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Centros Chilenos en el Exterior

Solidaridad

Carta de Valentina Palma Novoa.. léanla por favor.

por Carlos Riquelme 

He quedado muy sorprendido tras leer esta carta. No sé en que mundo estaré viviendo por dos cosas: lo que relata la carta de nuestra compatriota Valentina Palma Novoa y porque no he encontrado mencion alguna a ella ni a su carta en medios nacionales.

Como estudiante de Derecho, futuro abogado y ser humano, no puedo sino sentir profunda rabia, pena y compasión por lo que expresa Valentina en su carta:

Mi nombre es Valentina Palma Novoa, tengo 30 años, de los cuales los últimos once he vivido en México. Soy egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y actualmente curso el cuarto año de Realización cinematográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Tengo FM 3 de estudiante. A continuación quisiera relatar a usted los acontecimientos de los que fui testigo durante los violentos incidentes ocurridos en el poblado de San Salvador Atenco el Jueves 4 de Mayo del 2006, los cuales terminaron con mi expulsión del país de manera injusta y arbitraria.

1.- El día miércoles 3 de Mayo, luego de ver las noticias en televisión y enterarme de la muerte de un niño de 14 años, mi condición de antropóloga y documentalista hizo que me conmoviera con el deceso de este pequeño por lo cual decidí dirigirme a San Salvador Atenco a registrar cual era la situación real del poblado.

Pasé allí la noche, registrando las guardias que la gente del pueblo había montado y realizando entrevistas en las mismas. Hacía frío, me arrime a las fogatas que la gente del pueblo había montado mientras seguía registrando imágenes. La luz del amanecer anunciaba un nuevo día: jueves 4 de Mayo.

Han de haber sido como las 6 de la madrugada cuando las campanas de la iglesia de San Salvador Atenco comenzaron a sonar: tum tum tum tum, una y otra vez, mientras por el micrófono se vociferaba que la policía estaba sitiando el poblado. Las bicicletas iban de un lado a otro, la panadería de un costado de la iglesia ya había abierto sus puertas y la calidez del olor del pan recién horneado inundaba la calle junto con el ir y venir de los campesinos en bicicleta. El señor que vendía atoles me dijo que tuviera cuidado, que los que venían “eran muy cabrones”.

Me dirigí a una de las guardias, donde los campesinos miraban en dirección a la manada de policías que allá a lo lejos se veía. Metí el zoom de la cámara, me di cuenta que eran muchos y que cubiertos por sus escudos avanzaban dando pequeños, imperceptibles pasos. Sentí miedo, ellos eran muchos fuertemente armados y los campesinos pocos y desarmados. En la pantalla de mi cámara veo como uno de los policías apunta y dispara hacia nosotros un proyectil que cuando llego a mi lado pude oler y sentir que era de gas lacrimógeno. Más y más gases lacrimógenos rápidamente fueron sepultando la calidez del olor a pan recién horneado y transformaron el angosto callejón en un campo de batalla.

El aire era ya irrespirable y me fui a la plaza mientras las campanas sonaban con mas fuerza, por diferentes calles se veía a la policía a lo lejos avanzar. La poca resistencia que hubo por parte de los campesinos dejó de resistir ante el ataque de las fuerzas policiales que abruptamente se avalanzaron sobre los pobladores. Apagué mi cámara y junto con los demás corrí lo más rápido que pude. Frente a la iglesia había un edificio público con las puertas abiertas y ahí me metí a esperar ilusamente que la turbulencia pasara. Habían ahí dos jóvenes resguardándose también ilusamente del ataque. Éramos tres y nos mirábamos las caras angustiados y con miedo.

Cuidadosamente me asomé a mirar a la calle y vi como cinco policías golpeaban con toletes y patadas a un anciano tirado en el piso sin compasión alguna. Sentí más miedo, regresé y le dije a los otros dos jóvenes que necesitábamos escondernos más, que ahí estábamos muy expuestos. Ilusamente nos subimos a la azotea y acostados boca arriba mirábamos los helicópteros que como moscardones ronroneaban en el cielo, mientras el sonido de los disparos fueron formando parte del paisaje sonoro del lugar. Una voz de hombre violentamente nos gritoneaba “bajen a esos cabrones que están en la azotea”.

Primero bajaron los dos jóvenes, yo desde arriba miraba como los golpeaban y con pánico no quise bajar, ante lo que un policía gritó: “bájate perra, bájate ahora”. Baje lentamente, aterrorizada de ver como golpeaban en la cabeza a los dos jóvenes. Dos policías me tomaron haciéndome avanzar mientras otros me daban golpes con sus toletes en los pechos, la espalda y las piernas. Mis gritos de dolor aumentaban cuando escuche la voz de alguien que preguntaba por mi nombre para la lista de detenidos, respondí: “Valentina, Valentina Palma Novoa”, mientras un policía me ordenaba que me callara la boca y otro me golpeaba los pechos.

Una voz de hombre ordenó que me taparan con los escudos para que no vieran como me golpeaban. Se detuvieron a un costado de la iglesia y ahí me ordenaron que junto a los demás detenidos me hincara y pusiera mis manos en la nuca. Siguieron golpeándonos, mi celular sonó y una voz ordenó que registraran mi bolsa. En ese momento fui despojada de mi cámara de video, de mi celular y mi pequeño monedero con mis identificaciones y quinientos pesos.

Me levantaron de los pelos y me dijeron “súbete a la camioneta puta”. Apenas podía moverme y ellos exigían extrema rapidez en los movimientos. Me avalanzaron encima de otros cuerpos heridos y sangrantes y me ordenaron bajar la cabeza sobre un charco de sangre, yo no quería poner mi cabeza en la sangre y la bota negra de un policía sobre mi cabeza me obligó a hacerlo. La camioneta encendió motores y en el camino fui manoseada por muchas manos de policías, yo solo cerré los ojos y apreté los dientes esperando que lo peor no sucediera.

Con mis pantalones abajo, la camioneta se detuvo y se me ordenó bajar, torpemente baje y una mujer policía dijo: “a esta perra déjenmela a mí” y golpeó mis oídos con las dos manos. Caí y dos policías me tomaron para subirme al bus en medio de una fila de policías que nos pateaban.

Arriba del bus otra policía mujer preguntó mi nombre mientras dos policías hombres pellizcaban mis senos con brutalidad y me tiraron encima del cuerpo de un anciano cuyo rostro era una costra de sangre. Al sentir mi cuerpo encima el anciano gritó de dolor, trate de moverme y una patada en la espalda me detuvo, mi grito hizo gritar al anciano nuevamente, que pedía a dios piedad.

Una voz de mujer me ordenó que me acomodara en la escalera trasera del bus, así lo hice y desde ahí pude ver los rostros ensangrentados de los demás detenidos y la sangre esparcida en el piso. Sin estar yo sangrando, mis manos y ropa estaban salpicadas de sangre de los otros detenidos.

Quieta y escuchando los quejidos de los cuerpos que estaban a mi lado, escuchaba como seguían subiendo detenidos al bus y preguntando sus nombres en medio de golpes y gritos de dolor. No sé cuanto tiempo pasó, pero el bus cerró sus puertas y hecho a andar. Dimos vuelta cerca de dos o tres horas. La tortura comenzó y cualquier pequeño movimiento era merecedor de otro golpe más. Cerré los ojos y trate de dormir, pero los quejidos del anciano que estaba a mi lado no lo permitieron, el anciano decía: “mi pierna, mi pierna, dios, piedad, piedad por favor”.

Lloré amargamente pensé que el anciano moriría a mi lado, moví mi mano y trate de tocarlo para darle un poco de calma, un tolete fue a dar sobre mi mano, ante lo cual, con un gesto, pedí compasión al policía que dejó de golpearme. Queriendo darle un poco de amor acaricie la pierna del anciano que por unos momentos dejó de quejarse.

Le pregunte su nombre y me respondió. “Si me muero no lloren, hagan una fiesta por favor”. Lloré en silencio sintiéndome sola en compañía de los otros tantos cuerpos golpeados, pensando lo peor; que nos llevarían a quien sabe que lugar y que ahí nos matarían y desaparecerían a todos.

Por un momento me dormí, pero el olor a sangre y muerte me despertó. Al abrir los ojos vi la pared de una cárcel. El bus se detuvo y una voz ordenó que bajáramos por la puerta trasera. Me ordenaron pararme y la puerta se abrió y mi cara llorosa y descubierta vio una fila de policías, sentí miedo otra vez.

Desde abajo una voz ordenó que se cerrara la puerta y que los detenidos debían salir con el rostro cubierto. Un policía me tapó la cabeza con mi chamarra y las puertas volvieron a abrirse otra vez. Abajo del bus un policía me agarro con una mano de los pantalones y con la otra mantenía mi cabeza gacha. La fila de policías comenzó a tirar patadas a mi cuerpo y al de los demás detenidos que eran parte de la fila.

La puerta del penal se abrió y nos avanzaron por estrechos pasillos en medio de golpes y patadas. Antes de llegar a una mesa de registro, cometí el error de levantar la cabeza y mirar a los ojos de un policía, el cual respondió a mi mirada con un golpe de puño duro y cerrado en mi estómago que me quitó el aire por unos momentos.

En la mesa preguntaron mi nombre, mi edad y nacionalidad, luego de eso me metieron a un cuarto pequeño donde una mujer gorda me ordenó quitarme toda la ropa, pedía rapidez ante mi torpeza producto de los golpes. “Señora estoy muy golpeada, por favor espere” le dije. Me revisó, me vestí nuevamente y volvió a cubrir mi cara con la chamarra. Salí del cuarto y nos ordenaron hacer una fila de mujeres para ingresar formadas y cabeza abajo al patio del penal, que luego me entere que le decían “almoloyita” en la ciudad de Toluca.

Han de haber sido las dos de la tarde del jueves 4 de Mayo cuando ya estábamos dentro de las instalaciones del penal. Nos llevaron a un comedor y nos separaron a hombres y mujeres. En una esquina, en medio de llantos las mujeres nos contábamos las vejaciones de las que habíamos sido objetos.

Una joven me mostró sus calzones rotos y su cabeza abierta llena de sangre, otra contaba que la habían llevado en medio de dos camiones mientras la golpeaban, vejaban y decían “te vamos a matar puta”.

Otra joven me comentó que tal vez y estaba embarazada, todo en medio de llantos y apretones de manos solidarios. El estado de shock entre las mujeres era evidente. En frente nuestro los hombres conversaban entre ellos mientras nosotras observábamos sus rostros sangrantes y deformados producto de la brutal golpiza. En eso estábamos cuando una mujer se acerca a nosotras y empieza a dar algunos nombres y pide que nos separemos del grupo. Éramos cuatro: Cristina, María, Samantha, Valentina. Se nos une al grupo un quinto; Mario.

