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Afrodescendientes en Arica: Los colores de Chile

Afrodescendientes en Arica:  Los colores de Chile

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Por www.forociudadano.cl
27/12/2004 

No es extraño ver caminar por las calles de Arica a personas morenas, de pelos rizados y narices anchas. La cercanía con Perú nos hace identificarlos con ese país, o bien, con las nuevas olas inmigratorias de cubanos. No obstante, son chilenos que en su sangre llevan también la cadencia de los tambores africanos y la milenaria cultura de ese continente.
 

Es que Chile es un país multicultural. A pesar del tardío reconocimiento de esa condición y de acotarla a indígenas, mestizos, extranjeros europeos y orientales, nuestro país posee múltiples colores y el negro es el que predomina en Arica, sobre todo en el Valle de Azapa, lugar donde existe una comunidad de afrodescendientes organizados en una agrupación cultural y social llamada Lumbanga.
Son cerca de cien personas las que participan de las reuniones y actividades de Lumbanga y que tienen como objetivo “reunir y crear conciencia en la ciudadanía y el Estado sobre la presencia y el aporte importante que tuvo la diáspora africana que se desperdigó por toda Latinoamérica”, señala Cristián Báez coordinador general de la organización.
Quienes comenzaron con esta iniciativa se dieron cuenta que la única forma de rescatar sus costumbres, tradiciones y conocer sus orígenes, era a través de los relatos de sus abuelos, por lo que crearon una Mesa Redonda donde se reúnen periódicamente quince adultos de más de 65 años y donde los más jóvenes pueden ir a escuchar, preguntar y empaparse un poco de sus raíces.
“Es un Consejo de Ancianos donde se van contando las vivencias, historias, pasados, luchas, todo el pasar de ellos. Así fui conociendo su historia en Chile”, explica Ana Lucia Guerra Gama, profesora encargada del área de educación de Lumbanga. “Hay reuniones seguidas y ellos comentan, participan, lo pasan bien. De ahí sacamos los bailes, los cantos, los ritos, un montón de vivencias que, gracias a ellos, podemos dar a conocer a la ciudadanía”, cuenta.
Esta agrupación es reciente. Hasta hace poco, los afrodescendientes no estaban concientes de que la suya era una condición particular porque, tan negra como las aceitunas que hacen famoso al valle de Azapa, era la mayor parte de su población. Aunque las dudas sobre su origen eran pensamientos que persistían en sus cabezas.
“Al saber que hay dos líneas en la Historia que dicen que en Chile hubo negros esclavos, por el solo hecho de criarme con mi abuelita, que era una negra azul, negrita, negrita… me entra la duda ¿venimos o no del África?. Mis abuelos y mis padres no era algo que tuvieran claro. Ellos no creían que eran negros porque donde vivían había puros negros - en el valle de Azapa- entonces, para ellos era algo normal. Cuando llega la televisión, cuentan los abuelos que recién se dieron cuenta que existían negros en África y ellos no entendían por qué eran negros acá”, narra Cristián.
El desconocimiento en la Historia de Chile de la presencia afro los había mantenido “ocultos” durante 400 años. Los textos escolares nombran escuetamente a pequeños grupos de esclavos africanos que llegaron al país, pero no hablan de ellos como personas arraigadas al territorio, con actividades agrícolas ligadas a su comunidad, como la producción de caña de azúcar, árboles frutícolas y algodón. Incluso, para explicar su ausencia, se dice que no fueron capaces de adaptarse al clima y murieron.
Mitos que ahora Lumbanga intenta derribar con campañas de difusión de su cultura. Mitos que se asemejan a los de la chilenización del norte del país, una historia que, según aseveran, posee más aristas de las que se conocen y episodios de horror y persecución que aún permanecen en las pupilas de sus abuelos.
La otra Historia
En la época de la Colonia, cientos de esclavos provenientes de África, en especial de Angola y Congo, llegaron hasta América para ser comercializados. Lo hacían a través de la ruta del Caribe, Panamá, Colombia y Perú, autorizadas por la Corona, pero también por vías de contrabando.
Hasta fines del siglo XIX, Arica y la provincia de Tarapacá eran territorios peruanos, lugar donde la esclavitud era de gran importancia para las actividades comerciales y, al igual que en otros países americanos, otorgaba estatus social a quienes “poseían” negros.
