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La revolución frente al espejo

La revolución frente al espejo

Vivir sin Fidel

¿Es imaginable Fidel vivo y fuera del poder? A casi 48 años de la revolución, los cubanos enfrentan por primera vez la hipótesis de la orfandad. Ni fiestas ni funerales, hasta ahora, sino inquietud y calma. De Miami llaman a un golpe de Estado. Washington promete no invadir.


www.lanacion.cl Domin

Por Alejandro Kirk

Ni Fidel Castro ha muerto, ni es éste su obituario. Pero para los cubanos llegó el momento inevitable y necesario de mirarse al espejo y enfrentar aquella ansiosa, humana incertidumbre de la orfandad, para lo que ninguna edad tiene cura.

Es posible, como insinuó en estos días extraños el académico y ex diplomático mexicano Gustavo Iruegas, que todo sea parte de un plan: “Los que hemos seguido la trayectoria de la revolución cubana sabemos que si algo sabe hacer Fidel son planes. Y esto está planeado con mucha anticipación, y para rato”.

Iruegas fue por décadas el enlace de la Cancillería mexicana con Cuba, en el período en que México era el único país latinoamericano en desafiar el bloqueo continental a Cuba impuesto por Estados Unidos en 1963.

“Puede ser que el 2 de diciembre todo el mundo se lleve una sorpresa”, me dijo por su parte Gloria, una ingeniera cubana, posiblemente con menos contactos que Iruegas, pero con una gran ventaja: vive en La Habana y aunque no está casada con la revolución, tampoco está divorciada de ella. La sorpresa que anticipa Gloria (que prefiere no revelar su identidad) es que ese día, el anunciado por Fidel para celebrar oficialmente los 80 años que cumple el 13 de agosto, puede ser el de un anuncio singular: “Sin darse cuenta, descubrirán todos que el cambio ya estaba hecho”.

VOLUNTAD DE HIERRO

El próximo 2 de diciembre no es cualquier fecha. Ese día se cumplirán 50 años del desembarco del yate “Granma” en las costas orientales de Cuba con 82 insurgentes a bordo, entre ellos dos de los protagonistas de la pequeña telenovela iniciada esta semana: los hermanos Fidel y Raúl Castro.

El torpe comienzo de la mítica lucha de la Sierra Maestra retrata, sin embargo, a Fidel Castro.

El desembarco fue más bien una especie de naufragio: el “Granma” encalló antes de llegar al punto previsto, y el grupo debió abandonarlo cuando fue avistado por una lancha de cabotaje. Por horas caminaron en una ciénaga con el agua hasta el pecho, comidos por los mosquitos, perdiendo gran parte de sus provisiones y pertrechos, sin saber dónde iban. Finalmente, en tierra firme, los acorraló el Ejército, que arrestó o mató a la mayoría.

Algún líder “cuerdo” hubiese reflexionado, con toda sensatez, que era mejor asumir la derrota, salvarse y comenzar de nuevo. Pero Fidel no es de esa pasta. Según relata el autor norteamericano Tad Szulc, en una biografía no autorizada, un grupo, en el que se encontraban Fidel, Raúl, el "Che”, Juan Almeyda, Ramiro Valdés y otros, se escondió en un cañaveral. Los soldados estaban cerca; tanto, que podían oír sus voces. Y allí agazapados, cansados y sin saber qué hacer, cuenta Szulc, los sobrevivientes escucharon estupefactos el murmullo del líder, que empezó a hacer planes, no para huir y reorganizarse, sino para la formación del primer gabinete de la Cuba revolucionaria.

Sea esto un mito o una media verdad, como todos estos relatos, lo que queda claro de esas jornadas es aquel espíritu inconmovible que contagió allí a los pocos maltrechos combatientes y luego ha seguido contagiando a millones de cubanos que han soportado penurias durante casi 50 años.