Éramos los cinco extranjeros detenidos. Al momento llega un hombre, creo que era el director del penal y nos dice que allí donde estábamos, estábamos seguros, que aquí nadie nos golpearía, que lo que hubiese pasado antes de ingresar al penal no tenía nada que ver con él, como si dentro del penal no nos hubiesen también golpeado. Le pedimos hacer una llamada, petición que nos fue negada.

Mientras los detenidos visiblemente mas heridos eras sacados del lugar rumbo al centro de atención médica que había dentro del penal; no eran unos ni dos, de los ciento y tantos detenidos que éramos, han de haber habido unos 40 con lesiones gravísimas. Uno de los primeros en salir fue el anciano moribundo que a mi lado en el camión iba, a quien no volví a ver nunca más.

Nos llegó el turno a los extranjeros de ir a hacernos el chequeo médico. Yo tenía moretones en los pechos, la espalda, hombros, dedos, muslos y piernas, se recomendó hacerme una radiografía de las costillas pues me costaba respirar, cosa que en ningún momento se hizo.

La enfermera que tomaba nota y el médico que me atendió actuaban con total indiferencia a mi persona y las lesiones que presentaba. Salí de la oficina médica a esperar que Cristina, María, Samantha y Mario terminaran el chequeo. El seudo chequeo médico terminó y nos llevaron a una sala para tomarnos declaración.

Extrañamente un licenciado salido de quien sabe donde nos recomendó que no prestásemos declaración, comentario que era contradicho por las personas que estaban tras la maquina de escribir.

“Está bien si no quieres declarar, estas en tu derecho, pero sería bueno que dejaras constancia de lo que te pasó”, me decía una licenciada. Mientras hacíamos las declaraciones, comenzaron a llegar al lugar muchos hombres de corbata que haciéndose los chistosos y amables nos preguntaban quienes éramos y como y porque habíamos llegado al poblado de Atenco, que si acaso sabíamos lo peligrosa que era esa gente.

Cayó la lluvia y nos trasladaron al comedor con todos los demás detenidos, se nos obligó a sentarnos y no podíamos establecer contacto con los detenidos mexicanos, si queríamos ir al baño debíamos pedir permiso. Llegaron funcionarios de derechos humanos a tomarnos declaración y fotos de nuestras lesiones, las declaraciones fueron tomadas sin interés, mecánicamente.

Se nos obligó a que registráramos nuestras huellas, nos tomaron fotos de frente y ambos perfiles, nos dijeron que eso no era una ficha, que era un registro necesario pues era muy probable que en la madrugada saliéramos en libertad y que para eso se necesitaba hacer la ficha. Una olla de café frío y una caja con bolillos fueron la cena.

Ha de haber sido la media noche y me acosté en una dura banca de madera a tratar de dormitar un poco, fue imposible, hacía frío y no tenía cobija. Del lado de los hombres, un rasta se dio cuenta de mi impaciencia ante el no poder dormir y comenzamos a hablarnos de un lado a otro con señas. Estábamos en eso cuando se presenta un custodio y comienza a dar los nombres de los cinco extranjeros. Nos levantamos, dimos un pequeño adiós a los demás detenidos y abandonamos el lugar.

Nos llevan a un lugar de registro, nos entregan nuestras pocas pertenencias y nos sacan del lugar camino a una camioneta diciéndonos que nos llevarían a una oficina de migración en Toluca. Afuera del penal escuche voces conocidas que gritaban mi nombre, me acerco a las rejas y puedo distinguir a muchos de mis amigos que me preguntan como estoy, les digo que mas o menos y que nos llevan a migración de Toluca.

Ellos me dicen que me van a seguir que no me van a dejar sola. Mi tía Mónica me pasa un sobre que contiene mis documentos migratorios y María Novaro, mi maestra y mamá en México, me da una chamarra para el frío. Así me subo a la camioneta que cierra sus puertas y oscuros nos vamos. Pasamos a una oficina en Toluca a buscar a una licenciada y de ahí nos llevan a la estación migratoria de las agujas en el DF.

Han de haber sido las tres de la madrugada cuando llegamos a la estación migratoria. Ahí una vez mas, un médico de mala gana constató lesiones. Dormitamos un rato porque a la hora en que llegamos no era horario de oficina, así que no habían muchos funcionarios en el lugar. Dieron las 7 de la mañana y un auxiliar nos llevo cereal con leche. Luego me tomaron declaración, una declaración en donde además de preguntar por mis datos personales, me hicieron preguntas cómo: ¿conoces al EZLN?, ¿has estado en Ciudad Universitaria?, ¿participaste en el foro mundial del agua?, ¿conocías a los otros extranjeros detenidos?, etc.

Firme la declaración a la que se adjunto mi documento migratorio, una carta de mi centro de estudios, una carta de mi maestra María Novaro, mi pasaporte, mi cédula de identidad chilena y mi credencial internacional de estudiante. Estaba en eso cuando recibo una llamada del cónsul de Chile en México, quién me pregunta mi nombre, el numero de mi cedula de identidad y si tengo algún pariente en México, me informa que lo que él puede hacer es velar que el proceso correspondiente se realice en las condiciones legales pertinentes.

Regreso a continuar mi declaración y las preguntas sobre el EZLN, el subcomandante Marcos y Atenco se repiten. Mientras tanto afuera de la estación migratoria se habían congregado amigos y familiares, con los cuales no se me permite comunicar, traté de hacerlo a través de señas y carteles, pero incluso eso nos es negado.

Me llevan a un cuarto en donde hay tres hombres que me dicen que están ahí para ayudarme, ellos me toman fotos de frente y ambos perfiles y en todo momento graban la conversación. Me preguntan mi nombre y si tengo algún alias, que si conozco al EZLN, que si he ido a la Selva Lacandona, que les dé nombres que puedan dar antecedentes de mí, que qué tipo de documentales me gusta realizar.

Me dicen que mi amiga América del Valle esta preocupada por mí porque me había perdido mientras escapábamos del lugar, mujer de la cual recién en Chile me entero que es una de las dirigentes de Atenco que la policía persigue.

Al terminar el interrogatorio, mis huellas dactilares son tomadas en una maquina muy sofisticada que va a dar a una computadora. Me sacan de la sala y me llevan a otra donde hay tres visitadoras de la comisión nacional de derechos humanos y luego de que las dos españolas y yo les contamos lo que hemos vivido, nos recomiendan urgentemente solicitar un abogado para que se gestione un recurso de amparo ante una posible deportación. El ambiente ya es tenso, así que le pido a una de las abogadas una pluma y un papel, para escribir

“1 abogado” y mostrárselos por la ventana a mis amigos que están afuera, en ese momento entra un licenciado de migración y al verme escribiendo me dice: “¿necesitas un abogado?, yo soy abogado, cual es tu problema”, le contesto que quiero poner un amparo, ante lo que el me responde que no es conveniente poner un amparo porque el amparo implicaría estar en la estación migratoria un mes y que lo mas probable era que pronto saliésemos en libertad, las visitadoras de derechos humanos, lo increpan y le dicen que por favor me dejen hablar con alguna de las personas que están afuera.

La visita se concede y hablo con Berenice, con quien me dejan hablar cinco minutos, a ella le digo que necesito un amparo y me dice que eso ya esta. Me despido abruptamente de ella y luego me llevan a hacerme un chequeo médico por segunda vez en esta estación migratoria, estoy en eso, cuando un licenciado llega apresuradamente a interrumpir el chequeo y me dicen que me van a trasladar a otro lugar, yo pregunto que adónde y no se me da respuesta.

Al salir de la consulta médica me encuentro a una de las visitadoras de derechos humanos y le digo que por favor avise a mis amigos que están afuera que me van a trasladar, le pregunto al licenciado que adonde me llevan y me responde que a las oficinas centrales de migración, no me dejan seguir hablando con él y me suben a un auto particular en el que también estaba Mario, mi compatriota. Me subo, se suben tres policías, se cierran las puertas y una policía pide cerrar las ventanas. La reja de la estación migratoria se abre y el carro se va como escapándose de algo. Íbamos por periférico a más de 100 Km. por hora en medio de un tráfico contundente.

Pregunto que adonde nos llevan y no obtengo respuesta, ya en el camino, me doy cuenta que vamos rumbo al aeropuerto y que delante de nosotros van dos carros más; uno con Samantha, la alemana y otro con María y Cristina, las dos españolas. Ante la inminencia de la expulsión injustificada en todo momento, no me queda más que cerrar los ojos y apretar los dientes y pensar: otra violación más.

Llegamos al aeropuerto como a las 6 de la tarde. Nos bajan de los autos y nos ingresan custodiados a una sala completamente blanca donde nos mantienen detenidos una hora o más. Luego nos ingresan a las salas de espera al interior del aeropuerto, donde nos mantienen custodiados. Primero sale el vuelo de Samantha. Seguimos esperando y en la espera yo no hago mas que llorar, me siento mal, me paró y trato de caminar por el pasillo, se me acerca una custodia y me dice que debo estar sentada, “me siento mal” le digo, “no me voy a escapar, déjame”.

Sigo llorando y un policía se acerca y me dice: “ya no estés así, no conviene esa actitud, si te sirve de consuelo, déjame decirte que no estas deportada, que solo has sido expulsada del país, pero puedes volver a entrar en cualquier momento”. Ilusamente sus palabras me calman.

Nos llevan a un bar a fumarnos unos cigarros porque todas estamos muy alteradas. El vuelo de Lan chile de aproximadamente las once de la noche es anunciado, a mí y a Mario nos llaman, nos despedimos de María y Cristina con un apretado abrazo. Nos formamos en la fila y nos entramos al avión.

Dentro del avión uno de los pasajeros se acerca a mí y me entrega unas cartas que han mandado mis amigos que estaban afuera haciendo todo lo posible para detener esta injusta expulsión. Caen mis lagrimas de no saberme sola, la custodia que va a mi lado, me dice que qué me pasa, le cuento mi caso; le digo que llevo viviendo en México 11 años, que mi vida esta en ese país, que nunca se me dijo que estaba pasando, que todo el procedimiento ha sido ilegal, que he sido golpeada y vejada por la policía.

Me dice que a ella le avisaron 30 minutos antes de subirse al avión que viajaría a Chile, que a ella no le dijeron nada, pero que si notaba que algo raro hubo en el procedimiento, porque normalmente antes de deportar a alguien se pasa mínimo un mes en la estación migratoria, que ha de haber sido una orden dada desde arriba.

Ya asumiendo mí expulsión me pongo a platicar con ella y le digo que lugares de Santiago puede visitar el corto tiempo que dure su estadía. El cansancio y la impotencia son demasiadas, me duermo. Me despierto con la cordillera de los Andes en la ventanilla del avión. Bajamos del avión, nos entregan a policía internacional, donde nos toman declaración del porqué de nuestra deportación y/o expulsión.

