los familiares de las víctimas recibieron una compensación del Estado, lo mismo que aquellas personas que se tuvieron que exiliar y quienes perdieron sus empleos públicos por razones políticas después del golpe del '73. La verdad, al menos la parte fundamental, se conoce y la condena moral existe. Pero la Justicia es lenta y Pinochet supo cubrir su huellas", explicó el profesor desde Santiago.

"Bachelet no podía hacer otra cosa. No podemos rebajarnos al nivel de los que festejaron con champagne cuando murió Allende", concluyó el jurista.

El argumento suena razonable, civilizado, republicano y garantista, pero no repara la injusticia. Pinochet merecía otro final.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-77820-2006-12-17.html

 

 

El pedregoso futuro de Lucía Hiriart

El pedregoso futuro de Lucía Hiriart

Cambios que sufrirá el entorno de la viuda de Pinochet

Todos los lujos a los que por casi tres décadas se acostumbró como Primera Dama y luego como esposa del comandante en jefe de Ejército, desaparecerán con la muerte de su esposo. Ahora deberá vivir con 1,6 millón de pesos y con los procesos del caso Riggs a cuestas.

Nación Domingo

Por C. Alonso, A. Chaparro y F. Saleh

Fiel al mito que la describe como una mujer de hierro, Lucía Hiriart “se mostró entera durante el funeral, pero se notaba, por el rictus de la boca, que estaba demolida”, relata un viejo conocido de la familia que durante años maquilló a la viuda del dictador Augusto Pinochet. Como una manera de reafirmar todo lo que se ha escrito en relación a que ella era el poder en las sombras durante la dictadura, la matriarca del clan Pinochet fue la única que dispuso de una sombrilla negra para cubrirse del sol que el martes derretía el asfalto del Patio Alpatacal en la Escuela Militar.

Vestirse con un traje negro de dos piezas, con discretas líneas blancas que estiran su figura, tampoco fue nada especial. Desde que Pinochet estuvo detenido en Londres, su esposa dejó atrás los vestidos de tonos claros y alegres. Desde esa época su atuendo es de colores oscuros, y de ahora en adelante, como católica a la antigua que es, se vestirá de riguroso negro en señal de luto. Sus hijos se sentaron de mayor a menor: primero, Inés Lucía; luego, Augusto Osvaldo; más allá, María Verónica; a continuación, Marco Antonio, y por último Jacqueline Marie. “A sus hijos los adoraba, pero les ponía límites todo el tiempo”, dice un ex empleado.

EN LA RUTA DEL RIGGS

Inés Lucía es su hija preferida. Gracias a ella, que estuvo casada cuatro veces, cambió su opinión sobre la gente que contrae segundas nupcias. Durante su “reinado” no toleraba ningún desliz. “Cuando el coronel Alberto Labbé [padre del alcalde] se separó de su mujer, la señora Lucía ordenó que lo llamaran a retiro. Hizo causa común con la esposa, de la que era muy amiga”, cuenta un ex colaborador que presenció el episodio.

Según cercanos, la mayor de los Pinochet se convertirá en su mano derecha. En importancia le sigue Marco Antonio, con quien vivirá los días siguientes cuando abandone la mansión de calle Los Flamencos. Su hijo menor vive en la misma cuadra, y mientras Pinochet estuvo enfermo mantenían estrecho contacto con él, sobre todo respecto al estado de salud del general.

Además, comparten haber estado procesados el año pasado por fraude tributario y declaraciones maliciosas en el caso Riggs. “Ella y Marco Antonio van a llevar todo el peso de los problemas con el banco”, asegura una persona que ha acompañado a la familia en estos días. En el frente de defensa, confirman cercanos al clan, seguirá el abogado Pablo Rodríguez.

Sin embargo, un ex general cercano a la familia Pinochet asegura que los hermanos “aún no han pensado con quién vivirá Lucía Hiriart. Se va a quedar en su casa, posiblemente en compañía de sus nietas. Siempre está acompañada por ellas. Lucía les sabe todas las historias”. Amigos de la familia no descartan que pueda quedarse con su nieta María José Martínez Pinochet, más aún después de que la estudiante de derecho asegurara en su discurso que “la mami” –como le dicen los cercanos a Lucía– “nunca va a estar sola”.

Como sea, ha trascendido además que Marco Antonio y Lucía Pinochet piensan armar un referente político y llegar al Congreso. A él, en dos ocasiones la UDI le ha ofrecido ocupar un cupo parlamentario. Muy distinta es la posición de “Augustito”, con quien su madre mantiene una relación distante. No le perdona sus excesos durante los años 80, época en que debió “exiliarse” en Estados Unidos para no seguir dando problemas. Lucía sí perdonó, en cambio, a Marco Antonio, también enviado a EEUU para que se “calmara” de sus agitadas andanzas nocturnas.