PATRIA O MUERTE

“En una revolución, si es verdadera, se triunfa o se muere”, sentenció en su momento Ernesto Guevara. El lema épico de Cuba, “Patria o muerte”, es de Fidel. Desde 1993, lo reemplaza a veces por “Socialismo o muerte”, cuando entonces muchos en Miami festejaban la inminente caída de Cuba, el último bastión del “socialismo real”.

Lo que salió a flote entonces, según la historia oficial, fue la voluntad revolucionaria del pueblo cubano. Pero aun si fuera así, pocos dudan de que esa voluntad hubiese soportado el famoso “período especial” sin la inquebrantable terquedad de su líder, que, sumergido nuevamente en la ciénaga, proclamaba en solitario la invencibilidad histórica del socialismo.

Fidel, como el Che, ha demostrado varias veces que no es la muerte su principal enemigo. Quién sabe si hay algo necrológico en todo esto; que quede para los psicólogos especular el porqué los revolucionarios, casi siempre, unen dramáticamente su destino a la idea de la muerte.

Pero la primera vez que dijo “Patria o muerte”, Fidel tenía menos de 30 años, y cuando se habla del tema a los 80 tiene necesariamente otro significado.

LA ECONOMÍA

Al revés que en 1992, cuando Cuba se desplomó como efecto del colapso de la Unión Soviética y los países socialistas europeos, en 2005 la economía cubana creció 10% y se muestra robusta desde hace varios años.

Las ventas de estaño, el potencial de la caña de azúcar como combustible, las exploraciones de petróleo, las exportaciones de productos médicos y biotecnológicos y el turismo dejan poco terreno a la idea de que Cuba puede ser aplastada económicamente.

En los ’90 “la pregunta era si la economía cubana sobreviviría. Ese ya no es tema ahora”, afirmó al “New York Times” Philip Peters, un experto en economía cubana.

En EEUU, hace tiempo que representantes de las corporaciones transnacionales comenzaron a cuestionar el bloqueo, y ante la enfermedad de Fidel se han renovado las voces críticas, esta vez para “estimular” la apertura económica que podría venir.

Lejos de acabar con el bloqueo, sin embargo, EEUU estableció este año una comisión especial destinada a promover el cambio de régimen en Cuba, dotada con 80 millones de dólares, que se suman a las estaciones de radio y TV Martí, a la Ley de Ajuste Cubano de 1966 y a la Ley Helms-Burton de 1996, que propician el aislamiento político y económico de la isla.

Si hasta la semana pasada Raúl Castro, Presidente en funciones y jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, era invariablemente descrito como el siniestro operador estalinista encargado de la represión, ahora todos parecen haber descubierto su lado pragmático, sindicado como autor nada menos que del plan que salvó a la revolución en los ’90: la apertura de los mercados agrícolas a la producción individual y la incorporación de los militares a la industria alimenticia.

Entonces, Raúl Castro aclaró a todos, sobre argumentos estrictamente basadas en el materialismo dialéctico, que antes que el espíritu revolucionario estaba el estómago.

No sólo eso. Las FAR son propietarias del conglomerado La Gaviota, que controla cerca de 60% de la industria turística, que a su vez le genera a Cuba unos dos mil millones de dólares por año.

Y mientras EEUU ha gastado miles de millones de dólares en campañas de desestabilización, países como España, Italia, Canadá y China, y también Chile, Brasil y Venezuela, han estado invirtiendo en un sistema económico “socialista” que es ya hace tiempo mixto.

Todo esto huele mal para las empresas norteamericanas y para la mayor parte de los cerca de 800 mil cubanos emigrados a EEUU. La apuesta pertinaz en el desplome del régimen les puede salir cara, con o sin Fidel, al ubicarse en abierta contradicción con las empresas extranjeras, inmaculadamente capitalistas, que han adquirido intereses en la isla.