Afuera me esperaba mi familia, llantos, besos, abrazos. Nos vamos al hospital a constatar lesiones y rápidamente armamos una conferencia de prensa con televisión y radio, en donde denunciamos la ilegalidad de nuestra expulsión y la brutalidad policial de la que fuimos objeto.

2.- Después de lo que les he contado quisiera hacer de su conocimiento mi total rechazo, indignación y rabia ante:

a) la utilización de la violencia física, psicológica y sexual como arma de tortura y coerción en contra de las mujeres.

b) la brutalidad policial de la que fuimos objeto todos los detenidos, más allá de nuestras nacionalidades.

c) la ilegalidad de mi deportación en dos sentidos: por haber estado mis papeles migratorios en regla y por el rechazo al amparo presentando, argumentando mi ausencia en el país, cuando yo aun estaba en México.

3) Por lo expuesto anteriormente anterior, estamos estudiando con nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:

a) Se nos restituya el derecho a seguir estudiando en México por medio de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;

b) gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;

c) poner una querella criminal contra la policía por delito de lesiones

d) entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación ilegal.

¡No a la violación, no al uso de mujeres y hombres como objetos, no a la brutalidad y a la tortura, no a la justificación de la violencia!

Atte. Valentina Palma Novoa

Debo mencionar que me enteré vía ALT1040 (blog mexicano, gracias Eduardo!) y la carta aparece reproducida en su totalidad en el periódico mexicano El Universal.

ENA DEL ROSARIO NOVOA ARRIAGADA

ENA DEL ROSARIO NOVOA ARRIAGADA

enanovoa@gmail.com 

11 de mayo de 2006 16:25  

SEÑORAMICHEL BACHELET

PRESIDENTA DE CHILE 

 Concepción, 11 de Mayo 2006 

VALENTINA LARISSA PALMA NOVOA, Rut 17.041.517 – 5,  mi hija, es ciudadana chilena, egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, residente en México desde hace 11 años, en donde estudia su último año en el Centro de Capacitación Cinematográfica – CONACULTA – Tels. 1253 – 9490 – Fax 1253 – 9492 de ciudad de México – México. Ella es una destacada profesional – aún sin su título – prueba de ello es que se encuentra realizando el mediometraje chileno–mexicano "Austral Hibridez", Proyecto ganador del   Fondo de Fomento Audiovisual 2005 – Folio 200526140, para el que filmó en Chile Enero-Febrero de 2006.

VALENTINA, fue detenida el Jueves 4 de Mayo mientras cubría  la noticia de muerte de un menor y desalojo de campesinos en San Salvador Atenco – México. Por llamadas telefónicas de familiares, me enteré de su detención y posterior desaparición. Inmediatamente escribí mail a la Embajada y Consulado de Chile en México, reiterando la ayuda médica y protección que Valentina necesitaba, pues familiares en México habían logrado verla de lejos, cuando gritaba su nombre y estaba golpeada brutalmente, con fuertes dolores de estómago. Estos mismos familiares se habían contactado previamente con el Cónsul de Chile, el que no actuó para proteger la vida de mi hija e impedir las vejaciones e injusta y arbitraria deportación de ella y de otro estudiante chileno MARIO AGUIRRE TOMIC. Se presenta un recurso de amparo por VALENTINA, quién prácticamente se encontraba desaparecida, el que no es considerado siendo expulsada de México en el vuelo de Lan Chile del día viernes 5 de Mayo de 2006, a las 23:00 horas.

El sábado 6 de mayo, recién aparece, llega a Chile y en la Posta Central de Santiago constataron sus lesiones. El 9 de Mayo - en ausencia del embajador - nos entrevistamos en la Embajada de México en Chile con el Señor ARTURO HERNANDEZ BASAVE - Ministro Embajada de México - quién en presencia del abogado de DD.HH Eduardo Contreras, acoge la solicitud para que ambos estudiantes, vuelvan a México a terminar sus estudios, situación que ve difícil. Para que ello sea posible  debe solicitarlo el gobierno de Chile.Mi hija, fue torturada física y moralmente, casi violada, desaparecida, cursaba su último año de estudio,   se encuentra con residencia autorizada en México - no era turista - ni realizaba acciones violentistas, era becaria del Gobierno de Chile en el Proyecto "Austral Hibridez", del  Fondo de Fomento Audiovisual 2005,  razones suficientes para que usted, como Presidenta de Chile, mujer y madre, reclame, ante el Presidente de México, con quién se reunirá próximamente. Ella y el joven estudiante chileno MARIO AGUIRRE TOMIC,   quién cursaba en México su último año de antropología, que vivió la misma pesadilla que VALENTINA, reclaman una reparación.

Hemos informado y solicitado ayuda a las autoridades Regionales, a Relaciones Exteriores mediante Don Roberto Matus, Sra. Paulina Velozo y a todos los parlamentarios de ambas cámaras. Los padres de Valentina, somos esforzados Profesores que financiamos sus estudios y estadía en México y aspiramos a que termine su carrera y vuelva a Chile como corresponde.  Adjunto carta del Gobierno de Chile sobre el Proyecto "Austral Hibridez" que Valentina realizaba e información de diarios de Chile y México que aclaran los hechos, para que usted se haga parte de la petición de dos ciudadanos chilenos, de vuelta a México para terminar sus estudios y abogue por que no queden impunes estos bárbaros atropellos a derechos humanos fundamentales de las personas.  

Atentamente, le saluda y agradece Profa.: Rosario Novoa Arriagada

Fono – 046- 470542Concepción - Chile   

 NOTA: mail Valentina Palma: valenpalma@hotmail.com

Fono: 08-2972308  

CRÓNICA DE LOS HECHOS ACAECIDOS ENTRE LOS DÍAS 4 Y 6 DE MAYO

Santiago de Chile, Martes 9 de Mayo del 2006 

CRÓNICA DE LOS HECHOS ACAECIDOS ENTRE LOS DÍAS 4 Y 6 DE MAYO 

Mi nombre es Mario Alberto Aguirre Tomic, soy estudiante de Antropología Social de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), desde el año 2002. Mi forma migratoria es de estudiante (FM3). El día jueves 4 de Mayo en la madrugada llegué al pueblo de San Salvador Atenco, en el estado de México, como estudiante de la ENAH en práctica de campo, por medio de la Universidad Autónoma de Chapingo, con el objeto  de realizar una entrevistas sobre los sucesos ocurridos el día anterior en torno a la muerte del joven de 14 años, Javier Cortés Santiago. Sin embargo, a las 6:00 a.m. del día jueves 4 de Mayo comienza el operativo policial para la toma de San Salvador Atenco. La violencia de los hechos comienza a tomar proporciones incontrolables: el gas lacrimógeno lacera los ojos y las vías respiratorias, por lo que decido pedir refugio, con otras doce personas entre los cuales se encuentran dos compañeros más de la ENAH, en una casa particular. Una vez allí, preferimos permanecer ocultos hasta que se calmen los sucesos. Aproximadamente a las 7:30 terminan las detonaciones. Los vuelos de los helicópteros comienzan a ser cada vez más constantes y bajos. 

Para las 8:30 de la mañana comienzan los cateos a casas particulares. En estas acciones es cuando soy detenido junto a las otras doce personas entre las cuales figuran los estudiantes de la ENAH (Arturo Manuel Gonzáles y Renato Balderas). Se nos hace pararnos contra la pared con las piernas abiertas y las manos apoyadas en la misma. Proceden a registrarnos y quitar todas nuestras posesiones, en mi caso material de trabajo (libreta y pluma). Un oficial pasa con una cámara de video y nos interroga sobre nuestros nombres y actividades. Después se nos conduce a la calle y se nos obliga a sentarnos en la acera con las manos en la espalda para atarlas con una liga plástica. Comienzan los golpes e insultos por parte de la policía para después conducirnos al interior de un microbús donde nos esperaba una fila de oficiales para seguir con la golpiza. Se nos apila uno encima de otro para ahorrar espacio y poder introducir a más detenidos en el vehículo. Las condiciones son estrictas en lo que atañe a mantener las cabezas bajas y sin intentar siquiera levantar la vista. En esas condiciones continúan los golpes y es cuando soy testigo visual de una de las vejaciones a que es sometida una mujer que está sentada a un lado. Ella se encuentra con el torso desnudo mientras los oficiales la insultan y la golpean en los senos. Otra mujer que esta sobre mí, en la pila de cuerpos de la que somos parte, es brutalmente golpeada y su cabeza es azotada repetidas veces contra mi espalda. Los golpes que recibo son de puntapiés, manotazos, pisotones y golpes con el tolete. Después de esto se nos hace pararnos para ocupar el espacio que queda entre los asientos donde se nos obliga a hincarnos manteniendo la cabeza sobre el asiento para no poder ver nada. Comienza el viaje en el microbús que dura aproximadamente 2 o 3 horas. En este tiempo somos testigos de otra vejación en contra de una de las mujeres españolas quien grita que por favor la dejen en paz porque la están asfixiando. Después de los primeros minutos comienzan a entumecerse las piernas por lo que el movimiento se hace necesario. Pero a cada intento los policías propinan duros golpes de tolete. El tiempo que transcurre es excesivamente largo como para justificar el traslado al penal más cercano, la tortura comienza a ser psicológica: si acaso nos trasladarían a un lugar despoblado para ser asesinados y desaparecidos. 

Después de las dos o tres horas por fin llegamos al final del recorrido con las piernas totalmente entumecidas. Los oficiales piden capuchas y somos llevados con las cabezas abajo hacia los mostradores de lo que después descubrimos era el reclusorio “Santiaguito”. Serán aproximadamente las 11 o 12 de la mañana. Frente al mostrador se nos preguntan nuestros nombres, mientras solapadamente se nos golpea hasta que un oficial, al parecer del penal, ordena que no nos golpeen. Seguimos avanzando por pasillos y continúan preguntando nuestros nombres hasta que nos introducen uno por uno a un cuarto donde me quitan el cinturón. Momentos después estoy dentro del penal, en el comedor, donde se nos sienta en las mesas. No podemos hablar. Posteriormente se nos llama uno por uno para tomar nuestros datos personales. Después separan a los que somos extranjeros del resto de los detenidos. Es allí cuando encuentro a mi compatriota Valentina Palma Novoa. Hasta el momento nadie nos ha informado de qué se nos acusa. En el mismo comedor, pero separados en distintas mesas, nos hacen esperar. Se presenta el personal directivo del penal para constatar la presencia de los extranjeros. Resultamos ser cinco: dos españolas, una alemana y dos chilenos, incluyéndome. Pedimos se informe a los consulados respectivos de nuestra situación y ubicación actual. Desde el principio las autoridades se comportan esquivas en relación a nuestra situación penal. Posteriormente se nos lleva a las instalaciones médicas para constatar lesiones. Después de estas se nos lleva a tomar declaración de lo ocurrido y se nos proporciona un abogado de oficio el cual nos recomienda hacer la declaración y toman nota de esta última. Tras esto último se nos lleva de regreso al comedor, donde se nos proporciona comida. Ya es de noche y nos sentamos a esperar. Llega derechos humanos a levantar un acta de nuestros golpes y se registra por medio de video y fotos. Después personal de la penitenciaria toma registro de nuestras huellas digitales y toma fotos de frente y perfil de nuestros rostros. Decimos que no estamos dispuestos a que establezcan antecedentes penales hasta que no se informe cuales son nuestros cargos. Pero insisten en que es solo un registro. Derechos humanos los interpela, pero el esfuerzo es inútil y debemos acceder. 

