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El Clarin.cl

Revisión de una historia adulterada: Fue “otra” el arma suicida de Allende

Enviado por Pedro Alejandro Matta 

Escrito por Camilo Taufic   

www.elclarin.cl

Domingo, 10 de septiembre de 2006

La metralleta que le regaló Fidel Castro, con la que dicen se habría matado el Presidente, no estuvo ese día en La Moneda. Al menos mientras se combatió. Todos los testigos oyeron UN SOLO TIRO en el momento final de Salvador Allende, que bien pudo provenir de su propia pistola. Dudas sobre fotos y croquis hechos ese mismo día por Investigaciones (bajo control militar). Revelarían una falsificación del sitio del suceso, y destruyen los testimonios de un médico y un general.

Once de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el Presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a  Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo cerrando la fila de unas 35 personas, en último lugar.

Todos iban semi asfixiados por el humo y las lacrimógenas lanzadas por los atacantes, y aterrados por los balazos que todavía resonaban en la calle y en los edificios circundantes.

Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás, y se introdujo en el Salón Independencia. “Se sentó en un sofá, sujetó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros”.

            El doctor Patricio Guijón —único testigo confeso durante 30 años— también regresó, “con la intención de recoger para su hijo un recuerdo de lo allí vivido: la máscara antigás que había abandonado momentos antes”. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto. Entonces, según la versión oficial, “se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada”. Luego estuvo “velándolo durante 10 ó 15 minutos”.

            Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar, y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado, dejando la masa encefálica esparcida alrededor, sobre el sofá y en el suelo. “Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás”.

            El general Palacios (fallecido el 26 de junio del 2006), “pensó en un primer momento, según la nota necrológica que le dedicó El Mercurio,  inculpar al Dr. Guijón por la muerte de Allende”, pero después cambió de parecer, y —al parecer— el Dr. Guijón cambió también el relato de lo que había visto. Y no es un mero juego de palabras…

            Pero antes que nada, el general Palacios tomó entonces el radio-teléfono y se comunicó con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet:  —“Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”.
 

TARDE Y MAL

A las 19,10 horas del mismo 11 de septiembre, se reúnen por primera vez (en el edificio de la Escuela Militar) los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética.

            “Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie “Las 24 horas que estremecieron a Chile”, publicada en ‘La Tercera’ en septiembre de 2003).

            El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. Sólo se permite viajar junto al ataúd a la viuda, Hortensia Bussi, a cuatro parientes más, y al comandante Roberto Sánchez, ex edecán aéreo del mandatario muerto. A Tencha Allende no se le permite ver los restos de su esposo, la tapa del féretro soldada y sellada con remaches de metal.

            Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa,  por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones, y que había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar, para  adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende.

            Un testimonio singular: “El inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro —de la Brigada de Homicidios, la BH— reciben la orden de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico. Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa. Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto.

            —“Lo asesinó un GAP —informa allí el general Brady.

            “Cuando llegan a La Moneda, entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión.

            —“Se suicidó… —dice el general Palacios, en el Salón Independencia”.

            (Relato de Patricia Verdugo, en el libro ‘Interferencia Secreta, 11 de septiembre de 1973’).

            Los expertos policiales de la BH son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “Acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría— el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El Acta fue publicada el año 2000, por Mónica González, en el libro ‘La Conjura:  los mil y un días del golpe’.

 
DICHOS Y SILENCIOS

 La renuncia de Baeza a la dirección de Investigaciones, y su rápida reconsideración, tras fuertes presiones de Pinochet, ignoradas hasta hoy por la opinión pública, son recogidas en el libro del ex embajador norteamericano en Santiago, Nathaniel Davis, ‘The last two years of Salvador Allende’, publicado en 1985. El autor cita como fuente a Robert W. Scherrer, el delegado del FBI para el Cono Sur, con sede en Buenos Aires. El mismo que descubriría años mas tarde los falsos pasaportes con que el grupo de asesinos de Orlando Letelier viajó a Washington D.C.

            A su vez, el fiscal estadounidense que investigó en Washington el caso Letelier, Eugene M. Propper, en su libro “Laberinto” escrito en colaboración con Taylor Branch, también alude al conflicto entre el nuevo director de Investigaciones con la Junta Militar: “El general Baeza —escribe Propper— ordena a los detectives de la BH entrar en La Moneda y realizar una investigación a fondo sobre la muerte de Allende. Esta medida provoca la primera controversia entre los nuevos gobernantes militares, la mayor parte de los cuales se opone violentamente a que el ‘sitio del suceso’ sea examinado por profesionales. Quieren presentar el fallecimiento de Allende como un suicidio. El general Baeza argumenta que es una cobardía y que tal historia no podrá sostenerse como convincente. Al día siguiente [12] dimitirá a causa de esto, y solo Pinochet será capaz de persuadirle de que permanezca como nuevo jefe de Investigaciones del Gobierno militar”.

            La versión de Propper, extrañamente, aporta además el nombre del oficial chileno del Ejército “que había matado al Presidente Allende”. Su fuente es, siempre, el delegado del FBI, Robert W. Scherrer. “Después de pasarse casi dos días bebiendo cafés y tragos con varios confidentes chilenos, Scherrer descubrió [en 1977] lo que quería saber: el capitán René Riveros era un héroe especial para algunos de sus colegas de las FFAA chilenas, porque él fue quien mató al Presidente Allende en el asalto a La Moneda. Este hecho era entonces un secreto de Estado radiactivo”, escribe Propper.

            En concreto, y citando verbalmente un informe de la Brigada de Homicidios, todavía atribuido a ella el 20 de septiembre de 1973 (amplia versión en El Mercurio del día siguiente, pág. 17), el flamante director militar de Investigaciones, general Ernesto Baeza, informa que “el cadáver (de Allende) yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé,  con la cabeza y el tronco levemente inclinados hacia el lado derecho, miembros superiores ligeramente extendidos, extremidades inferiores extendidas y un tanto separadas”.

 
FOTO-CLAVE
 
La foto Nº 1416/73-A, sustraída a fines de 1973 del expediente de Investigaciones, y efectivamente tomada el 11 de septiembre, reproducida en  estas páginas de La Nación de Santiago, es la primera de una serie oficial, que va de la A a la Z, hasta hoy guardada en secreto. La foto citada se puede encontrar en diversos sitios de Internet; no se indica procedencia y figura como de “autor anónimo”. Muestra la real posición del cuerpo del Presidente muerto, que no está sentado, sino tendido en el sofá, hasta donde al parecer fue arrastrado (de ahí la posición rígida de las piernas), cargado sobre una frazada doblada puesta bajo su espalda, como se aprecia claramente en la foto.


            El cineasta Patricio Guzmán, autor del galardonado documental ‘Allende’, que estuvo a primeras horas del 11-S filmando en las afueras de La Moneda, declaró hace pocas semanas a la BBC de Londres que, con anterioridad a esta foto, el cuerpo de Allende muerto yacía tendido en el suelo.

 
EL TIRO POR LA CULATA

Pero el 20 de septiembre de 1973, el general Baeza, que ya había olvidado su transitoria renuncia, añadía que “Los proyectiles suicidas fueron disparados con el arma puesta entre las rodillas y el cañón pegado a la barbilla” (¿cómo las piernas separadas, entonces?). Y agregaba: “Arma utilizada: fusil-ametralladora núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: “A Salvador, de su compañero de armas, Fidel”.