Más aún, para los miles que en EEUU han invertido comprando terrenos y propiedades inmobiliarias “a futuro”, esa apuesta los ubica en abierta contradicción con los futuros “liberados”, que ahora temen ser expulsados de sus casas y reducidos a ciudadanos de segunda categoría por parte de sus primos “mayameros”.

La intervención de los militares en la economía y las empresas mixtas son un invento de China y Vietnam, que iniciaron reformas económicas en los años ’80, creando un concepto más bien controvertido: economía socialista de mercado. La primera gran reforma de Vietnam fue precisamente la agrícola, que convirtió a ese país de importador neto de alimentos en uno de los primeros exportadores mundiales de arroz en menos de diez años.

Cuba no ha seguido totalmente el camino de China y Vietnam, tal vez porque en esos dos países los partidos comunistas siguen en el poder, pero una gran masa de personas, la mayoría quizás, quedó a marced de la economía informal, de la explotación de empresas transnacionales, de la corrupción de funcionarios medios y sin acceso asegurado a los únicos dos tesoros que nadie en el planeta desconoce a la isla: sus sistemas de salud y educación.

LA OPOSICIÓN

El congresista cubano-norteamericano Lincoln Díaz-Balart, heredero de una irreprochable dinastía anticastrista, pidió esta semana a los militares cubanos que “no disparen” contra el pueblo, que obviamente él esperaba se desbordase por las calles.

¿Por qué haría Díaz-Balart esta petición? Que se sepa, nunca los militares han disparado contra manifestaciones en Cuba. En la única ola de protestas callejeras que se conoce, en 1994, las FAR se quedaron en sus cuarteles, aprendiendo la lección. El propósito parece, más bien, darles algunas ideas.

Nadie sabe, sin embargo, si las autoridades cubanas esperaban o temían lo mismo. El hecho es que se suspendieron las celebraciones del carnaval, los reservistas salieron a las calles y fueron acuarteladas las tropas de las FAR y del Ministerio del Interior. Tambén los CDR, los Comités de Defensa de la Revolución, fueron puestos en alerta, en especial aquellos que observan las salidas de balseros (“mirando al mar”), en prevención de una posible ola de fugas hacia Miami, o de barcos desde Miami hacia Cuba.

Pero no hubo manifestaciones, sino inquietud con calma, lo que produjo a su vez inquietud con alarma en Miami. Los periodistas internacionales se precipitaron a La Habana, pero fueron rechazados por falta de una visa especial. En EEUU, los diarios informaron de este asunto, pero omitiendo un detalle: también la inmigración norteamericana rechaza a periodistas sin la visa específica.

En una columna publicada ayer en “El Nuevo Herald” de Miami, Ernesto Betancourt, ex director de Radio Martí, una estación establecida por el Gobierno de EEUU y dedicada exclusivamente a Cuba, dice: “Los militares cubanos tienen un papel central que jugar en la transición. Ellos son los únicos que pueden garantizar el orden. Sin orden no hay turismo y, hoy por hoy, esa es la fuente principal de ingreso de divisas para Cuba”.

La escritora cubana Zoé Valdés, radicada en París, ganadora del Premio Planeta y furibunda anticastrista, dijo esta semana que “Cuba lleva mucho tiempo esperando que Estados Unidos le invada, y creo que los países extranjeros tienen que tender una mano a las Fuerzas Armadas de Cuba y decirles que si quieren la democracia les pueden ayudar”.

EL ATAJO

Este tipo de búsqueda de solución rápida ha sido la constante de la oposición cubana desde el inicio de la revolución y la esperanza de una invasión norteamericana, hasta hoy su principal objetivo.

Al principio parecía fácil: bastaba sacar a patadas al grupo de barbudos que dirígía el país, y por eso se lanzó la operación de Bahía de Cochinos, en 1961, organizada por la CIA desde bases en Nicaragua, que culminó en un bochorno internacional para el Gobierno del Presidente John Kennedy.