Es hasta la 1 a.m., aproximadamente, del día viernes 5 de Mayo, cuando se nos dirige fuera del penal -donde ya se habían reunido civiles esperando la salida-, en dirección a las oficinas de migración. Nos introducen en una camioneta y comenzamos el recorrido: primero hacia las instalaciones del instituto nacional de la juventud donde nos espera una funcionaria de migración de la ciudad de Toluca. Partimos en dirección al distrito federal. En altas horas de la madrugada llegamos a las oficinas de migración. Aparentemente estas son las oficinas especializadas en casos de deportación. Nos registran y nos hacen pasar a la constatación médica donde nuevamente se toma nota de nuestras lesiones. Después de eso nos sentamos a esperar. Aún no se nos informa cual es la naturaleza de nuestra detención. Ya en la mañana a la luz del día me comunican con el consulado chileno en México, donde se me informa que lo que ellos pueden hacer es verificar que el proceso se lleve en las condiciones legales que se ameritan. Después de esto comienzan otra vez los trámites de declaración. Esta vez sin embrago las declaraciones son dirigidas en base a preguntas directas sobre nuestro conocimiento del EZLN y el sub-comandante Marcos. La insistencia estaba dirigida a asociarnos con los movimientos y dirigentes de San Salvador Atenco. A estas alturas afuera ya se habían congregado los amigos y compañeros de la escuela fuera del recinto. No podemos comunicarnos con ellos; se nos prohíben incluso las señas a través de la ventana. En el transcurso de la declaración se acerco una abogada de Sin Fronteras, quien preguntó a que se debía nuestra presencia en esas oficinas a lo que contestaron que lo único a lo que estaban abocados era a determinar si nuestra presencia en México era legal. La abogada, entonces, presentó una carta de migración en la que constaba la regularización de mi condición migratoria de estudiante. Una vez terminada la declaración, la abogada tuvo que retirarse y fue cuando me trasladan al consulado de Chile, sin decirme debido a qué. Soy escoltado en un vehiculo por cuatro policías. Una vez en el consulado jamás se me pregunta cómo estoy ni que es lo que necesito, sólo se me informa que se va a hacer entrega de un salvo conducto para que yo pueda salir del país. Regresamos entonces a las oficinas.

Allí comienza un interrogatorio sobre la base de preguntas tendenciosas sobre mi supuesto conocimiento de grupos armados. Sin embargo el interrogatorio se ve interrumpido por los oficiales de migración que ya nos quieren listos en la salida posterior de las oficinas. Las españolas ya se encuentran dentro de un vehiculo escoltadas por dos oficiales. A mi me introducen en otro vehiculo en espera de que traigan a mi compatriota. Otra vez la repetida pregunta que nadie quiere responder: ¿Adonde nos llevan ahora? Sin respuesta o excusas de ignorancia. Una vez dentro del vehiculo, yo y Valentina, mi compatriota, somos trasladados a lo que imaginamos es el aeropuerto. Los amigos y compañeros siguen pendientes nuestro traslado. El viaje es frenético. Nuestro vehículo intenta seguir el veloz paso del vehículo de las españolas. 

Una vez en el aeropuerto somos conducidos a unos cuartos, donde se nos mantiene retenidos y es donde se presenta policía de seguridad nacional quienes nos toman fotos y apuntan nuestros datos personales. Después nos conducen hacia las salas de espera de los vuelos. Son aproximadamente las 18:30 nuestro vuelo no sabemos a que hora sale. Esperamos y esperamos. A las 21:00 horas la alemana se retira a su vuelo. Nos suben al vuelo de Lan Chile del día viernes 5 de Mayo de 2006, a las 23:00 horas rumbo a nuestro país de origen, escoltados por dos funcionarias del instituto nacional de migración. Después de ocho horas de vuelo y en territorio chileno aun queda el último paso: policía internacional. Sólo debíamos relatar una última declaración para quedar por fin libres. Y lo hicimos, el día sábado 6 de Mayo en la mañana. 

Por lo anterior, estamos estudiando con nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr: 

1)      El derecho a seguir estudiando en México por medio de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;

2)      gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;

3)      poner una querella criminal contra la policía por delito de lesiones; y

4)      entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación ilegal.  

 Email: marioatomic@hotmail.com Teléfono celular Chile: 08 297 23 08

Mi nombre es Valentina Palma Novoa

Santiago de Chile, Martes 9 de Mayo, 2006 

Mi nombre es Valentina Palma Novoa, tengo 30 años, de los cuales los últimos once he vivido en México. Soy egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y actualmente curso el cuarto año de Realización cinematográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Tengo FM 3 de estudiante.A continuación quisiera relatar a usted los acontecimientos de los que fui testigo durante los violentos incidentes ocurridos en el poblado de San Salvador Atenco el Jueves 4 de Mayo del 2006, los cuales terminaron con mi expulsión del país de manera injusta y arbitraria.  

1.- El día miércoles 3 de Mayo, luego de ver las noticias en televisión y enterarme de la muerte de un niño de 14 años, mi condición de antropóloga y documentalista hizo que me conmoviera con el deceso de éste pequeño por lo cual decidí dirigirme a San Salvador Atenco a registrar cual era la situación real del poblado. Pasé allí la noche, registrando las guardias que la gente del pueblo había montado y realizando entrevistas en las mismas. Hacía frío, me arrime a las fogatas que la gente del pueblo había montado mientras seguía registrando imágenes. La luz del amanecer anunciaba un nuevo día: jueves 4 de Mayo. Han de haber sido como las 6 de la madrugada cuando las campanas de la iglesia de San Salvador Atenco comenzaron a sonar: tum tum tum tum, una y otra vez, mientras por el micrófono se vociferaba que la policía estaba sitiando el poblado. Las bicicletas iban de un lado a otro, la panadería de un costado de la iglesia ya había abierto sus puertas y la calidez del olor del pan recién horneado inundaba la calle junto con el ir y venir de los campesinos en bicicleta. El señor que vendía atoles me dijo que tuviera cuidado, que los que venían “eran muy cabrones”. Me dirigí a una de las guardias, donde los campesinos miraban en dirección a la manada de policías que allá a lo lejos se veía. Metí el zoom de la cámara, me di cuenta que eran muchos y que cubiertos por sus escudos avanzaban dando pequeños, imperceptibles pasos. Sentí miedo, ellos eran muchos fuertemente armados y los campesinos pocos y desarmados. En la pantalla de mi cámara veo como uno de los policías apunta y dispara hacia nosotros un proyectil que cuando llego a mi lado pude oler y sentir que era de gas lacrimógeno. Más y más gases lacrimógenos rápidamente fueron sepultando la calidez del olor a pan recién horneado y transformaron el angosto callejón en un campo de batalla. El aire era ya irrespirable y me fui a la plaza mientras las campanas sonaban con mas fuerza, por diferentes calles se veía a la policía a lo lejos avanzar. La poca resistencia que hubo por parte de los campesinos dejo de resistir ante el ataque de las fuerzas policiales que abruptamente se avalanzaron sobre los pobladores. Apagué mi cámara y junto con los demás corrí lo más rápido que pude. Frente a la iglesia había un edificio público con las puertas abiertas y ahí me metí a esperar ilusamente que la turbulencia pasara. Habían ahí dos jóvenes  resguardándose también ilusamente del ataque. Éramos tres y nos mirábamos las caras angustiados y con miedo. Cuidadosamente me asome a mirar a la calle y ví como cinco policías golpeaban con toletes y patadas a un anciano tirado en el piso sin compasión alguna. Sentí más miedo, regresé y le dije a los otros dos jóvenes que necesitábamos escondernos más, que ahí estábamos muy expuestos. Ilusamente nos subimos a la azotea y acostados boca arriba mirábamos los helicópteros que como moscardones ronroneaban en el cielo, mientras el sonido de los disparos fueron formando parte del paisaje sonoro del lugar. Una voz de hombre violentamente nos gritoneaba “bajen a esos cabrones que están en la azotea”. Primero bajaron los dos jóvenes, yo desde arriba miraba como los golpeaban y con pánico no quise bajar, ante lo que un policía gritó: “bájate perra, bájate ahora”. Baje lentamente, aterrorizada de ver como golpeaban en la cabeza a los dos jóvenes. Dos policías me tomaron haciéndome avanzar mientras otros me daban golpes con sus toletes en los pechos, la espalda y las piernas. Mis gritos de dolor aumentaban cuando escuche la voz de alguien que preguntaba por mi nombre para la lista de detenidos, respondí “Valentina, Valentina Palma Novoa” mientras un policía me ordenaba que me callara la boca y otro me golpeaba los pechos. Una voz de hombre ordeno que me taparan con los escudos para que no vieran como me golpeaban. Se detuvieron a un costado de la iglesia y ahí me ordenaron que junto a los demás detenidos me hincara y pusiera mis manos en la nuca. Siguieron golpeándonos, mi celular sonó y una voz ordenó que registraran mi bolsa. En ese momento fui despojada de mi cámara de video, de mi celular y mi pequeño monedero con mis identificaciones y quinientos pesos. Me levantaron de los pelos y me dijeron “súbete a la camioneta puta”. Apenas podía moverme y ellos exigían extrema rapidez en los movimientos. Me avalanzaron encima de otros cuerpos heridos y sangrantes y me ordenaron bajar la cabeza sobre un charco de sangre, yo no quería poner mi cabeza en la sangre y la bota negra de un policía sobre mi cabeza me obligo a hacerlo. La camioneta encendió motores y en el camino fui manoseada por muchas manos de policías, yo solo cerré los ojos y apreté los dientes esperando que lo peor no sucediera. Con mis pantalones abajo, la camioneta se detuvo y se me ordeno bajar, torpemente baje y una mujer policía dijo: “a esta perra déjenmela a mí” y  golpeó mis oídos con las dos manos. Caí y dos policías me tomaron para subirme al bus en medio de una fila de policías que nos pateaban. Arriba del bus otra policía mujer pregunto mi nombre mientras dos policías hombres pellizcaban mis senos con brutalidad y me tiraron encima del cuerpo de un anciano cuyo rostro era una costra de sangre. Al sentir mi cuerpo encima el anciano gritó de dolor, trate de moverme y una patada en la espalda me detuvo, mi grito hizo gritar al anciano nuevamente, que pedía a dios piedad. Una voz de mujer me ordeno que me acomodara en la escalera trasera del bus, así lo hice y desde ahí pude ver los rostros ensangrentados de los demás detenidos y la sangre esparcida en el piso. Sin estar yo sangrando, mis manos y ropa estaban salpicadas de sangre de los otros detenidos. Quieta y escuchando los quejidos de los cuerpos que estaban a mi lado, escuchaba como seguían subiendo detenidos al bus y preguntando sus nombres en medio de golpes y gritos de dolor. No se cuanto tiempo pasó, pero el bus cerró sus puertas y hecho a andar. Dimos vuelta cerca de dos o tres horas. La tortura comenzó y cualquier pequeño movimiento era merecedor de otro golpe más. Cerré los ojos y trate de dormir, pero los quejidos del anciano que estaba a mi lado no lo permitieron, el anciano decía: “mi pierna, mi pierna, dios, piedad, piedad por favor”. Lloré amargamente pensé que el anciano moriría a mi lado, moví mi mano y trate de tocarlo para darle un poco de calma, un tolete fue a dar sobre mi mano, ante lo cual, con un gesto, pedí compasión al policía que dejo de golpearme. Queriendo darle un poco de amor acaricie la pierna del anciano que por unos momentos dejo de quejarse. Le pregunte su nombre y me respondió. “Si me muero no lloren, hagan una fiesta por favor”. Lloré en silencio sintiéndome sola en compañía de los otros tantos cuerpos golpeados, pensando lo peor; que nos llevarían a quien sabe que lugar y que ahí nos matarían y desaparecerían a todos. Por un momento me dormí, pero el olor a sangre y muerte me despertó. Al abrir los ojos vi la pared de una cárcel. El bus se detuvo y una voz ordenó que bajáramos por la puerta trasera. Me ordenaron pararme y la puerta se abrió y mi cara llorosa y descubierta vió una fila de policías, sentí miedo otra vez. Desde abajo una voz ordenó que se cerrara la puerta y que los detenidos debían salir con el rostro cubierto. Un policía me tapó la cabeza con mi chamarra y las puertas volvieron a abrirse otra vez. Abajo del bus un policía me agarro con una mano de los pantalones y con la otra mantenía mi cabeza gacha. La fila de policías comenzó a tirar patadas a mi cuerpo y al de los demás detenidos que eran parte de la fila. La puerta del penal se abrió y nos avanzaron por estrechos pasillos en medio de golpes y patadas. Antes de llegar a una mesa de registro, cometí el error de levantar la cabeza y mirar a los ojos de un policía, el cual respondió a mi mirada con un golpe de puño duro y cerrado en mi estómago que me quitó el aire por unos momentos. En la mesa preguntaron mi nombre, mi edad y nacionalidad, luego de eso me metieron a un cuarto pequeño donde una mujer gorda me ordeno quitarme toda la ropa, pedía rapidez ante mi torpeza producto de los golpes. “Señora estoy muy golpeada, por favor espere” le dije. Me revisó, me vestí nuevamente y volvió a cubrir mi cara con la chamarra. Salí del cuarto y nos ordenaron hacer una fila de mujeres para ingresar formadas y cabeza abajo al patio del penal, que luego me entere que le decían “almoloyita” en la ciudad de Toluca.