            Todo claro, salvo que el fusil-ametralladora AK-S, que aparece en el Croquis Nº 15254 de la Policía Técnica de Investigaciones, dibujado ex profeso entre las piernas de Allende muerto, no tiene culata, en el sentido tradicional del término, esto es, culata de madera, como en la foto de la célebre metralleta que luce en sus manos su creador, el general del Ejército Soviético Mijail Kalashnikov.             (Foto ya publicada por La Nación de Santiago de Chile, el 30 de junio de 2006, última página).

            El arma dibujada en medio del cuerpo de Allende por el “perito” de Investigaciones, en el croquis aquí reproducido, es uno de los AK-47-S, o  AK-S, que portaban los miembros del GAP que combatieron en La Moneda. Ese día había una treintena de ellos en Palacio. (Los expertos han observado que falta en el croquis un detalle fundamental: la mira del fusil, que es mayor, incluso, al diámetro del cañón).

            El AK-S es el usado internacionalmente por paracaidistas y otras tropas especiales, o por guerrilleros. De “culata rebatible”, es decir, plegable, y en la práctica un tubo de metal liviano que termina en una especie de semi herradura, para apoyarla en el hombro, si se va a disparar apuntando con precisión. (Hay fotos de Allende junto al “Coco” Paredes haciendo prácticas de tiro en El Cañaveral con una de esas metralletas (cualquiera) de la guardia presidencial).


            En combate, la culata “rebatible” del AK-S se gira en 180 grados y se pone sobre el cañón, para disparar desde el costado, colgando en ese caso de una correa que pasa detrás del cuello, y haciendo desaparecer la extensión posterior a la empuñadura. (Ver foto de los GAPs que acompañan a Allende alistándose para la batalla en el interior de La Moneda). Un arma tan de campaña no está hecha para intercambio de regalos entre Jefes de Estado, lo que refuerza que Fidel le obsequiara a Allende el modelo clásico de AK-47, con culata rígida de madera.

 
EL AK NO ESTUVO

La presencia de la dedicatoria “en la culata” (una lámina de bronce atornillada en ambos extremos a la madera), la recuerda expresamente el Dr. Oscar Soto, médico de cabecera del Presidente, en su libro “El último día de Salvador Allende’, pagina 66, y también Tati, Beatriz Allende, la hija mayor, en su discurso en La Habana, en el homenaje masivo a su padre, organizado por Fidel Castro, el 28 de septiembre de 1973, en la Plaza de la Revolución “ante un millón de personas”.

            Pero aparentemente, del fusil-ametralladora dedicado por Fidel Castro, no salió ningún tiro el 11 de septiembre, ni el arma estuvo en La Moneda, al menos mientras Allende vivió. Desapareció ese mismo día, y nunca más se lo ha vuelto a ver, posiblemente destruido –junto a todas las otras pruebas físicas de las armas y proyectiles que pudieron intervenir en la muerte de Allende— por orden del general Javier Palacios, siguiendo instrucciones de la Junta Militar.

            El asesor político de Allende y perseguidor implacable de Pinochet, el abogado español Joan Garcés, frecuentaba tanto la casona presidencial de Tomás Moro como el refugio de El Cañaveral, camino a Farellones, donde Allende compartía algunos días con Miria Contreras Bell, la Payita, sus familiares y amigos. “La metralleta obsequiada por Fidel Castro a Salvador —le ha confirmado Garcés a su amigo Víctor Pey (el dueño de El Clarín)— nunca salió de El Cañaveral; siempre estuvo allí, expuesta en una pared del living”.

            La noche del 10 al 11 de septiembre, tanto Joan Garcés como el periodista Augusto Olivares pernoctaron en Tomás Moro, junto a la guardia presidencial, en las proximidades de las habitaciones donde descansaba Allende, en vigilia por los acontecimientos que presagiaban la proximidad del Golpe de Estado. En la madrugada volaron a La Moneda, tras los autos que llevaban al Presidente y su escolta, armada  con fusiles-ametralladora  AK-S para cada uno de sus integrantes. Éstos eran 20 ó 23, según distintas fuentes, pero el arma obsequiada por Fidel Castro seguía en El Cañaveral.

            Es cierto que la Payita, al enterarse del golpe de Estado, bajó inmediatamente hacia Santiago, junto a 13 GAP, entre ellos su hijo, Enrique Ropert, de 19 años. Pero no pudieron llegar con sus armas hasta la misma Moneda. Se ignora si bajaban con el AK obsequiado por Fidel Castro. Los hombres de El Cañaveral fueron hechos prisioneros en la Intendencia, incluido el hijo de la Payita, desarmados todos inmediatamente, y sólo ella, a duras penas, y sin llevar en las manos nada más que su cartera, gracias a su audacia y encanto, logró atravesar las barreras policiales y meterse en el Palacio Presidencial. Desde allí trataría en vano de rescatar a su hijo, que hasta hoy permanece como detenido-torturado-desaparecido.

            Así, en el mejor de los casos, la metralleta de Fidel quedó secuestrada en la Intendencia (Morandé esquina Moneda), aunque lo más probable es que “nunca haya salido de El Cañaveral” como sostiene Joan Garcés. Pero en la Intendencia, a media mañana, se habían instalado los militares, y desde allí (o desde El Cañaveral, también ocupado por fuerzas insurrectas) fue fácil trasladar aquel AK a La Moneda, una vez concluida la batalla, disparar dos balazos a la muralla, atravesando el gobelino, e inventar la fábula del “suicidio de Allende con el obsequio de Fidel” que propagandísticamente asociaba —y en forma subliminal— el final de la vía pacifica al socialismo con el castrismo… Un recurso que ni los militares, ni la derecha, ni la Embajada  norteamericana iban a dejar de lado.

 
UN SOLO DISPARO 
 
            Desde los detectives de la guardia presidencial, que defendieron la vida de Allende en La Moneda, hasta los doctores del Instituto Médico Legal, que practicaron la autopsia esa misma noche del 11-S, ante los jefes de Sanidad de cada una de las ramas de las FFAA, muchos coinciden —con distintos grados de certeza— en que el Presidente murió de un solo balazo. Incluso, en un informe oficial, se menciona expresamente un cartucho de bala de pistola, que yacía (muy visible) a los pies del occiso, ya percutado, aunque se elude identificar el arma de donde provino.

            Estos testimonios y documentos destruirían la tesis sostenida hasta su muerte, en junio pasado, por el general Javier Palacios Ruhman, de que Allende se suicidó utilizando una metralleta AK que disparaba 20 balas en un segundo, independientemente de si había sido regalada por Fidel Castro o no. Es cierto que el ‘Kalashnikov’ también se podía disparar tiro a tiro, es decir, uno a uno, pero no de dos en dos, ni de cuatro en cuatro. Considerado en ese momento el mejor fusil de asalto del mundo, ó se lo disparaba en ráfaga, vaciando el cargador, o se iba operando tiro a tiro.

            Es cierto también que le habría bastado un solo disparo del AK a Salvador Allende para quitarse la vida. ¿Pero cómo justificar entonces los dos balazos incrustados en el gobelino que cubría la pared posterior al sofá donde fue depositado su cuerpo ya sin vida? ¿O se necesitaba reforzar la idea de “varios” disparos de una metralleta para justificar la presunta utilización del arma obsequiada por Castro?