Augusto Pinochet Hiriart tiene algunas similitudes con Fredo, el hijo mayor de Vito Corleone, el protagonista de “El padrino”. En ningún aspecto alcanzó la notoriedad de su padre. Fue capitán de Ejército y pasó a retiro. Cuando intentó cobrar protagonismo sólo logró escándalo, como en marzo de 1999, cuando reaccionó con un furibundo discurso al fallo de la Cámara de los Lores que desconocía la inmunidad de su padre. Ninguno de sus hermanos asistió a su segundo matrimonio, con la vendedora de arte Macarena Blass, celebrado en 2004. Lucía Hiriart se excusó aduciendo un dolor de estómago.

“Augustito” tampoco participó en la organización del funeral. “Él no era partidario de que lo cremaran, pero primó la idea de Marco Antonio”, comenta un miembro de la Fundación Pinochet. Dada su reputación virulenta, el acuerdo familiar fue que no interviniera a la hora de los discursos. Por esa razón, en su lugar lo hizo su hijo Augusto Pinochet Molina, con los resultados ya conocidos. Ni siquiera se enteró de que estaba planeado poner la banda presidencial sobre el ataúd cuando llegó la ministra de Defensa, Vivianne Blanlot.

EL SELLO DE LA GENERALA

Durante las tres horas que duró la ceremonia en el Patio Alpatacal de la Escuela Militar, la ex Primera Dama derramó lágrimas discretamente, sólo en dos ocasiones. La desaparición de su marido, con el que estuvo casada más de 60 años, y el fin de una época llena de boato, expresado en su debilidad por los sombreros, los zapatos y las joyas que compraba en Casa Barros y en Joyería Ibáñez, ya era parte del pasado. “Antes de llegar al poder tenía un pequeño neceser con joyas. Pero cuando Pinochet fue Presidente fue comprando más. Refinó sus costumbres aprendiendo de las mujeres de los gremialistas”, cuenta una ex empleada. Bajo esta influencia se hizo fanática de la “hora del té”. Tanto así, que hasta en La Moneda se tomaba “sus ricas infusiones con pan amasado fresco”, relata un cercano que la “enchulaba” en esa época.

En su época dorada, Lucía Hiriart se vestía en la tienda de José Cardoch, hasta donde llegaba con cajitas musicales y chocolates para las costureras amigas. La maquillaba Gonzalo Cáceres; su peluquero privado era Óscar García (que ahora peina a Don Francisco y niega haberla peinado), y su fotógrafo era Ignacio Pérez Cotapos, director de la desaparecida revista “Paparazzi”.

Una de sus costumbres era regalar su ropa al personal de confianza, que de ganársela, la mantenía por mucho tiempo. Como sus secretarias Pía Espejo (que comenzó como telefonista en La Moneda y guardó la banda presidencial desplegada en el ataúd) y Mónica Ananías, procesada también por fraude tributario y que, a diferencia de Espejo, se mantendrá como su empleada.

A pesar de la relación fría con su hijo Augusto, Lucía Hiriart se ha encargado de proteger a su nieta María Verónica Pinochet Molina (hija del primer matrimonio de Augusto y hermana de Augusto III). Según un informe de la Brigada de Lavado de Activos en el marco del caso Riggs, al que LND tuvo acceso, Verónica Pinochet Molina trabajó en Cema Chile y recibió “crédito” de la entidad benéfica.

“Esta persona habría prestado servicios como encargada de relaciones públicas entre el 14 de abril de 1997 y el 30 de septiembre de 2002, sin que firmara planillas como el resto del personal. En el informe pericial contable Nº 199 del 23 de diciembre de 2005, se establece que la Fundación Cema Chile canceló una deuda personal a Verónica Pinochet Molina por concepto de servicios educacionales a dos hijos suyos durante el 2001”. El dinero, según el documento, fue devuelto como “ayuda social” el 21 de marzo del año pasado, cuando ya no existía relación laboral entre las partes.

Con Pinochet hecho cenizas habrá varios cambios en el entorno de su viuda. En los próximos días, el Ejército reducirá a menos de la mitad la planta de 15 personas que hasta ahora estaban a su disposición. Ya partieron el médico, un enfermero, dos guardias y el Mercedes con su chofer. Sus ingresos se reducirían sólo a 1,6 millón de pesos que le corresponden como viuda de comandante en jefe. Según un cercano a la familia, por ahora se muestra con entereza, aunque de a poco toma conciencia de que Pinochet ya no está. “Estos días son muy difíciles para ella, y a medida que pase el tiempo va a ser peor”, relata un antiguo amigo de la “dama de hierro”. LND


CEMA: Banco familiar

La Fundación Graciela Letelier de Ibáñez -Cema Chile fue creada en 1960 y entregada a Lucía Hiriart de Pinochet en 1974. De las 45 mil voluntarias que la esposa de Pinochet aglutinó en distintas instituciones durante la dictadura y gracias a las cuales podía organizar sus propias giras por Chile, Cema fue la última en dejar de recibir aportes fiscales, derivados de la Polla Chilena de Beneficencia y la Lotería de Concepción.