Han de haber sido las  dos de la tarde del jueves 4 de Mayo cuando ya estábamos dentro de las instalaciones del penal. Nos llevaron a un comedor y nos separaron a hombres y mujeres. En una esquina, en medio de llantos las mujeres nos contábamos las vejaciones de las que habíamos sido objetos. Una joven me mostró sus calzones rotos y su cabeza abierta llena de sangre, otra contaba que la habían llevado en medio de dos camiones mientras la golpeaban, vejaban y decían “te vamos a matar puta”. Otra joven me comento que tal vez y estaba embarazada, todo en medio de llantos y apretones de manos solidarios. El estado de shock entre las mujeres era evidente. En frente nuestro los hombres conversaban entre ellos mientras nosotras observábamos sus rostros sangrantes y deformados producto de la brutal golpiza. En eso estábamos cuando una mujer se acerca a nosotras y empieza a dar algunos nombres y pide que nos separemos del grupo. Éramos cuatro: Cristina, María , Samantha, Valentina. Se nos une al grupo un quinto; Mario.  

Éramos los cinco extranjeros detenidos. Al momento llega un hombre, creo que era el director del penal y nos dice que allí donde estábamos, estábamos seguros, que aquí nadie nos golpearía, que lo que hubiese pasado antes de ingresar al penal no tenía nada que ver con el, como si dentro del penal no nos hubiesen también golpeado. Le pedimos hacer una llamada, petición que nos fue negada. Mientras los detenidos visiblemente mas heridos eras sacados del lugar rumbo al centro de atención médica que había dentro del penal; no eran unos ni dos, de los ciento y tantos detenidos que éramos, han de haber habido unos 40 con lesiones gravísimas. Uno de los primeros en salir fue el anciano moribundo que a mi lado en el camión iba, a quien no volví a ver nunca más. Nos llegó el turno a los extranjeros de ir a hacernos el chequeo médico. Yo tenía moretones en los pechos, la espalda, hombros, dedos, muslos y piernas, se recomendó hacerme una radiografía de las costillas pues me costaba respirar, cosa que en ningún momento se hizo. La enfermera que tomaba nota y el médico que me atendió actuaban con total indiferencia a mi persona y las lesiones que presentaba. Salí de la oficina médica  a esperar que Cristina, María, Samantha y Mario terminaran el chequeo. El seudo chequeo médico terminó y nos llevaron a una sala para tomarnos declaración. Extrañamente un licenciado salido de quien sabe donde nos recomendó que no prestásemos declaración, comentario que era contradicho por las personas que estaban tras la maquina de escribir. “Esta bien si no quieres declarar, estas en tu derecho, pero sería bueno que dejaras constancia de lo que te pasó” me decía una licenciada. Mientras hacíamos las declaraciones, comenzaron a llegar al lugar muchos hombres de corbata que haciéndose los chistosos y amables nos preguntaban quienes éramos y como y porque habíamos llegado al poblado de Atenco, que si acaso sabíamos lo peligrosa que era esa gente. Cayó la lluvia y nos trasladaron al comedor con todos los demás detenidos, se nos obligó a sentarnos y no podíamos establecer contacto con los detenidos mexicanos, si queríamos ir al baño debíamos pedir permiso. Llegaron funcionarios de derechos humanos a tomarnos declaración y  fotos de nuestras lesiones, las declaraciones fueron tomadas sin interés, mecánicamente. Se nos obligó a que registráramos nuestras huellas, nos tomaron fotos de frente y ambos perfiles, nos dijeron que eso no era una ficha, que era un registro necesario pues era muy probable que en la madrugada saliéramos en libertad y que para eso se necesitaba hacer la ficha. Una olla de café frío y una caja con bolillos fueron la cena. Ha de haber sido la media noche y me acosté en una dura banca de madera a tratar de dormitar un poco, fue imposible, hacía frío y no tenía cobija. Del lado de los hombres, un rasta se dio cuenta de mi impaciencia ante el no poder dormir y comenzamos a hablarnos de un lado a otro con señas. Estábamos en eso cuando se presenta un custodio y comienza a dar los nombres de los cinco extranjeros. Nos levantamos,  dimos un pequeño adiós a los demás detenidos y abandonamos el lugar. Nos llevan a un lugar de registro, nos entregan nuestras pocas pertenencias y nos sacan del lugar camino a una camioneta diciéndonos que nos llevarían a una oficina de migración en Toluca.

Afuera del penal escuche voces conocidas que gritaban mi nombre, me acerco a las rejas y puedo distinguir a muchos de mis amigos que me preguntan como estoy, les digo que mas o menos y que nos llevan a migración de Toluca. Ellos me dicen que me van a seguir que no me van a dejar sola. Mi tía Mónica me pasa un sobre que contiene mis documentos migratorios y María Novaro, mi maestra y  mamá en México, me da una chamarra para el frío. Así me subo a la camioneta que cierra sus puertas y oscuros nos vamos.

Pasamos a una oficina en Toluca a buscar a una licenciada y de ahí nos llevan a la estación migratoria de las agujas en el DF. Han de haber sido las tres de la madrugada cuando llegamos a la estación migratoria. Ahí una vez mas, un médico de mala gana constató lesiones. Dormitamos un rato porque a la hora en que llegamos no era horario de oficina, así que no habían muchos funcionarios en el lugar. Dieron las 7 de la mañana y un auxiliar nos llevo cereal con leche. Luego me tomaron declaración, una declaración en donde además de preguntar por mis datos personales, me hicieron preguntas cómo: conoces al EZLN?, has estado en Ciudad universitaria?, participaste en el foro mundial del agua?, conocías a los otros extranjeros detenidos?, etc. Firme la declaración a la que se adjunto mi documento migratorio, una carta de mi centro de estudios, una carta de mi maestra María Novaro, mi pasaporte, mi cedula de identidad chilena y mi credencial internacional de estudiante.

Estaba en eso cuando recibo una llamada del cónsul de Chile en México, quién me pregunta mi nombre, el numero de mi cedula de identidad y si tengo algún pariente en México, me informa que lo que el puede hacer es velar que el proceso correspondiente se realice en las condiciones legales pertinentes. Regreso a continuar mi declaración y las preguntas sobre el EZLN, el sub comandante Marcos y Atenco se repiten. Mientras tanto afuera de la estación migratoria se habían congregado amigos y familiares, con los cuales no se me permite comunicar, traté de hacerlo a través de señas y carteles, pero incluso eso nos es negado.

Me llevan a un cuarto en donde hay tres hombres que me dicen que están ahí para ayudarme, ellos me toman fotos de frente y ambos perfiles y en todo momento graban la conversación. Me preguntan mi nombre y si tengo algún alias, que si conozco al EZLN, que si he ido a la Selva Lacandona, que les de nombres que puedan dar antecedentes de mi, que qué tipo de documentales me gusta realizar. Me dicen que mi amiga América del Valle esta preocupada por mi porque me había perdido mientras escapábamos del lugar, mujer de la cual recién en Chile me entero que es una de las dirigentes de Atenco que la policía persigue. Al terminar el interrogatorio, mis huellas dactilares son tomadas en una maquina muy sofisticada que va a dar a una computadora. Me sacan de la sala y me llevan a otra donde hay tres visitadoras de la comisión nacional de derechos humanos y luego de que las dos españolas y yo les contamos lo que hemos vivido, nos recomiendan urgentemente solicitar un abogado para que se gestione un recurso de amparo ante una posible deportación.