            En los informes posteriores de la Policía Técnica y de autopsia (noche y madrugada del 11 y 12 septiembre 73), en ningún párrafo se indica el calibre de la  —o las— balas que ultimaron a Salvador Allende, de tal manera que no se determinó finalmente si eran de metralleta o de pistola. Esto ha sido apreciado como altamente “sospechoso” y “más que grave” por distintos autores, entre ellos el chileno Hermes Benítez, que escribió recientemente en Canadá el libro “Las muertes de Salvador Allende”, presentado el pasado lunes 4 de septiembre en Santiago por la editorial Ril.

            En sus últimos años, el general Javier Palacios hizo declaraciones oficiosas, relatando que luego de los “dos” disparos suicidas, un tercer proyectil había quedado atascado en el cañón de la AK-47 regalado por Castro a Allende. (Arma que nunca volvió a aparecer o ser vista, ni por expertos ni por profanos). Y, además, la experiencia internacional parece desmentir a Palacios.

            Los soldados norteamericanos que combatieron en Vietnam, enfrentando a guerrilleros que se batían con el mismo tipo de metralleta, tenían una gran admiración por esa arma, y su afirmación de que “puede pasar un tanque sobre ella, y sigue funcionando” es utilizada hasta el día de hoy en la publicidad de los fabricantes rusos, que continúan exportándola a todo el mundo. Agregan (siempre con el apoyo de citas estadounidenses) que aunque caiga al barro en medio del combate, o se lo encuentre abandonado y oxidado, tras una ligera limpieza, el AK sigue disparando como si nada, con la misma velocidad de tiro.

 
DRES. Y  DETECTIVES

             Tres de las mejores periodistas de investigación de América Latina, Mónica González, Patricia Verdugo y María Olivia Monckeberg, entrevistan en la revista ‘Análisis’ del 22 de junio 1987, a los detectives (funcionarios oficiales; no del GAP), que combatieron lealmente junto al Presidente Allende en La Moneda, y sus declaraciones son sorprendentes.

            En el reportaje del trío estelar, “Así murió Allende: hablan los detectives de La Moneda”, se adhiere sin vacilar a la tesis del suicidio. “Que la izquierda estuviera manteniendo el mito del Presidente asesinado, no le hacia bien a nadie” —recordaría años después Patricia Verdugo.

            Las periodistas recogen el relato de los ex funcionarios de Investigaciones Juan Seoane, Quintín Romero y David Garrido. “La nota reconstruye lo ocurrido en esa fría mañana de septiembre: la conversación telefónica entre el almirante Patricio Carvajal y Allende, exigiéndole que se rindiera. La decidida negativa del Presidente. Las bombas cayendo sobre La Moneda. La decisión de Allende de quedarse y resistir. El ruido de UN disparo (textual). La certeza de que el presidente se ha suicidado”.

            Algunos de esos detectives y un ex GAP sobreviviente, repiten ante las cámaras de televisión de Canal 13, pasadas las 23 horas del 11 septiembre 2003, en un programa a treinta años del golpe: “Sentimos UN disparo muy diferente cuando se mató Allende”. (Visto y registrado por el autor de esta nota).
            Yo mismo le pregunté hace algunos meses a otro de los resistentes en Palacio, el secretario de prensa e íntimo del Presidente Allende, Carlos Jorquera,  con la confianza de una amistad de varias décadas:

—Negro: ¿Tenía una pistola el Presidente Allende?

—Pero claro que la tenía, Turco. Hasta yo la anduve trayendo una vez, todo el día, cuando fuimos a Bogotá (en la gira por países sudamericanos, en 1971), porque él, por protocolo, no la podía ir cargando, obviamente”.

 
NUNCA EN PLURAL
         
            En el informe final de la autopsia médica, concluida en el Hospital Militar la madrugada del 12 de septiembre, se afirma textualmente que ““La causa de la muerte (de Allende) es LA herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente, con salida de proyectil... EL disparo corresponde a los llamados “de corta distancia” en medicina legal... EL disparo ha podido ser hecho por la propia persona”. En ningún párrafo del documento se admite que puede haber sido más de un tiro la causa de la muerte del Presidente de la República.

            Así se registra que “en ambas manos hay salpicaduras de sangre, especialmente en la derecha”. (Probaría suicidio con pistola; derecha muy lejos si bajó hacia gatillo de la  metralleta).

            “En la región submentoniana, inmediatamente por detrás del borde inferior del hueso maxilar inferior, se observa UN orificio de entrada de proyectil…” —señala la autopsia del Instituto Médico Legal.

            “EL proyectil  perfora el piso de la boca…” —agrega en singular.

            Se describen luego los daños causados por la bala en su trayectoria hacia arriba, en la lengua y dientes, y agrega: “EL proyectil, continuando con su avance, se abre paso a través de la masa encefálica…” , y describe los destrozos causados en el cráneo del presidente.

Agrega: “EL proyectil  sale finalmente al exterior por la parte alta y la mitad posterior de la bóveda craneana…presentando una zona constituida por diversos desgarros de disposición radiada, a expensa de los cuales es posible reconstruir UN orificio, irregularmente redondeado”. (3a. hoja de la autopsia nº 2449/73).

 
“CONCLUSIONES:

1º.- Cadáver de sexo masculino, identificado como SALVADOR ALLENDE GOSSENS.

2º.- La causa de la muerte es LA herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica, reciente, con salida de proyectil.

3º.- La trayectoria intra-corporal seguida por EL proyectil, estando el cuerpo en posición normal, es: de abajo hacia arriba, de delante hacia atrás y sin desviaciones apreciables en sentido lateral.

4º.- EL disparo corresponde a los llamados ‘de corta distancia’ en medicina legal.

5º.- El hallazgo de carbón y productos nitrados en los tejidos interiores del (de  EL) orificio de entrada, como la mucosa de la lengua y en una esquirla ósea en la base del cráneo, justifica la apreciación de que EL disparo ha podido ser hecho con el cañón del arma directamente apoyado sobre los tegumentos”.

6º.- EL DISPARO ha podido ser hecho por la propia persona.

Saludan atte. a US

(firmado) Dr. José L. Vásquez R.;  Dr. Tomas Tobar Pinochet, Instituto Médico Legal. AL SEÑOR FISCAL DE LA PRIMERA FISCALÍA MILITAR, PRESENTE. (Texto completo, en Mónica González, ‘La Conjura: los mil días del Golpe’, págs. 489-494).

 
TODO MUY RARO
           
            El Dr. Tobar se suicidaría años más tarde. Nunca se ha informado públicamente de ello, ni de las causas que motivaron su decisión. Siendo el principal de los anátomo-patólogos ejecutantes, logró resistir las presiones de los golpistas para “registrar” disparos múltiples en el cadáver de Allende, que no los había.

            El médico-director de los servicios de Sanidad del Ejército, Dr. José Rodríguez Véliz, que debía presenciar la autopsia junto a sus iguales en rango,  de la Armada, FACH y Carabineros, se abstuvo y salió del pabellón, pretextando que había sido compañero de curso del Presidente Allende mientras estudiaban Medicina en la Universidad de Chile.   

            Sólo los laboratoristas de “física y química” de la Policía Técnica (y no los detectives de la Brigada de Homicidios, finalmente) consignaron que, si bien “la muerte del Señor Allende Gossens, se produjo como consecuencia de UNA herida a bala… no se descarta la posibilidad de que se trate de dos trayectorias correspondientes a dos disparos de rápida sucesión”.    
    