Aunque a Chile el número de esclavos que llegó no era muy elevado, también lo hicieron afrodescendientes libres del norte de Perú que compraron tierras en el valle de Azapa donde cultivaron algodón y caña de azúcar, importante fuente de ingresos para Arica. Más tarde, los españoles insertarían los olivos y la producción de aceite y aceitunas, productos que en la actualidad son representativos de este oasis de vegetación en medio del desierto.
Quienes permanecieron en la ciudad, en tanto, instalaron pequeños negocios o, en el caso de las mujeres, se desempeñaron como empleadas domésticas, lavanderas y costureras, según cuentan los actuales afrodescendientes, y poco a poco fueron agrupándose en un barrio que llevaba en mismo nombre que la organización: Lumbanga.
Para 1871 los negros puros y sus descendientes representaban el 58% de la población ariqueña, mientras que la epidemia de paludismo –enfermedad a la que los negros son inmunes- había disminuido el porcentaje de blancos a sólo el 23.9.
Sin embargo, luego de la Guerra del Pacífico, Chile firmó el Tratado de Ancón con Perú en 1883 que establecía que en 1929 se llevaría a cabo un plebiscito en el que la población de Tacna y Arica debía decidir a cuál de los dos países quería pertenecer. Comenzó una fuerte campaña de chilenización en la zona y los ritmos del baile africano en el oasis de Azapa se comenzaron a acallar.
Durante este proceso, el Gobierno chileno intentó exacerbar las raíces nacionales en el norte del país y ahuyentar a los extranjeros que pudieran poner en vilo la decisión de pertenecer a Chile. La idea era obtener una mayoría nacional en las urnas y, para eso, comenzaron a perseguir y “espantar” a quienes les parecieran “peligrosos”. Ese fue el caso de los afrodescendientes, quienes debieron escapar a Tacna o Callao víctimas de la discriminación y la persecución racial. Aunque el plebiscito nunca se realizó, las familias se disgregaron y quienes permanecieron en Chile, lo hicieron ocultos y con temor.
“Se habla de chilenización, de hacer patria, pero la chilenización verdadera no se conoce, sobre todo las violaciones a los derechos humanos. Nuestras familias se separaron, nuestros padres arrancaron a Perú y mandaban plata porque acá no podían estar ni trabajar porque los iban a matar. El gobierno cree que nosotros estamos luchando por volver a ser peruanos y no, no pasa por eso, pasa porque con el plebiscito prohíben costumbres y tradiciones ancestrales, que vienen de un continente que fue heredado por nuestros abuelos. El error del gobierno chileno es que no se dieron cuenta que esta prohibición de cultura, que para ellos era peruana, venía más atrás que de un país, sino que de una etnia”, relata el coordinador general de Lumbanga.
Las costumbres afrodescendientes fueron vedadas por más de 80 años y progresivamente comenzaron a desaparecer de las páginas de la Historia de Chile, páginas que ahora se está rescribiendo.
Los pegajosos ritmos de la música africana fueron la primera estrategia de difusión que utilizó Lumbanga, realizando talleres y muestras para la comunidad ariqueña. Más tarde vino el reconocimiento político. Aunque aún no existen leyes o reglamentos que los incluyan expresamente, “son reconocimientos a través del discurso. Hemos logrado que los intendentes y gobernadores en sus discursos usen el término afrodescendiente. Ya se está aceptando la presencia a nivel político”, señala Ana Lucia.
Actualmente, esta iniciativa que une generaciones en pro del rescate de su cultura, está embarcada en un gran proyecto etnoturístico de difusión de las tradiciones africanas. Gracias al dinero obtenido de un Fondart, Cristián Báez está implementando “La Ruta del Esclavo”, un recorrido por el valle de Azapa con diferentes estaciones que mostrará a los visitantes la historia y cultura de los esclavos y sus descendientes y que, en el futuro, piensan ampliar por todo el continente americano.
Como en una placa de revelado fotográfico, poco a poco los verdaderos colores de nuestro país van apareciendo. “Chile no es blanco, tiene color. ¡Qué más significativo que eso! Como tiene color, obviamente tiene que tener también sabor y eso es lo que le ponemos los negros”, concluye Ana Lucia.

 

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