El ambiente ya es tenso, así que le pido a una de las abogadas una pluma y un papel, para escribir “1 abogado” y mostrárselos por la ventana a mis amigos que están afuera, en ese momento entra un licenciado de migración y al verme escribiendo me dice: “necesitas un abogado?, yo soy abogado, cual es tu problema”, le contesto que quiero poner un amparo, ante lo que el me responde que no es conveniente poner un amparo porque el amparo implicaría estar en la estación migratoria un mes y que lo mas probable era que pronto saliésemos en libertad, las visitadoras de derechos humanos, lo increpan y le dicen que por favor me dejen hablar con alguna de las personas que están afuera. La visita se concede y hablo con Berenice, con quien me dejan hablar cinco minutos, a ella le digo que necesito un amparo y me dice que eso ya esta.

Me despido abruptamente de ella y luego me llevan a hacerme un chequeo médico por segunda vez en esta estación migratoria, estoy en eso, cuando un licenciado llega apresuradamente a interrumpir el chequeo y me dicen que me van a trasladar a otro lugar, yo pregunto que adónde y no se me da respuesta. Al salir de la consulta médica me encuentro a una de las visitadoras de derechos humanos y le digo que por favor avise a mis amigos que están afuera  que me van a trasladar, le pregunto al licenciado que adonde me llevan y me responde que a las oficinas centrales de migración, no me dejan seguir hablando con el y me suben a un auto particular en el que también estaba Mario, mi compatriota. Me subo, se suben tres policías, se cierran las puertas y una policía pide cerrar las ventanas. La reja de la estación migratoria se abre y el carro se va como escapándose de algo. Íbamos por periférico a más de 100 Km. por hora en medio de un tráfico contundente. Pregunto que adonde nos llevan y no obtengo respuesta, ya en el camino, me doy cuenta que vamos rumbo al aeropuerto y que delante de nosotros van dos carros más; uno con Samantha, la alemana y otro con María y Cristina, las dos españolas. Ante la inminencia de la expulsión injustificada en todo momento, no me queda más que cerrar los ojos y apretar los dientes y pensar: otra violación más. Llegamos al aeropuerto como a las 6 de la tarde. Nos bajan de los autos y nos ingresan custodiados a una sala completamente blanca donde nos mantienen detenidos una hora o más. Luego nos ingresan a las salas de espera al interior del aeropuerto, donde nos mantienen custodiados. Primero sale el vuelo de Samantha. Seguimos esperando y en la espera yo no hago mas que llorar, me siento mal, me paró y trato de caminar por el pasillo, se me acerca una custodia y me dice que debo estar sentada, “me siento mal” le digo, “no me voy a escapar, déjame”. Sigo llorando y un policía se acerca  y me dice: “ya no estés así, no conviene esa actitud, si te sirve de consuelo, déjame decirte que no estas deportada, que solo has sido expulsada del país, pero puedes volver a entrar en cualquier momento”. Ilusamente sus palabras me calman. Nos llevan a un bar a fumarnos unos cigarros porque todas estamos muy alteradas. El vuelo de Lan chile de aproximadamente las once de la noche es anunciado, a mí y a Mario nos llaman, nos despedimos de María y Cristina con un apretado abrazo. Nos formamos en la fila y nos entramos al avión. Dentro del avión uno de los pasajeros se acerca a mí y me entrega unas cartas que han mandado mis amigos que estaban afuera haciendo todo lo posible para detener esta injusta expulsión.

Caen mis lagrimas de no saberme sola, la custodia que va a mi lado, me dice que qué me pasa, le cuento mi caso; le digo que llevo viviendo en México 11 años, que mi vida esta en ese país, que nunca se me dijo que estaba pasando, que todo el procedimiento ha sido ilegal, que he sido golpeada y vejada por la policía. Me dice que a ella le avisaron 30 minutos antes de subirse al avión que viajaría a Chile, que a ella no le dijeron nada, pero que si notaba que algo raro hubo en el procedimiento, porque normalmente antes de deportar a alguien se pasa mínimo un mes en la estación migratoria, que ha de haber sido una orden dada desde arriba. Ya asumiendo mí expulsión me pongo a platicar con ella y le digo que lugares de Santiago puede visitar el corto tiempo que dure su estadía. El cansancio y la impotencia son demasiadas, me duermo. Me despierto con la cordillera de los Andes en la ventanilla del avión. Bajamos del avión, nos entregan a policía internacional, donde nos toman declaración del porque de nuestra deportación y/o expulsión. Afuera me esperaba mi familia, llantos, besos, abrazos. Nos vamos al hospital a constatar lesiones y rápidamente armamos una conferencia de prensa con televisión y radio, en donde denunciamos la ilegalidad de nuestra expulsión y la brutalidad policial de la que fuimos objeto.  

2.- Después de lo que les he contado quisiera hacer de su conocimiento mi total rechazo, indignación y rabia ante: a) la utilización de la violencia física, psicológica y sexual como arma de tortura y coerción en contra de las mujeres.b) la  brutalidad policial de la que fuimos objeto todos los detenidos, más allá de nuestras nacionalidades.c) la ilegalidad de mi deportación en dos sentidos: por haber estado mis papeles migratorios en regla y por el rechazo al amparo presentando, argumentando mi ausencia en el país, cuando yo aun estaba en México. 3) Por lo expuesto anteriormente anterior, estamos estudiando con nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:a)      Se nos restituya el derecho a seguir estudiando en México por medio de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;b)      gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;c)      poner una querella criminal contra la policía por delito de lesionesd)      entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación ilegal.   ¡No a la violación , no al uso de mujeres y hombres como objetos, no a la brutalidad y a la tortura, no a la justificación de la violencia!  

Atte.Valentina Palma Novoa

valenpalma@hotmail.com

teléfono celular en Chile: 08-2972308  

Valentina Palma El auspicioso rodaje de Austral Hibridez

Valentina Palma El auspicioso rodaje de "Austral Hibridez"

Gracias a fondos nacionales y aztecas, la directora penquista, radicada hace 11 años en México, está en nuestro país para la realización de un documental sobre la identidad nacional.  El reencuentro con Chile y la búsqueda de pedazos de identidad son la motivación detrás de "Austral Hibridez", documental que recoge testimonios y costumbres en ciudades como Valparaíso, Santiago, Concepción y Puerto Montt. Todo ello desde la mirada de Valentina Palma, una joven penquista que lleva 11 años radicada en México.
      Actualmente, la estudiante de cine del Centro de Capacitación Cinematográfica de Ciudad de México está en Valparaíso, para la realización de la primera parte del proyecto que dura seis meses. "En más de una década que viví afuera, me encontré con distintas versiones de la realidad chilena actual por parte de otros jóvenes, así que quise comprobarlo y reencontrarme con mis raíces a través de un documental que contemple testimonios de ambos países", comentó la realizadora.
      A Valentina la acompañan un camarógrafo y un asistente provenientes de la nación azteca, y el sonidista penquista Francisco Toro. "Lo llamativo de "Austral Hibridez" ha sido el apoyo. Mi escuela junto al Centro de Estudios de Cine de México aportaron cerca de 20 millones, mientras que el Fondo de Fomento a la Industria Audiovisual me pasó 9.5 millones, lo que en total se acerca bastante al presupuesto original", agregó la cineasta que trabaja a dos cámaras y en formato digital.
      Entre las curiosidades del rodaje está la alta participación de la gente, lo que quedó demostrado en las primeras tomas hechas en torno al año nuevo porteño. "Muchos piensan que es para la tele y se acercan con ímpetu a la cámara, lo que me ha hecho replantear la estrategia del proyecto, que en un principio era de un ritmo más lento y un enfoque reflexivo".
      "El documental durará entre 40 y 60 minutos y me gustaría que se proyectara al aire libre porque es un trabajo muy callejero y merece ser visto por los propios protagonistas", agregó Palma, quien estaría de vuelta en Concepción el 10 de enero para continuar el rodaje.
      Otro aspecto que brinda interés al proyecto es la banda sonora a cargo del grupo penquista Zurdaka. "Me junté con ellos, les pasé el guión y escuché sus nuevas composiciones, las que se adecuan de gran manera a
la temática del documental. En febrero tenemos una nueva reunión para afinar los últimos detalles.  

 Martes 17 de enero de 2006

En su documental Chilenos-cuatesgraban en la zona

Otra vez el lente cinematográfico se vuelve a posar en nuestra zona y ayer el tiro de cámara apuntaba hacia la calle Barros Arana, donde la directora Valentina Palma y su equipo hicieron varias de las tomas que darán forma al documental “Austral Hibridez”. El rollo relata el regreso a Chile de la realizadora audiovisual, luego de once años de ausencia.
     Palma, quien pasó por las aulas del Liceo de Niñas y actualmente vive en México, comentó que “la idea es recuperar pedacitos de identidad que están perdidos en mi memoria y armar un rompecabezas de lo que es ahora este país en comparación al que yo recuerdo”.
     La directora estudió Antropología durante dos años en la Universidad Austral, para luego tomar las maletas y terminar su carrera en la tierra del tequila. Le quedó gustando el país azteca, y una vez que terminó los estudios, decidió continuar en las aulas, aunque ahora aprendiendo cine.
     Si bien la joven de 30 años ha dirigido hartos cortometrajes, “siento que fluyo más en el documental. Debe ser porque soy antropóloga, aunque igual trato de ficcionar un poco mi trabajo”.
     Las grabaciones comenzaron el pasado 31 de diciembre en Valparaíso y luego viajaron a la capital.
     Ahora están en Conce, donde se quedarán hasta mañana, para partir a Puerto Montt, la última locación del proyecto, cuyo estreno local se espera para fines de junio.
     Palma añadió que el documental tiene un presupuesto de 32 millones de pesos. “El fondo audiovisual (estatal) nos dio 9 millones y el resto fue aporte del Centro de Capacitación Cinematográfica donde estudio, del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de México y del Duoc de Conce”, señaló la directora. La musicalización estará a cargo del grupo local Zurdaka.

Valentina Palma Novoa, de nacionalidad chilena

Valentina Palma Novoa, de nacionalidad chilena y radicada en México desde hace varios años, trabajó como mi asistente durante el rodaje de una película llamada Sin dejar huella. En ese entonces ella estaba terminando sus estudios de antropología social en la ENAH, y desempeñó un buen trabajo haciendo las conexiones con la gente en los lugares por los que fuimos filmando (desde Cd. Juárez hasta Quintana Roo) ya que fue una película itinerante (un road movie ).