            Lo que nadie supo hasta el año 2003 –al menos públicamente— es que,  en el momento de morir, acompañaban o estaban en las proximidades de Allende, y no en la fila de los que bajaban por las escaleras,  al menos ocho personas, la mayoría de ellos médicos, aunque algunos de éstos lo hacían en su calidad de expertos en defensa militar, y sin la bata blanca que llevaban los otros.

            Según relató del Dr. José Quiroga, cirujano que actualmente reside en Los Angeles (California), y entonces miembro del equipo médico que cuidaba al Primer Mandatario, no sólo el Dr. Patricio Guijón vio morir a Salvador Allende, sino también el entonces ministro de Salud, Arturo Jirón, Hernán Ruiz Pulido (cardiólogo), el abogado Arsenio Poupin, Subsecretario General de Gobierno, Enrique Huerta, Intendente de Palacio, que profesaba una lealtad sin límites al Presidente, y el detective David Garrido.

            Pero, además de los nombres revelados por el Dr. Quiroga en el diario La Opinión de California (11.09.2003), integraban también el grupo dos o tres “súper-gaps”, uno de los cuales era el Nº 1 del aparato político-militar del PS, de nombre de guerra, “Máximo”: el estudiante de medicina Ricardo Pincheira, de 28 años.

 
OTROS SECRETOS 

             Fue “Máximo” quien impidió que ingresara al Salón Independencia (el “living” le decía ella, tal vez porque quedaba al lado del comedor de Palacio), Miria Contreras, la Payita. Ella había detenido su descenso por las escaleras hacia Morandé 80, cuando se dio cuenta que Salvador Allende se retrasaba, y luego oyó “los disparos” —dijo ella, la única que habló en plural, en carta secreta a Beatriz Allende, la hija mayor del mandatario, dando a entender que sabía del suicidio—. Le escribió a fines de 1973, mientras se encontraba escondida (no asilada oficialmente) en la Embajada de Cuba en Santiago. La carta fue publicada sólo en años recientes por ‘The Clinic’.

            “Al final todos tuvimos que bajar a la carrera” –contó el Dr. Quiroga desde Los Angeles, California--, urgidos por los soldados que nos exigían abandonar de una vez La Moneda”. Lo hicieron en medio de patadas y culatazos de la soldadesca, que también alcanzaron a la Payita y otras mujeres.

            Una vez afuera, por una misteriosa razón secreta, que aun hoy, 33 años después no se ha develado, terminada la conquista a sangre y fuego de La Moneda, el General Palacios liberó horas mas tarde a todos los médicos que se manifestaron como tales, salvándose de correr la suerte de los otros defensores de la sede del gobierno constitucional, algunos de los cuales hasta hoy figuran en las listas de detenidos-torturados-desaparecidos y/o fusilados.

            “Después, sólo permaneció arriba el Dr. Patricio Guijón Klein, junto al cadáver de Allende, como él mismo ha testificado” –concluyó Quiroga.

            En verdad siempre ha parecido rara la historia de este extraño  “testigo único”, impedido de salir del país por décadas, debido a un irregular “arraigo militar”, que él ha acatado en silencio y resignación. ¿Cuál será el motivo?

            En una célebre entrevista concedida a la revista ‘Cauce’ en septiembre de 1984, el Dr. Guijón dijo repetidamente que vio a Allende “cuando se pegaba EL balazo”. Así: “EL balazo”… Pero insistió en que el líder de la Unidad Popular, que encarnó los sueños de toda una generación de izquierdistas, en Chile, América Latina y otros lugares del mundo, se apuntó a sí mismo con una metralleta. ¿Creerle o no?  ...El misterio continúa.<

 
 Croquis 15254, 11-s-73, en La Moneda, hecho por peritos de Investigaciones. Muestra la escena totalmente arreglada, en comparación con la foto 1416/73-

IMPACTANTE TESTIMONIO: YO LANCE PRISIONEROS AL MAR


      Impactante testimonio "Yo lancé prisioneros al mar"
       Por Julio Oliva García; El siglo.cl

      En el interrogatorio del juez Juan Guzmán, Pinochet culpó a sus subordinados de las violaciones a los derechos humanos, gesto que tuvo como respuesta la reacción de Manuel Contreras Sepúlveda -"nos dejó solos"- y la ruptura mayor del pacto de silencio que existía al interior de los organismos de seguridad y los uniformados que participaron en los crímenes.

      Este es un relato de esa nueva ventana abierta a la verdad.

      Manteniendo su identidad en anonimato, por las obvias repercusiones que puede tener su testimonio, un ex uniformado relató las labores que cumplieron, por órdenes directas de Pinochet, para hacer desaparecer los cuerpos de prisioneros políticos que se encontraban enterrados clandestinamente en terrenos de las Fuerzas Armadas.

      En esta ocasión le llamaremos "Claudio Carvajal". En los casos, que por estos días adquirieron actualidad cuando el juez Guzmán encontró rieles utilizados en el delito, han sido procesados diversos miembros del Ejército, como los suboficiales en retiro Juan de Dios Alberto González Dubó, René Meier Chávez, Sergio Castro Cano, Marco Cáceres Rivera y Rigoberto Saavedra Navarro, a quienes se les acusó de obstrucción a la justicia por negarse a aportar antecedentes sobre estos verdaderos "vuelos de la muerte".

      En este caso, que investiga los secuestros de Calle Conferencia y el asesinato de la dirigente comunista Marta Ugarte, también están procesados Manuel Contreras Sepúlveda, el ex jefe de la Brigada de Inteligencia Metropolitana de la DINA Carlos López Tapia, los pilotos Emilio de la Mahotiere, Antonio Palomo, Oscar Vicuña y Luis Felipe Polanco, y el ex jefe del Comando de Aviación del Ejército Carlos Mardones Díaz.

      El caso de Marta Ugarte y las órdenes de Germán Barriga Según el Informe Rettig, Marta Ugarte, integrante del comité central del PC, fue detenida en la vía pública el 9 de agosto de 1976 y llevada al centro de represión de Villa Grimaldi, en Santiago, donde murió a consecuencias de las torturas cuando tenía 42 años.

      Su cuerpo fue lanzado al mar, pero las precauciones que sus captores tomaron para hacerla desaparecer fueron débiles y su cadáver fue encontrado semidesnudo y dentro de un saco amarrado a su cuello con un alambre, en la playa de La Ballena, sector los Molles en La Ligua, el 9 de septiembre de ese mismo año.

      La autopsia determinó que Marta Ugarte, secretaria de Mireya Baltra cuando ésta fue parlamentaria, sufrió en vida una luxo fractura de
columna, traumatismo toráxico abdominal con fracturas costales múltiples, ruptura y estallido del hígado y del bazo, luxación de ambos hombros y cadera y una fractura doble en el antebrazo derecho.

      Un ex agente que entrega su versión de los hechos afirma que laboró en la Brigada Tucán a cargo de coronel de Carabineros Germán Barriga Muñoz y que en 1976 le correspondió amarrar con alambres a un trozo de riel de tren a Marta Ugarte Román, para luego subirla a un helicóptero Puma del Ejército. El aparato -con piloto, copiloto y un agente- se dirigió hacia la costa para lanzar su "equipaje" al mar.