Recién en abril de este año se promulgó la ley que le quita el 3% de los ingresos por boletos de Polla, al modificar un decreto del Ministerio de Hacienda de 1980. Hasta el año pasado, Cema recibió por este concepto unos 500 millones de pesos.

La investigación policial descubrió que sólo desde 1996 existen algunos registros contables de la fundación y que “el control interno es nulo”. La Brigada de Delitos Económicos estableció que los estatutos de la entidad de beneficencia fueron modificados el 25 de octubre del año pasado, para perpetuar como presidenta a Lucía Hiriart.

Además, se comprobó que “el control interno es nulo en relación con los bienes muebles y sobre todo con los bienes inmuebles”.

Según un catastro efectuado por la policía en el Conservador de Bienes Raíces entre 1988 y 2003, Cema efectuó operaciones de venta de propiedades por un total de 3.677 millones de pesos. Claro, que los detalles de varias transacciones no se pudieron obtener, ya sea porque no existen documentos o porque en el Ministerio de Bienes Nacionales aparecen bienes donados a la institución que no constan en los registros de Cema.

Otra práctica que se logró comprobar fue la omisión del valor real de las ventas en los registros contables de la fundación. En la venta de la casa de Portugal 351 hay una diferencia de 26 millones que aparecen en el contrato de compraventa, pero no en la contabilidad de Cema. Lo mismo por un monto de 10 millones ocurre en la venta de la propiedad ubicada en Santa Victoria 346.

Todas estas transacciones debían ser autorizadas por el fiscal de la entidad, Jorge Aguilera, que se mantiene actualmente en el puesto. De las 348 propiedades que Cema tenía en los años ’70, hoy sólo quedan 15.

A los tres meses de estar detenido en Londres, Pinochet confesó a sus cercanos que estaba resignado a morir. Según reveló el diario conservador “The Sunday Telegraph”, Lucía Hiriart lo devolvió a la tierra: “¿Y tu familia? ¿Y el dinero de dónde lo vamos a sacar?”, le dijo. Aunque sonó abatida, ya tenía, en parte, la respuesta. Lucía Hiriart y otros miembros de la Fundación Pinochet operaron para recibir las donaciones del empresariado chileno.

Además, según actas del Consejo Directivo de Cema, cuyos siete miembros son escogidos “a sugerencia de la presidenta”, el 13 de noviembre de 1998 fue autorizado el giro de 50 mil dólares “en beneficio de la presidenta para solventar la detención de su cónyuge, Augusto Pinochet, en Londres”, consigna la investigación policial. La cifra –según estos antecedentes– fue devuelta el 8 de septiembre de 1999, “pero de dicho monto la suma de 10 mil dólares permanece en caja y fue registrado como liquidación de divisas y abonado en cuenta corriente de la directora ejecutiva, Julia Hormazábal”, aparece en el informe.

Esta abogada comenzó trabajando con la viuda de Pinochet en su gabinete de Primera Dama. Se transformó en su brazo derecho como directora administrativa de Cema y luego en albacea de la familia cuando Óscar Aitken renunció a ese puesto en agosto de 2005.

El informe policial asegura que “con fecha 27 de agosto de 2004 se abonó en la cuenta corriente personal de la directora la suma de tres millones de pesos”. Cema era lo más parecido a un banco familiar, ya que “se detectaron diferentes entregas a familiares directos de la presidenta, pudiendo apreciar que no sólo dichas entregas pudieron ser mayores en aquella época de la que no se tienen registros contables, sino que la señora Hiriart usaba la fundación para sus propios fines cuando la situación lo ameritaba”.

El caso de Jacqueline Pinochet es bien ilustrativo. La menor del clan recibió –según la investigación policial– 11 millones de pesos en tres pagos (uno de cinco millones y dos de tres). Pagó los dos últimos y del primero quedó un remanente de 1.731.493 pesos, deuda que fue castigada en diciembre de 2003.

“Es preciso agregar que el saldo castigado figura como abono en la cuenta corriente de la directora administrativa de la Fundación Cema Chile, Julia Hormazábal”, según consta en la investigación. Cercanos a la familia aseguran que Julia Hormazábal y Lucía Hiriart están profundamente distanciadas. Para su defensa frente a lo que viene está el siempre fiel Pablo Rodríguez Grez.