A partir de esa experiencia Valentina decidió que quería formarse como cineasta y presentó su examen de admisión al Centro de Capacitación Cinematográfica en el 2001. Cerca de 400 jóvenes presentaron su examen de admisión, y Valentina fue uno de los 15 aceptados. Desde entonces ha seguido sus estudios en ese centro y yo la he tenido como alumna regular. He asesorado algunos de sus cortometrajes, como el ejercicio de Ficción 2, en el tercer año de la carrera (una historia original y divertida sobre la vida de varios personajes entrañables que tienen como rasgo en común ser jóvenes estudiantes extranjeros viviendo en el DF).  Como trabajo de cuarto año en el CCC, Valentina está terminando un documental para el cual, además del apoyo de la escuela, contó con una beca del FONDART de Chile. Grabó cerca de 40 horas en video y durante los meses recientes ha estado inmersa en el complejo proceso de edición que hace funcionar el material grabado en un documental. En varios momentos  me consultó, me presentó sus ideas y traté de ayudarla.

La última vez que me reuní con ella fue el martes 2 de mayo. Seguía grabando imágenes. Yo le recomendé que no descuidara la edición por seguir grabando, ya que tenía cercana la fecha de entrega en el CCC. Aparte de esa fecha límite, Valentina me comentó que también tenía una fecha acordada con el FONDART chileno que la becó, y que era para el mes de septiembre. 

Dos días después, el día  4 de mayo, por la mañana, recibí la llamada de una familiar suya que radica en México, Mónica Fernández, pidiendo mi ayuda ya que Valentina estaba desaparecida desde la noche anterior cuando había estado grabando imágenes documentales con su cámara  en San Salvador Atenco, el día de los tristes acontecimientos que ya todos conocemos. No contestaba su celular, no respondía los mensajes, no había llegado a su casa ni se había comunicado con la compañera de la escuelo con quien comparte un departamento. 

Me uní a la búsqueda de Valentina con su familiar,  con Berenice Ubeda (su compañera  de casa y de la escuela), y con algunos más. No aparecía en las listas de detenidos, ni el los hospitales ni nada. Por fin, la noche del día 4 tuvimos la información de que su nombre estaba en una lista de detenidos que habían sido trasladados al centro de readapatación social de Santiaguito (no sé si es el nombre exacto) pero que todos conocen como “Almoloyita”  por su cercanía a Almoloya (o La Palma) el penal de alta seguridad de Edo de México. Recogimos su documentación migratoria  y escolar y fuimos para allá. Llegamos pasada la medianoche y ya las oficinas del penal estaban cerradas: la abogada se había ido y no podíamos tener información ni presentar sus papeles  (que acreditaban que la condición migratoria de Valentina estaba en orden y que había solicitado la renovación de su FM3 el  día 7 de abril). Nos recomendaron que estuviéramos ahí de nuevo a la mañana siguiente, como a las 7,  pues iban a llevar a los cerca de 200 detenidos a un juzgado de Toluca y de ahí serían probablemente trasladados a diferentes centros penitenciarios. 

Nos quedamos ahí, un poco desconcertados. Había un redondel alrededor de un árbol en el que nos sentamos, mientras pensábamos qué hacer. Hacía mucho frío. Podíamos ver el patio a través de las rejas del centro penitenciario. Al fondo, en una escalera abierta alcanzamos a ver que empezaban a  bajar varias personas, sobre todo mujeres, formadas en una fila y flanqueadas por policías. Los enfilaban hacia una camioneta de puertas abiertas estacionada en el patio. Uno de nosotros gritó el nombre de Valentina y ella nos respondió. Empezamos todos a llamarla, y ella se desprendió del grupo y corrió hacia las rejas donde estábamos. Me dijo que estaba bien cuando le pregunté, pero a  mí me impresionó ver su rostro ojeroso, y temblaba de frío, así que le pasé el saco que yo llevaba puesto. También le pasamos en un sobre parte de su documentación migratoria y escolar, ya que no había oficinas abiertas ni guardia que nos la pudiera reciibir y se nos ocurrió que tal vez la necesitara. Dos policías la regresaron con las demás a la camioneta. Nos dijeron que estaban llevando a todos  los extranjeros que estaban detenidos ahí porque no correspondía que estuvieran en ese penal, y que siguiéramos la camioneta si queríamos enterarnos de adónde los llevaban. No vimos con certeza cuantos eran porque estaban lejos y la noche era oscura, pero sí vimos que subieron a Valentina.

Esperamos, sentados en nuestros coches para seguir la camioneta cuando saliera. Después de un tiempo, las rejas se abrieron y la camioneta salió, en un convoy que en ese momento era de 3 vehículos: una  patrulla de la policía estatal, con torreta, la camioneta blanca cerrada en la que subieron a Valentina, y una pickup abierta,  con torreta también, y de la policía estatal. Alcancé a escuchar que alguien dio la orden de que no llevaran las luces de las torretas encendidas, y efectivamente las apagaron en el camino. Los fuimos siguiendo hasta la ciudad de Toluca, por el centro (según me pareció), y llegamos a un edificio antiguo, de una planta y color entre azul y morado con un letrero que decía que era el Instituto de la Juventud y otro que decía que era un centro regional migratorio, o algo así. Al llegar se abrió un portón y entró solamente la camioneta. Llamamos a Valentina para que ella escuchara que seguíamos ahí, acompañándolos. Hasta ese momento no sabíamos quienes eran los que iban con ella. Alguien mencionó que eran 5, 4 mujeres y un varón, todos jóvenes.

Esperamos no sé cuanto, tal vez una hora o más, pidiendo informacióin y que nos dejaran ver a Valentina. Por fin autorizaron el paso de Mónica, la familiar de Valentina, pero cuando salió  nos dijo que no la había visto, que sólo había hablado con una oficial de migración que le dijo que serían trasladados al centro de detención migratoria de Iztapalapa en el DF.  Esperamos un tiempo más, y cuando nuevamente salió la camioneta  se armó el convoy de nuevo, esta vez guiado por un automóvil en el que se subió la oficial de migración, de cabello rubio y largo, y otro hombre. Arrancamos detrás del convoy, que se detuvo en la gasolinera antes de tomar la carretera de cuota  a México. Iban muy rápido, tanto en la carretera y como al llegar a la ciudad, y se pasaban luces en rojo de semáforos y daban vueltas abruptas, no sé si intentando deshacerse de nosotros o porque así es su rutina. A pesar de todo, llegamos junto con ellos al centro de detención nombrado “Las Agujas” (la calle en la que está se llama así), nos bajamos rápidamente, y una vez más pudimos ver a lo lejos cómo descendían los jóvenes de la camioneta y los metían a unas oficinas. De nuevo llamamos a Valentina, para cerciorarnos que iba entre ellos, y no nos respondió, pero alcanzamos a verla. Unos minutos después pudimos verla nuevamente por el ventanal de una oficina iluminada, hablaban con un uniformado. Valentina en algún momento alcanzó a vernos y eso nos tranquilizó. Pensábamos que sería importante para ella saber que ahí estábamos y estaríamos, adonde quiera que la llevaran. Después de una hora  o así, cuando ya estaba por amanecer, pude ver cómo Valentina se recostó en un sillón y al parecer se quedó dormida. Estaba arropada con mi saco que pude darle a través de las rejas del penal de Santiaguito, horas antes. 

Algunos se quedaron metidos en los carros, afura de las rejas, porque un abogado nos recomendó que no perdiéramos de vista dónde estaba en todo momento. Nos dijeron que podían subirla en un camión y llevarla al aeropuerto para su expulsión en cualquier descuido y que teníamos que acelerar el proceso de aclarar su situación migratoria, un amparo, etc. para que eso no ocurriera.

Yo me fui a mi casa, a darme un baño y cambiarme de ropa. También había pasado mucho frío al quedarme sin saco, y estaba entumida. Localicé un abogado con experiencia en cuestones migratorias, , me asesoró por teléfono respecto a los papeles que había que reunir y conseguir, y fui a la escuela, el CCC, donde la Directora, Angeles Castro, redactó la carta oficial en la que se explica que Valentina es alumna regular del CCC desde el 2001. Se reunieron muchos maestros y alumnos de la escuela, para recabar firmas y ayudar en lo que se necesitara. Llevé la carta de la escuela de regreso a “Las Agujas”. Estaba ahí una abogada de la organización Sin Fronteras (Elba Coria), tratando de hacerse cargo de la situación de los 5 detenidos. Hablamos un poco de si era conveniente manejar el caso de Valentina junto con los de los otros jóvenes, en el sentido de que ni los conocíamos ni pensábamos que sus situaciones migratorias fueran las mismas. Ahí me fui enterando que además de Valentina estaban dos chicas catalanas, una alemana  y un estudiante de la ENAH también de nacionalidad chilena. Me consiguieron los datos del cónsul chileno, José Cataldo, con quien hablé en varias ocasiones por teléfono durante el día, para tenerlo al tanto de lo que fuera sucediendo ahí en el centro de detención y pedirle que a su vez nos mantuviera al tanto de todo lo que él supiera. Estuvimos el resto del  día afuera del centro de detención, ahí en plena calle, ya que los viernes no son días de visita y no nos dejaron pasar, ni entregar la documentación que llevábamos. Pedí el número del teléfono de ese lugar, porque en Toluca nos habían dicho que por teléfono podríamos comunicarnos con Valentina una vez que ella estuviera ingresada ahí en Las Agujas. El policía de la entrada me dijo, con grosería, que ese teléfono “lo pidiera  en Toluca”.  Mónica fue a las oficinas de migración, entiendo que en Polanco, pero por ser día festivo (5 de mayo) no fue atendida por nadie (ni había guardias como nos dijeron que debía de ser), asi que se regresó. El abogado que me asesoraba por teléfono me dijo que él ya había estado temprano por la mañana en Las Agujas,  intentando obtener información concreta de la situación de Valentina, y que había encontrado un ambiente “inusualmente hermético” y que nadie decía nada. Que temía que no podrían hacerse las averiguaciones y procedimientos legales correspondientes sino hasta el lunes, y que había que esperar a que el asunto, que se había  politizado, se calmara. Pero que no me preocupara porque la situación de Valentina se podía aclarar perfectamente bien. Que llevando el asunto con puntualidad y apego a la ley las cosas se tenían que resolver favorablemente. Le expresé mi temor de que la deportaran o expulsaran de un momento a otro y él me explicó que eso no podía ocurrir, que su integridad física estaba garantizada en ese centro de detención y que no podían expulsarla así nada más porque legalmente tenía que llevarse a cabo un proceso establecido. El cónsul chileno  me dijo algo similar, y también que él estaría al pendiente del asunto, aunque nunca se paró por ahí ni envió  a nadie ni ayudó en nada. Pegaba un sol muy fuerte y fue un día largo y pesado. Estábamos sin dormir y tal vez no recuerdo con exactitud el orden en que las cosas se fueron dando, pero básicamente estuve resolviendo lo que pude por teléfono: los asuntos relacionados con el CCC, las orientaciones del abogado (que recomendó que avísáramos en migración que Valentina  estaba detenida, y que por eso no había recogido su renovación del FM3 ya que con la fecha del día 7 de abril tenía un mes de plazo para recogerlp y ese plazo se vencía en un par de días días). Pero como digo, nadie en ninguna oficina nos atendía ni recibía nada, al parecer por ser 5 de mayo, día feriado. También recibimos opiniones sobre si convenía sacar el amparo para Valentina, o no. Por ejemplo, el abogado decía que la situación migratoria de Valentina estaba en orden y que esa era su verdadera  protección legal, porque además lo que estaba haciendo era grabar con su cámara. Finalmente Mónica, la familiar de Valentina, se decidió por el amparo y se fue con una abogada a tramitarlo. Berenice y yo seguimos paradas ahí afuera, en todo momento. Por ahí llegaron algunos más de sus compañeros del CCC, había también algunos muchachos estudiantes de la ENAH y al parecer hubo una visita del consulado de España por el asunto de las dos detenidas de esa nacionalidad. Nos dijeron que ya estaba decidido que esa misma noche ellas dos sí serían deportadas (o expulsadas, no sé cual sea el término preciso). En algún momento se abrieron las rejas y sacaron en un vehículo a la joven alemana. En otro momento sacaron al muchacho chileno. Llamé inmediatamente al cónsul y me dijo que precisamente lo llevaban al propio consulado, a  petición de él mismo, para expedirle alguna documentación que le faltaba. Le pregunté si él no visitaría a los detenidos chilenos (como hicieron los  del consulado español) y me dijo que él se mantenía al tanto por  teléfono. Unas horas más tarde regresaron al joven estudiante chileno. En un momento dado salió una mujer oficial de migración que preguntó por Berenice y dijo que ella podía pasar a ver a Valentina, por unos minutos. Yo estaba junto a Berenice y pregunté si podría pasar yo también. Me dijo que no, pero preguntó si yo era algún familiar. Le expliqué que estaba ahí por ser maestra de Valentina en la escuela de cine, y porque me sentía de alguna manera responsable al ser su asesora en su trabajo como documentalista. Tomó mis datos y recibió la documentación de la escuela que nadie más había querido recibir. Pero no me dejó pasar.