      Barriga Muñoz, procesado en múltiples casos de secuestrados, usaba el alias de "Don Jaime"
     

Y siguió siendo parte de la CNI luego de la disolución de la DINA. Aparece implicado en las desapariciones de Alfredo Rojas Castañeda, Carlos Lorca, Ricardo Lagos, Exequiel Ponce, Carolina Wiff, Mireya Rodríguez Díaz, Rosa Solís Poveda y Michelle Peña Herrera, embarazada de varios meses. "Operación Puerto Montt" 

      Con el código "Puerto Montt", la DINA designaba a los ejecutados que serían lanzados al mar, y que entre 1974 y 1978 pudieron ser unos 500 prisioneros, lo que lleva a afirmar con mucha seguridad a Manuel Contreras que "los desaparecidos no existen, están muertos".

      Luego de tomada la decisión por Contreras, Espinoza, Moren Brito, Ferrer Lima y Miguel Krassnoff, la operación era realizada con el apoyo de pilotos y mecánicos del Comando de Aviación del Ejército, quienes ponían a disposición sus conocimientos en el manejo de los helicópteros Puma, como el que fuera utilizado en la denominada Caravana de la Muerte.

      De hecho, tres de estos pilotos participaron en ambas acciones: Antonio Palomo, Emilio de la Mahotiere y Luis Polanco.

      "Claudio Carvajal" cuenta que "desde los sacos paperos sobresalían las pantorrillas y los pies. A las mujeres se les veían los zapatos con tacones altos o bajos. A veces se les asomaba el ruedo de la falda.  A los hombres se les veían los zapatos y el extremo de los pantalones. Cada saco contenía un cuerpo amarrado con alambre a un trozo de riel. Algunos cuerpos todavía mostraban sangre fresca. Otros expelían el olor de la primera descomposición. Otros sacos estaban impregnados de aceite humano, señal de que los cadáveres habían permanecido algún tiempo enterrados. Algunos de los bultos no tenían la forma de un cuerpo, eran de un tamaño más reducido, sólo parte de los restos".

      Se habla de unos 40 viajes que comenzaban en Tobalaba, donde funcionaba el Comando de Aviación del Ejército, pasaban por los sitios de entierros clandestinos en Peldehue y culminaban en las costas de la Quinta Región. Antes de cada vuelo los mecánicos recibían la orden de sacar los asientos del helicóptero Puma y el estanque de combustible adicional.

      La autonomía de vuelo sin el segundo estanque es de dos horas y media. Cada viaje era ordenado por el jefe del CAE al jefe de la
Compañía Aeromóvil de ese comando de helicópteros.

      Todos los vuelos quedaban registrados y la tripulación estaba conformada por un piloto, un copiloto y un mecánico.

      En Peldehue eran esperados por dos o tres camionetas blancas Chevrolet C-10, operadas por un par de agentes de la DINA que ya tenían los cuerpos ensacados para ser subidos al vehículo aéreo.

      "Claudio Carvajal" sigue su relato con dificultad, señalando que "nos dirigíamos hacia la costa de San Antonio o Quintero, a veces nos internábamos mar adentro, aunque la mayoría de las veces arrojábamos los cuerpos en zonas rocosas a poca distancia de la costa. El lanzamiento se efectuaba a través de la escotilla ubicada en el medio del helicóptero, donde se encuentra el gancho de carga que baja por dentro a la altura del rotor principal. Aunque también se hacía desde una escotilla de popa.

      El lanzamiento lo efectuaban los agentes civiles, que eran los responsables de llevar los cuerpos a Peldehue, ponerlos en el helicóptero
y supervisar que los bultos llegaran al fondo del mar. Los rieles recién cortados brillaban en la oscuridad.

      Cumplida cada misión, retornábamos a Peldehue donde los agentes abordaban las camionetas C-10 y se iban. Partíamos luego a Tobalaba, desocupábamos el helicóptero y se procedía a su limpieza, pues la mayoría de las veces quedaba con sangre impregnada y con un penetrante olor a carne descompuesta. Se manguereaba el piso y el interior, y se dejaba ventilar. Sólo cuando el olor y la sangre desaparecían, los mecánicos volvían a instalar los asientos y el estanque de combustible adicional, a no ser que al día siguiente la máquina tuviese que cumplir una tarea similar".

      Una segunda fase de esta fórmula de desaparecimiento, arrojando sus cuerpos al mar, se inició después de 1978 y duró al menos hasta 1981 ó 1982, luego de que todas las unidades del país recibieron la orden de "retirar los televisores".

      Los jefes del Comando de Aviación del Ejército eran el coronel Hernán Podestá Gómez, entre enero y diciembre de 1978; coronel Fernando Darrigrandi Márquez, entre enero de 1979 y julio de 1981; y el coronel Raúl Dinator Moreno, entre agosto de 1981 y febrero de 1982.

      La "Operación Puerto Montt", si bien en un primer momento sirvió a la DINA para hacer desaparecer de manera rápida a sus prisioneros
muertos, fue usada después para terminar con cualquier vestigio de cuerpos que estuviesen en terrenos militares. Por estos días, cuando el Consejo de Defensa del Estado se pronuncia por el fin del procesamiento por "secuestro permanente" y por la aplicación de la Ley de Amnistía, nada dice sobre este nuevo delito de exhumación ilegal, que agrava el anterior y que está fuera del tiempo cubierto por la amnistía dictada por Pinochet.

      Días antes de someter a exámenes sicológicos a Pinochet, el juez Juan Guzmán Tapia se dirigió a la costa de Quintero para buscar los rieles que habían sido usados para fondear a los prisioneros.

      En la ocasión dijo: "Vinimos a buscar rieles y encontramos rieles". Luego de tanto conocer las atrocidades de la dictadura, de saber cómo funcionaba la DINA bajo el mando operativo de Manuel Contreras y las órdenes del ex dictador, en este caso para hacer desaparecer
definitivamente a los detenidos desaparecido, es de esperar que este viernes 8 de octubre, luego de conocidos los informes de los peritos, procese definitivamente a Augusto Pinochet, el mismo que dio la orden de "retirar televisores" en todo Chile.

      Incineraciones, la otra forma

      Diversos testimonios hablan de la otra forma en que se hizo desaparecer los cuerpos de los prisioneros enterrados ilegalmente, vinculada directamente a la orden encriptada en máxima seguridad que envió Pinochet a todas las unidades militares del país, conocida como "Operación Retiro de Televisores".

      Entre otros, el suboficial mayor Mario Contreras Brito, manifiesta en su declaración que "en una fecha indeterminada de 1978 se presentó en el regimiento (Infantería de Montaña Reforzada N°17) un equipo conformado por unos cuatro funcionarios, provenientes de la Sección II (Inteligencia) de la III División de Ejército de Concepción, al mando del suboficial Eduardo Paredes Bustamante, sosteniendo una reunión con el Comandante de la Unidad, coronel Jaime García Zamorano. Posteriormente, el jefe de la Sección II, el entonces teniente Julio Reyes Garrido, reunió al personal de la sección y nos informó que tendríamos que salir a cumplir una misión en conjunto con el personal de Concepción, sin darnos mayores detalles. El teniente Reyes dispuso que me quedara de servicio en la oficina, junto a otro colega cuya identidad no recuerdo, ordenándome, además, conseguir dos bidones de combustible para tener a su disposición a su regreso, de acuerdo a lo solicitado por el suboficial Paredes. En estas circunstancias, me enteré que salieron del regimiento dos camionetas civiles, a cargo de los funcionarios de Concepción. La misión era desenterrar los cuerpos de personas que habían sido inhumadas en la zona de Mulchén. Regresaron al regimiento con cuatro sacos plásticos conteniendo restos óseos que, por instrucciones del suboficial Paredes, fue quemado en un incinerador fabricado de ladrillo con forma de chimenea que existía en el regimiento. Una vez finalizada esta tarea, el personal de Concepción abandonó el regimiento. La Sección de Inteligencia del regimiento estaba conformada, además, por el teniente Julio Reyes, los sargentos José Puga Pascua, José Iturriaga Valenzuela y Luis Palacios Torres, los cabos Jaime Müller Avilés, Julio Fuentes Chavarriga y Juan
Cares Molina".