No sólo fue un bochorno. También radicalizó la revolución, que Fidel declaró entonces socialista y en abierta alianza con la Unión Soviética, inaugurando un matrimonio que fue a la vez de bendición y condena, como el propio Castro reconoció más tarde.

Inhabilitados internamente, a los opositores no les tocó entonces más que conspirar, en su propio matrimonio indisoluble con EEUU. El asesinato de Fidel se convirtió, por muchos años, en la única vía para retomar el control de Cuba, en la hipótesis, hasta ahora jamás probada, de que sin Fidel no hay revolución.

Fabián Escalante, ex jefe de la contrainteligencia cubana, dice en un libro reciente que se conocen 638 complots para asesinar al líder.

Los atentados cambiaron para siempre la vida de Fidel Castro: dejó de salir a hablar con la gente manejando su jeep ruso a cualquier hora del día y de la noche.

Curiosamente, pese al odio que genera entre sus opositores y su irreductible juramento de combatirlo hasta la muerte, aún no ha aparecido ninguno dispuesto a suicidarse para conseguir el objetivo.

Dentro de Cuba funciona hace años una “oposición moderada”, encabezada por personas que no necesariamente saldrían a la calle a darle la bienvenida a los marines norteamericanos. Uno de ellos es un ex comandante de la revolución, Eloy Gutiérrez Menoyo, quien pasó 20 años en prisión, salió al exilio y luego regresó a Cuba.

Su propuesta es interesante: “El socialismo del nuevo siglo, el que plantea Chávez [Presidente de Venezuela], requiere una democratización” y, a pesar de tener una imagen “dura”, Raúl “es más objetivo en ese aspecto” que su hermano Fidel, dijo a la prensa.

La alianza de Venezuela con Cuba “vuelve loca a la gente de Bush”, dijo Wayne Smith, un ex diplomático de Estados Unidos en La Habana.

En un contraste singular, el vocero del Departamento de Estado norteamericano dijo el 1 de agosto que Washington jugaría “un papel activo en la dirección de los acontecimientos en la isla”, según el “New York Times”. El mismo día, el secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez (cubano-norteamericano), advirtió que Venezuela no debería intervenir en los asuntos internos de Cuba.

Venezuela, que proporciona unos 100 mil barriles diarios de petróleo a Cuba en condiciones ventajosas, contrata unos 20 mil médicos anuales para sus misiones de salud. Proyecta reconstruir una refinería petrolera y compra una variedad de bienes y servicios. Chávez está en una inmejorable posición para influir en el desarrollo de los acontecimientos, pero en dirección opuesta a la que querría EEUU.

Si Gutiérrez Menoyo tiene razón, entonces se podría abrir la caja de Pandora de la libertad de expresión: Chávez, en Venezuela, ha conseguido ganar ocho elecciones desde 1998 sin coartar la libertad de prensa.

A las asertivas declaraciones iniciales, Washington agregó cautela el fin de semana, con Bush y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, exhortando a los cubanos a “luchar por la democracia”, pero prometiendo no invadir (un supuesto negado, de todos modos, vista la situación mundial).

Desde hace más de diez años que los cubanos deben soportar la misma pregunta majadera: ¿qué pasará con Cuba después de Fidel? Y la respuesta, si es sincera, desinteresada y bien informada, es un leve movimiento de los hombros.

Pero el tema dejó de ser tabú hace mucho tiempo. El propio Castro dijo el año pasado a Ignacio Ramonet, director de “Le Monde diplomatique”: “Tenemos medidas tomadas y medidas previstas para que no haya sorpresas. (...) Que nuestros enemigos no se hagan ilusiones; yo muero mañana y mi influencia puede crecer”.

La revolución, frente al espejo, deberá decidir ahora, en las semanas que vienen, si merece o no la “R” mayúscula, si se puede recrear a sí misma, o si no ha sido otra cosa que el empeño utópico de un patriarca empecinado, para quien la única palabra que vale, y repite sin cansarse, es “dignidad”. LND

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