Le informé por teléfono a Mónica (que estaba en lo del amparo) que por fin  alguien iba a poder ver a Valentina directamente y ella se alegró. Comentamos que seguramente era un buen indicio y que las cosas irían racionalizándose a partir de ese momento. Cuando salió Berenice (no estuvo mucho tiempo adentro) estaba visiblemente conmovida, nos dijo que Valentina estaba haciendo su declaración a unas mujeres de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH)  ya que había sido golpeada y molestada sexualmente, amenazada de varias maneras, y que le habían robado su cámara y su celular (entiendo que en el momento de su detención). Nos preocupamos por su bienestar y comentamos que seguramente todo iba a mejorar a partir de ahí, que se estaba aclarando el panorama, que era importante que ella ya sabía que seguíamos ahí y que hubieran tomado su declaración los de la CNDH. También que ya estaba por salir su amparo. Telefoneé de nuevo a Mónica para ponerla al tanto, y en  eso se abrió la reja nuevamente y salieron dos automóviles a muy alta velocidad. que incluso estuvieron a punto de atropellar a algunos. Valentina nos gritó desde uno de los coches que se alejaban. Yo la escuché pero no la alcancé a ver, pero dijeron quienes sí alcanzaron a ver que iban dos chicas con ella. Nos subimos a nuestros vehículos pero fue imposible alcanzar el auto que tomó el periférico a más de 140 kmph de velocidad.Preocupada por la situación sorpresiva (de algo que tanto el abogado como el cónsul nos habían dicho que no podía ocurrir, porque no era legal) telefoneamos al cónsul. No lo hice directamente porque iba al volante, pero lo hizo alguien más en mi carro. El cónsul dijo que no era posible, que no podían estarla llevando al aeropuerto, que eso no correspondía. Pero si no la llevaban al aeropuerto entonces a dónde la llevaban. Pensé que si ya sabíamos que las dos chicas de nacionalidad española iban a ser deportadas esa misma noche, que Valentina fuera en el mismo auto era, posiblemente, para llevarla también al aeropuerto.

El cónsul quedó de averiguar, parecía sorprendido, pero ahí se acabó la batería de mi celular y no pude llamar de nuevo para confirmar nada.Regresamos a Las Agujas y ahí nos dimos cuenta de que en ninguno de nuestros vehículos (3)  pudimos alcanzar el auto en que se llevaron a Valentina . Los muchachos decidieron irse directamente  para el aeropuerto y yo decidí regresar a mi casa para poder hacer llamadas y averiguaciones, con varias personas que me habían estado ayudando.Me puse a llorar un rato: no sé si  por la preocupación o por el cansancio.  Sentía, literalmente, como un agujero en medio del pecho. Una enorme sensación de impotencia. Hice todas las llamadas que pude. Mucha gente solidaria intentó ayudar, averiguar, buscar contactos y orientación legal, detener lo que estaba sucediendo contra toda lógica y razón. Muchos hilos se movieron. Por todos lados recibimos un rotundo no. No había nada qué hacer. Era una decisión tomada, dijo uno. Nadie pudo ver a Valentina  antes de que la subieran al avión de Lanchile que finalmente llegó a Santiago a las 8 de la mañana del sábado 6, confirmando por fin que sí la habían expulsado del país, ilegalmente.

No se respetó el amparo que tenía. Dijeron que porque Valentina había salido del país a las 6:30 de la tarde, lo cual  es mentira ya que salió del país en un vuelo de las 11 pm, como es fácil comprobar. Viajó solamente con lo que traía encima, con mi saco puesto, sin la finalización de su carrera de cine en el CCC, sin los materiales de su documental y sin la cámara que con tanto esfuerzo había logrado adquirir (y que la policía le robó). Sin su computadora, sin sus libros y cuadernos, sin su ropa. Lastimada física y moralmente, vulnerada, atropellada  en sus derechos más  elementales. Una buena alumna, una documentalista valiente. Que tuvo  la “mala suerte” de “estar en el lugar equivocado en el momento equivocado” me dijo alguno. ¿Ese lugar equivocado es México en este momento? ¿Tengo que volver a llorar de dolor y de impotencia como lloré después del jueves de corpus en el ‘71, hace 35 años? ¿Cómo regreso a  dar  mi clase con mis alumnos de cine, a  decirles que tomen sus cámaras, que registren el mundo que los rodea, que conozcan el país en el que viven? Que se asombren con su diversidad, sus habitantes y sus historias.  Que encuentren su manera propia y única de contarlo todo en la pantalla, para  presentarlo ante la mirada de los demás. ¿Cómo me quito este sensación de ser de alguna manera responsable por lo que le sucedió a mi alumna Valentina Palma? ¿Qué hago con la vergüenza que me da en este momento mi propio país, con esto y con todo lo que está pasando?No sé qué respuesta dar a todas estas preguntas.   

Atentamente,                           María Novaro 

 

El caso de Valentina en Mexico

Las mujeres que firmamos esta carta expresamos nuestra indignación y horror ante la violencia, los abusos sexuales y las violaciones ejercidos por las policías estatal y federal contra las mujeres detenidas en Atenco el 3 y 4 de mayo. Los testimonios directos recogidos por la CNDH y el centro de derechos humanos PRODH y publicados en la prensa dan fe de una realidad que no se puede aceptar.           

 Son públicos los testimonios de Valentina Palma, estudiante chilena ilegalmente expulsada, de Cristina Valls y de María Sastres, ciudadanas españolas expulsadas. Las tres declaran que las manosearon, abusaron, golpearon, insultaron y humillaron de todas las maneras. Es público el testimonio de dos estudiantes, todavía detenidas, que refieren lo mismo. Todas dicen que eso les pasó a todas las presas, que lo oyeron y las vieron llegar al penal llorando y con la ropa desgarrada, y contando lo que les pasó. Existe el testimonio de una mujer de 50 años que no está detenida a la que forzaron a hacer sexo oral a tres policías.           

Las autoridades, del secretario de Gobernación Carlos Abascal para abajo, han empezado a decir que se trata de mentiras y propaganda, y que como no hay denuncias no se puede investigar. Pero:            

1. Sí hay denuncias formales:  hasta ahora, 23 casos denunciados de abusos o violaciones, más las tres expulsadas, que también están denunciando formalmente.           

2. Aunque no hubiera esas denuncias, estamos frente a la violación tumultuaria por personal policiaco en servicio. Es un delito grave tanto según el código penal federal como en el del Estado de México. Se castiga con penas de 10 a 15 años de prisión (Edomex), o de 12 a 21 años (Federal). Y se persigue de oficio.

3. No se trata aquí que cada una de las mujeres vejadas denuncie. Se trata de que se castigue a todos los responsables.  Nosotras creemos el testimonio de las mujeres violadas. Sabemos lo difícil que es denunciar, que faltan las palabras para expresar lo vivido. Y  sabemos que pueden recibir amenazas. Les ofrecemos solidaridad, respeto y apoyo. Tienen todo el derecho de negarse a ser examinadas por médicos que no son de su confianza, examen que representa una violencia más, y eso no invalida en nada su denuncia.

La justicia debería servir para defenderlas y protegerlas, no para exponerlas.A la luz de varios casos anteriores y del muy reciente de Lydia Cacho, contra quien se planeaba una violación "con un palo" en la cárcel de Puebla, parece que violar o abusar sexualmente de mujeres detenidas se está volviendo sistema. Para “defender la ley”, ahora los gobiernos mandan violar mujeres.Exigimos la liberación inmediata de todas las presas, porque lo que se ha hecho con ellas no es la detención legal de presuntas delicuentes para someterlas a proceso, sino secuestro y tortura.

El trato que han recibido vuelve inoperante cualquier proceso en su contra: se trata de víctimas de la violencia impune de quienes dicen defender la ley.           

Exigimos castigo a los responsables directos y a sus mandos. Lo exigimos no sólo porque es claramente de justicia, sino porque este creciente empleo del abuso sexual por la policía debe detenerse cuanto antes. No podemos admitir que se vuelva “habitual” y las mujeres en México tengamos que vivir con su amenaza, esa otra amenaza más.

Carmen Aristegui

Lila DownsJulieta Egurrola

Raquel Gutierrez

Begoña Lecumberri

Ofelia Medina

Rhina Roux

Paloma Villegas