      "Me correspondió cumplir esta misión"

      Por su parte, el suboficial Luis Palacios Torres declara que "me correspondió abordar una camioneta marca Chevrolet, modelo C-10, con sport wagon completo. El otro vehículo también era civil, ya que no se ocuparon vehículos militares. Salimos rumbo al sur por la Ruta 5, pasado Mulchén nos detuvimos unos momentos y continuamos el viaje en dirección al oriente. Tras recorrer media hora de camino, llegamos a un sector para mí desconocido, ya que no soy oriundo de la zona, en donde se detuvieron los vehículos. En este lugar, recibimos la orden de descender y bajar unas herramientas que se encontraban en el vehículo en que viajaban los funcionarios de Concepción. Según recuerdo el suboficial Eduardo Paredes nos condujo a las cercanías indicándonos un lugar en donde recibimos la orden de comenzar a excavar. Luego de aproximadamente una hora de excavación, fueron encontradas osamentas que se guardaron en unos cuatro sacos plásticos del tipo "papero", que ayudamos a subir a una de las camionetas. Ya en el regimiento, bajamos los sacos y los dejamos en la parte posterior de las dependencias que utilizaba la Sección II. Al cabo de un rato, no recuerdo si por orden directa del teniente Reyes o por comunicación de otro funcionario que transmitió sus instrucciones, se procedió a incinerar los sacos. La Sección II tenía un incinerador, fabricado de ladrillo con forma de chimenea, donde se procedió a vaciar el contenido de los sacos poco a poco. Me correspondió cumplir esta misión, pero no recuerdo qué funcionarios colaboraron. Entre el material que pude observar al momento de su incineración recuerdo que había restos de osamentas, cráneos y botas de goma del tipo utilizado en labores agrícolas. En mi opinión, cada uno de los sacos contenía más de un cuerpo, sin poder precisar su número exacto".

      Ferrer amenazó a mujer, Fornazzari premiado en Canadá El contraste de los peritos

      A fines de 1973, mientras su esposo estaba detenido en el Estadio Nacional, la periodista Marcela del Río se atendía con el doctor Sergio Ferrer Ducaud, en la Clínica INDISA, para tratar una persistente migraña. La relación profesional había comenzado a principios de 1973, cuando el médico le fue recomendado por su hermana, pero luego del golpe militar el trató cambió bruscamente al relatar la paciente que su marido, el militante socialista Gabriel Coll, estaba siendo sometido a torturas en el campo de concentración del Estadio Nacional.

      "Le empecé a contar que mi marido estaba siendo torturado en el Estadio Nacional y su rostro comenzó a cambiar. Pensé que era una reacción ante lo inesperado del relato, y continué. Le dije que hacía pocos días había podido ver sus brazos lastimados y su lengua blanca, por los efectos de la electricidad que le aplicaban. Pero tuve que detenerme porque él se paró indignado y comenzó a vociferar. Me dijo que no quería escuchar mis inventos y calumnias, que él era médico del Hospital Militar y su hermano jefe de un servicio de inteligencia militar"

      (N. de la R. se refiere a Patricio Ferrer, jefe del SIM en Antofagasta y acusador de Eugenio Ruiz-Tagle y otros prisioneros que luego serían asesinados por la Caravana de la Muerte).

      "Ferrer me gritaba que él había tenido que estar cerca de 6 a 8 meses en Ecuador porque la Unidad Popular lo perseguía y agregó que mucho se había hecho con dejar gente viva. Lo peor vino cuando se volvió a sentar y abrió el cajón de su escritorio con gesto amenazante". Pensé que sacaría algún arma. Pero no fue así. Sólo me intimido diciéndome: "¿Sabe qué es lo que hacían los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial con los calumniadores como usted? Los mataban...'. Nunca más regresé. Lo único que recuerdo es que crucé por el puente que está cerca de la clínica, con pánico, esperando que alguien me fuera a hacer algo. Me tomé un valium y llamé a mi hermano para que me fuera a buscar. No podía más. Ferrer faltó a la ética profesional al tratarme de esa forma. Si es capaz de transgredir su juramento como médico, no tiene credibilidad como perito con Pinochet. Está totalmente comprometido con la dictadura".

      La otra cara

      Por otra parte, quien fuera perito de los querellantes cuando se realizaron los exámenes sicológicos a Pinochet por el proceso Caravana de la Muerte, el doctor Luis Fornazzari, fue premiado en Canadá el 25 de septiembre. Fornazzari, director de la Clínica Multicultural y Multilingüe de la Memoria de Toronto, fue distinguido con el Premio Somos Latin Americans Achievement Awards por "sus logros en una trayectoria profesional, por su trabajo en la creación de las Unidades de Neuropsiquiatría en el Instituto Psychiatrico Clarke, en el Centre for Addiction and Mental Health y particularmente por la fundación de la Clínica Multicultural y Multilingüe de la Memoria".

      Esta clínica puede evaluar pacientes con enfermedad de Alzheimer y otras demencias (vasculares, degenerativas, traumáticas toxicas y otras) en nueve idiomas diferentes, con tests sensibles a la cultura y educación de los pacientes.

      Esta clínica es única en Toronto y en Canadá, y sus investigaciones están arrojando resultados muy valiosos en el tratamiento y en la causa de estas afecciones, sobre todo en la manera que el cerebro de estos pacientes compensa los déficits producidos por la enfermedad".

      El Premio Somos fue establecido para estimular y promover el desarrollo de la comunidad latinoamericana en Canadá, reconocer y premiar sus sobresalientes logros y contribuciones.

Cuando se chingó el Perú

Por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)

 

www.elclarin.cl

 

03 de noviembre de 2005

 

La palabra chingó puede ser asimilada, según Mario Vargas Llosa, a frustración, fracaso o intento fallido. No se chingó el Perú cuando Francisco Pizarro, aprovechándose de la guerra civil, apresó a Atahualpa; tampoco cuando estuvo bajo el dominio de afeminados virreyes, menos cuando el tribunal de la inquisición se dedicaba a encarcelar a curitas solicitantes, que aprovechaban las confesiones de las empleadas domésticas para gozar a sus amas, en la sacristía, según cuenta el sabio José Toribio Medina, que tenía la costumbre chilena de robarse cuanto encunable encontraba; tampoco pudo destruir al Perú el mariscal Andrés de Santa Cruz, que intentó revivir el imperio inca, menos la gorda Isabel II de España que, vengativamente, invadió las islas chibchas provocando el rechazo y la solidaridad latinoamericana: el quijotismo que tanto desesperaba a don Francisco Encina. Fue la guerra del Pacífico la que chingó al Perú, manteniéndolo en constante sopor hasta nuestros días.
De nada sirve el recuerdo de Miguel Grau y de Bolognesi: en cuatro años, 1879-1883, el Perú fue diezmado, su marina destruida, el ejército aniquilado, en Arica, Tacna, Chorrillos y Miraflores. La Lima virreinal, elegante, de bellas mujeres, era ocupada por soldados chilenos , provenientes de ciudades pequeñas y con olor a guano. Era la ocupación de Atenas por Esparta. Como nuestros valientes soldados eran ignorantes y bandidos no dejaron cáliz y otros objetos de oro por robar y que hoy visitan en la catedral de Santiago los emigrantes peruanos que, con razón, huyen de la miseria producida por el sinvergüenza japonés, Alberto Fujimori. Incluso, si recorremos la ciudad de Santiago, veremos unos leones que antes adornaban la bella ciudad de Lima.
La guerra del Pacífico es el origen de todos los resentimientos que han envenenado las relaciones entre Chile, Perú y Bolivia. Los especuladores ingleses, Thomas North, la casa Gibbs, y otros, compraron bonos a un 50% al arruinado Perú que, con el boom del salitre, se multiplicaron por diez o quince veces su valor de compra; North era el rey del salitre y se compraba, con toda facilidad, a los abogados yanaconas de la corrupta oligarquía chilena, al igual que hoy, la política y la ética andaban divorciadas. Julio Zegers, Carlos Walker, Enrique Mac Iver, Eulogio Altamirano, y muchos más, aprovechaban el poder en el parlamento para conseguir regalías para sus ambiciosos amos ingleses.
Con la guerra del Pacífico, no sólo se chingaron Bolivia y Perú, sino también el vencedor, Chile. En 1900, en el Ateneo de Santiago, el líder radical Enrique Mac Iver daba una conferencia sobre la crisis moral de la República: Chile había heredado la lepra  que destruyó al Perú, es decir, la riqueza del salitre, que corrompió las costumbres republicanas. A veces me pregunto si no estamos pasando por algo parecido, con el caramelo regalado del alto precio del cobre. El profesor Alejandro Venegas, en 1909, escribió unas cartas al presidente Pedro Montt que, al igual que el profesor Ricardo Lagos, despertó grandes esperanzas en líderes progresistas, como el mismo Venegas, Enrique Molina y Luis Emilio Recabarren; su gobierno resultó un fiasco: el robo de las tierras salitreras por los políticos, el terremoto de Valparaíso, la Matanza de Santa María de Iquique, los amoríos de su bella mujer, Sarita del Campo con el dandy porteño, senador Guillermo Rivera y su muerte, en Bremen, terminaron de hundir su prestigio Por cierto que la historia no se repite y la gran primera dama Luisa Durán nada tiene de parecido a Sarita del Campo y  el Maestro Lagos a diferencia del triste cara de sepulturero Pedro Montt como lo llamaba el original  Federico Errazuriz termina su periodo  reconocido por todos como  el mejor presidente de Chile. Las cartas de Venegas acusaron la escandalosa diferencia entre ricos y pobres, en el Chile del Centenario. Mucho me temo que ocurrirá lo mismo en el Bicentenario, pero si siquiera tendremos un valiente Alejandro Venegas. Al igual que Mac Iver, nuestro profesor Venegas atribuía estos males al veneno (salitre), heredado del Perú.
En cada crisis surgen reaccionarios patrioteros que, en Perú, Chile y Bolivia se dedican a revivir los resentimientos incubados en pequeños sectores militaristas. No faltan los cabeza de chorlitos, especialistas en cuestiones militares, que se ponen a comparar los misiles de cada país, como si la guerra fuera un juego, si acudir a las armas fuera ético, En estos días, por desgracia, han reaparecido los adoradores de los regímenes militares que vuelven a alabar a las fuerzas armadas y a vilipendiar a los que ellos llaman ilusos latinoamericanistas, entre los cuales me cuento, a mucha honra.
Nuestras relaciones con los vecinos Perú y Bolivia han sido siempre desastrosas: con Perú, mas de cuarenta años fueron dominados por los avatares de la decisión, respecto a las ciudades cautivas: Tacna y Arica; don Arturo Alessandri, el catilina chileno, era muy hábil en materia de fraudes electorales y estaba convencido de que con hacer votar a unos pocos muertos y robarse las urnas, Chile ganaría un plebiscito en Tacna y Arica. Antes, el gobierno del macuquero especulador de la bolsa, Juan Luis  Sanfuentes, había nombrado como ministro de guerra a uno de los tantos huasos ladinos, don Ladislao Errázuriz, quien inventó una guerra con Perú para alejar al ejército, en ese tiempo partidario del Lenin chileno, Arturo Alesandri. Las víctimas de los jovencitos patrioteros fueron los anarquistas de la federación de estudiantes de la Universidad de Chile, cuyo local fue asaltado y quemado. Carlos Vicuña Fuentes, que se atrevió a proponer la entrega de Tacna y Arica al Perú, fue perseguido y exonerado como profesor; a lo mejor, si reviviera, le pasaría lo mismo.
Nuestro país quiso chilenizar Tacna y Arica: llevó profesores, sacerdotes, abogados, -no pocos tinterillos- médicos y otros profesionales, y audaces empresarios, a colonizar a estas ciudades del norte. En Tacna se desarrolló la infancia de Salvador Allende: su padre, del mismo nombre, era un poeta satírico genial; escribió un verso que parecía una alabanza al tirano peruano, Augusto Legía, pero se  hacía el acróstico, aparecía un tremendo insulto. Don Salvador Allende Castro efectuaba fiestas pantagruélicas en la Tacna, en ese tiempo chilena.
Tres soluciones se planteaban para resolver el problema de Tacna y Arica: la primera, regalar a Bolivia las dos ciudades; la segunda repartirlas, Arica para Chile y Tacna para el Perú; la tercera, solicitar el arbitraje de Estados Unidos y llamar a un plebiscito, por medio del cual se decidiera el destino de ambas ciudades. En 1929, el plebiscito decidió que Arica quedaba para Chile y Tacna para el Perú.
Es evidente que los conflictos de la frontera norte chilena no pueden ser bilaterales, son siempre trilaterales. Es la errónea política de la Cancillería la que nos ha llevado a plantear el problema de la salida al mar, de Bolivia, como bilateral, cuando cualquier solución territorial del problema exige el acuerdo entre Chile, Perú y Bolivia.
Por consiguiente, es multilateral. Siempre Chile quiso dar salida al mar a Bolivia: antes del tratado de 1904, les quiso ceder Tacna y Arica, que no eran chilenas, cuya soberanía debía ser resuelta 10 años después del Tratado Ancón, 1883. Posteriormente Chile propuso entregar a los bolivianos Camarones, Caleta Víctor o Pisagua; por apresurado, nuestros hermanos perdieron la oportunidad. Por lo demás, la franja entre la línea de la Concordia no podía ser cedida a la soberanía boliviana sin acuerdo con el Perú. Aquí se halla una de las raíces de la súbita explosión nacionalista, respecto de las fronteras marítimas, provocadas por el impopular presidente Toledo.
Al parecer, nuestras relaciones con Bolivia estaban en franca mejoría; es evidente que, más temprano que tarde, tendrá que solucionarse el tema de la mediterraneidad boliviana, pero como siempre se mezclan los conflictos de política interna, la impopularidad de los gobiernos y la inestabilidad política, el presidente Toledo saca del sombrero el conflictivo tema de las fronteras marítimas.
Pienso que nuestra política respecto a nuestros hermanos latinoamericanos no puede ser más errónea. No sé cuándo se nos ocurrió que eran los íntimos amigos del guerrero Bush, socios privilegiados de la Unión Europea y de los países asiáticos. No recuerdo el nombre del genio que se le ocurrió que en pocos años abandonaríamos América Latina y seríamos esos rubios que soñaba Nicolás Palacios, autor de La raza chilena que, con razón, escandalizaba al vasco Miguel de Unamuno. A los peruanos, a los bolivianos y al resto de los países de América latina, los mirábamos como indios, patipelados e incapaces de tener gobiernos estables. Los tiranos de estos países eran el hazmerreír, el único bueno, que robaba y mataba de verdad, era Daniel López Pinochet.
Nuestra política en América Latina se limitaba a responder a los acontecimientos: éramos incapaces de anticiparnos ante cualquier situación difícil, no proponíamos nada, salvo Tratados de libre Comercio, que permitieran a nuestros jaguares chilenos inaugurar Luchetti, Falabellas, Lan y Yumbos, en las distintas capitales de Latinoamérica. Nos creíamos los cartagineses y no nos importaba nada rayar muros incásicos, mostrar videos humillantes sobre Lima, en los vuelos de Lan y defender a los ricos epulones, entre ellos al Sr. Luksic, que sólo está llamado a declarar por tribunales de justicia democráticos, de un país hermano, además, de la venta de armas al Ecuador. De nuevo nos pisamos la cola, pues Lázaro Frei salvó a Pinochet de un justo castigo, sosteniendo la soberanía de nuestros tribunales; ¿este argumento no vale para el Perú?
Ni Chile, ni Perú van a ganar nada con este irracional conflicto. Justo cuando América Latina está pasando por su mejor época, cuando vendemos el petróleo, el cobre, el gas, el café, el azúcar a precios estratosféricos, vuelven los torpes conflictos limítrofes, en un mundo globalizado. ¿Cómo se nos puede ocurrir recurrir a un club de bailes folclóricos, financiados por el tío Sam, como la OEA, para resolver conflictos fronterizos? Me temo que, de nuevo, dejaremos pasar la oportunidad de construir la América con que soñaba Simón Bolívar.

Víctor Pey: Quiero revivir el Clarín

<em><strong>Víctor Pey: Quiero revivir el Clarín</strong></em> Escrito por Redacción www.elclarin.cl
Jueves, 13 de octubre de 2005

Santiago.- El tribunal de arbitraje del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), organismo que pertenece al Banco Mundial, habría fallado en favor del ciudadano español Víctor Pey en la demanda interpuesta en 1997 contra el Estado chileno por la propiedad del Diario Clarín.

El último dueño del diario Clarín, Víctor Pey, conversó con Universidad de Chile Noticias sobre el fallo a su favor determinado por el CIADI en una demanda de arbitraje presentada contra el Estado chileno.

El Presidente del tribunal de arbitraje del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), institución del Banco Mundial, ha entregado al CIADI a mediados de junio de 2005 un proyecto de fallo a favor del ciudadano español Víctor Pey Casado en la demanda sobre indemnización por la confiscación del diario Clarín, según un escrito dirigido el 4 de octubre de 2005 al CIADI por el presidente del citado tribunal, el profesor y abogado suizo Pierre Lalive, y que el Centro de arbitraje ha comunicado el 11 de octubre a todas las partes del litigio.

Los gobiernos de Eduardo Frei Ruiz- Tagle y de Ricardo Lagos se habían negado a indemnizar a Pey los perjuicios sufridos por la confiscación de la inversión que efectuara en Chile en 1972, al comprar CLARIN por 1.260.000 US$.

El diario Clarín era el de mayor circulación en Chile hasta que fue confiscado tras el golpe militar de Augusto Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, lo que llevó al empresario español a presentar en 1997 una demanda de arbitraje según el Acuerdo de Protección de Inversiones entre España y Chile firmado en 1994.

Víctor Pey asegura que de ser ciertos los trascendidos sobre el fallo a su favor, su intención es volver a editar el Diario Clarín "En reiteradas veces he puesto de manifiesto la intención de revivir el diario Clarín independiente de partidos políticos, grupos económicos, de confesiones religiones, desde un punto de vista progresista dentro de la defensa de los ideales de la democracia y de justicia social".
El gobierno chileno ha presentado el 24 de agosto de 2005 una recusación en contra del Tribunal del CIADI luego que lograra conocer que el fallo, en definitiva, favorecería a Víctor Pey. La mayoría de los árbitros del Tribunal han rechazado la recusación, calificando de insólita y arbitraria la postura de rechazar a los integrantes del tribunal después de haber logrado conocer el sentido de la propuesta de Sentencia entregada al CIADI en junio de 2005.

En tanto, Pey prefiere mantener la calma sobre la comunicación recibida del CIADI ya que, hasta el momento, éste sólo ha señalado en forma oficial el rechazo por la mayoría del Tribunal de la recusación formulada por el Gobierno. "Quiero decirles que el escrito que el señor Lalive dirige al CIADI el 4 de octubre de 2005 no es el fallo propiamente dicho que el Tribunal tiene redactado desde junio de 2005, sino una su contestación a la recusación que, en el último momento, el 24 de agosto de 2005, presentara el Estado de Chile para evitar que el Tribunal notificara a las partes la resolución ".

Junto a la Fundación Presidente Allende de España, Víctor Pey pretende volver a editar el Diario Clarín como una forma de recuperar lo que les pertenece y entregarle otra vez al país el diario de mayor circulación en la historia del periodismo nacional.

En una carta dirigida a la secretaría del CIADI, de fecha 4 de octubre de 2005, el Presidente Lalive expone que la recusación del Gobierno de Chile resulta de la “violación muy probable, cierta, del principio fundamental de la confidencialidad del arbitraje. Un principio que se impone indiscutiblemente a todos los funcionarios del CIADI así como también a los miembros del tribunal de arbitraje”.

Según publica el Diario español EL PAIS el 11 de octubre, el Gobierno de Chile pudo saber, mediante su árbitro, el ex ministro ecuatoriano Leoro Franco, que el proyecto de Sentencia redactado por el Presidente con el acuerdo de la mayoría del Tribunal daba la razón a Víctor Pey, tras lo cual las autoridades chilenas decidieron recusar a los miembros del Tribunal por supuesta “lentitud”, “problemas de salud” y otras presuntas incompatibilidades.

Víctor Pey Casado, acaba de cumplir 90 años y vive entre España y Santiago de Chile. Pey fue director general de armamentos de la Consejería de Industria en la Generalitat de Cataluña durante la guerra civil española. Antes de la caída de Barcelona a manos del Ejército franquista, salió hacia Francia como refugiado. En el verano de 1939, logró salir de Francia en el vapor Winnipeg, junto con otros 2 mil 500 exiliados españoles rumbo a Valparaíso, Chile.

Durante los años cuarenta, Pey trabó una gran amistad con Salvador Allende, dirigente del Partido Socialista chileno, diputado y ministro de Salubridad Pública del Gobierno del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda.

Pey obtuvo la nacionalidad chilena en 1958, en el marco de doble nacionalidad con España. Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la dictadura del general Augusto Pinochet confiscó el periódico Clarín y realizó la incautación de sus modernas instalaciones. Pey abandonó el país meses después gracias al asilo que le concedió la Embajada de Venezuela en Santiago. La Junta Militar chilena le desconoció la nacionalidad y en 1996 Pey renunció formalmente a los beneficios del Convenio de la doble nacionalidad.