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Centros Chilenos en el Exterior

Asesinato político en democracia

Enviado por  Pedro AlejandroMata p.matta@vtr.net 
15 de Octubre de 2007

Por  José Miguel Varas

Este 15 de octubre se cumplen quince años del asesinato impune de René Largo Farías. Quince años de investigaciones policiales y judiciales sólo han producido nubes de humo, una acumulación de expedientes estériles. Ningún avance hacia el esclarecimiento de la verdad y la identificación de los hechores. Hubo un solo inculpado, hoy condenado a 10 años de prisión. No ha sido detenido, ni siquiera ha sido notificado de la sentencia.

Al azar, en la ventanilla de un banco, en un consultorio médico, en una farmacia o en una librería, cuando Iris, la hermana de René, escribe o menciona sus apellidos, surge casi siempre la evocación de aquel hombre obstinado en la difusión de la canción popular chilena y en el sueño de que Chile fuera capaz de reír y cantar. Son muchos los que recuerdan su voz, sus programas radiales, sus peñas. Y luego, la reflexión y las preguntas: “Es increíble que todavía no se sepa quiénes lo mataron… ¿Por qué no se aclara este crimen? ¡Cómo lo han tapado! Ahora que se van sabiendo tantos casos, ¿por qué no dicen quién mató a Largo Farías?”

Algunos lo dicen claramente, otros lo insinúan. En un amplio sector de opinión existe la convencimiento de que éste fue un asesinato político, similar por sus características y por sus autores, a muchos cometidos bajo la dictadura. La misma convicción ha ido cristalizando entre periodistas de diversos medios de comunicación que han seguido el caso y entre abogados vinculados a la defensa de los derechos humanos.

Desde el primer momento, surgieron elementos que indicaban el propósito de encubrir la acción de agentes del Estado. La versión de Carabineros indica que en las primeras horas del domingo 11 de octubre de 1992 fue encontrado en la Avenida Lo Cañas de La Florida un hombre en estado agónico. Como “NN” fue ingresado al Servicio de Urgencia del Hospital Sótero del Río. Sólo fue idenificado 48 horas más tarde. Su muerte se produjo después de cuatro días de agonía, el 15 de octubre. Había sido ferozmente golpeado en el cráneo con una porra, un laque u otro objeto contundente. Su cuerpo mostraba señales de violencia, entre otras, varias costillas quebradas.

El mismo día de su muerte, con sorprendente celeridad, la Dirección de Inteligencia Policial de Carabineros dijo que el caso estaba “aclarado”. El entonces General Director Rodolfo Stange dijo que la investigación había llegado a un “¡feliz término!”. La primera versión policial fue que había sido agredido por un grupo de delincuentes. Después se atribuyó el homicidio a un solo individuo, Luis Bahamondes Allende, y se afirmó que, al ser interrogado por Carabineros éste había confesado, en una declaración firmada, ser el autor del crimen.

En la cárcel, Bahamondes afirmó que fue torturado por los policías y que no pudo leer el texto de la confesión que se le atribuye porque es analfabeto.

Hasta hoy no se han aclarado las versiones contradictorias de Carabineros respecto del lugar donde fue encontrado el cuerpo, sobre qué vehículo fue empleado y sobre qué miembros del cuerpo participaron. Nunca se explicó la desaparición en la comisaría respectiva de La Florida, de una hoja del libro de control del movimiento de vehículos, correspondiente a la noche del 11 al 12 de octubre.

Cuando familiares del folclorista lograron más tarde entrevistarse con el general Fernando Cordero, quien había pasado a ser el jefe de la institución policial, éste prometió un sumario interno para esclarecer los hechos. Se sostuvo más tarde que el sumario fue realizado, pero nunca se conocieron sus resultados. En la Comisaría de La Florida que tuvo directa relación con el caso prácticamente todo el personal fue llamado a retiro o destinado a otras unidades. Algunos renunciaron. Ninguno fue interrogado.

La lista de las anomalías del proceso es larga. Debería ser materia de una amplia investigación periodística. En esta nota, sólo quiero proponer alguna reflexión.

La desaparición violenta de René Largo Farías no fue, a juicio de su familia, de sus amigos y de numerosos folcloristas, un hecho policial fortuito. Y esta presunción aparece confirmada por las irregularidades del proceso, ya señaladas.

¿Quiénes, entonces, lo mataron y por qué? El crimen y el sucesivo encubrimiento de las circunstancias que lo rodearon se explican si se toma en cuenta la profunda significación de su personalidad, su trayectoria y su vida. Chileno provinciano y popular de izquierda, quiso desde muy joven, contra viento y marea, realizar el sueño de una sociedad más justa, abierta y generosa para todos sus hijos, basada en tradiciones y valores auténticos. Lo persiguió con la empresa quijotesca de su Peña “Chile ríe y canta” que abrió su escenario a la promoción de los nuevos brotes y expresiones del canto popular y al rescate del folclor tradicional, sepultado por el olvido, la indiferencia, la comercialización banal y la colonización mental.

Durante el gobierno de Salvador Allende fue Jefe de Radio de la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República. Una de sus iniciativas fue establecer determinados porcentajes de música de autores nacionales en la programación de las radioemisoras del país.

Pasó diez años en el exilio, en México, donde desarrolló su tarea de siempre, la difusión de la música chilena y también de la música popular mexicana a través de la radio y e diversos escenarios. Al mismo tiempo fue un participante activo y permanente de las tareas de la solidaridad con el pueblo de Chile y en la denuncia de la dictadura militar.

Su regreso a Chile en 1984 fue toda una odisea. Dos veces se le impidió el ingreso al país. A la tercera logró, con su empecinada tenacidad, que se le permitiera entrar, pero fue detenido de inmediato y relegado por varios meses a la lejana localidad de Cochrane en la región de Aysén. Siempre dio la cara. Abrió su nueva peña “Chile Ríe y Canta” en 1985, el año de los degollamientos. La casona de San Isidro 266 fue una vez más el espacio abierto para los creadores y cultores de la nueva canción así como del canto y la danza tradicionales. Y fue también una tribuna y un refugio para todos los demócratas y para las víctimas de la dictadura.

Alguna vez dijo que nunca fue o se sintió político. Sólo tengo, dijo en una ocasión, “una cierta capacidad para luchar contra la injusticia”. Manera modesta de definir una concepción de la vida que lo llevó a sacrificarlo todo por un sueño de justicia social y por principios éticos.

Al finalizar la dictadura y abrirse paso la muy imperfecta democracia que nos rige, los medios de difusión oficiales y privados siguieron cerrados para él. Siguió adelante pese a todo, hasta aquella noche en que desconocidos lo atacaron no lejos de su domicilio y lo dejaron agonizante en el camino.

¿Quiénes podían tener motivos para dar muerte a un hombre así? Hay una respuesta obvia: a aquellos individuos y grupos llenos de rencor y de odio, identificados con la dictadura que aun intentaba persistir. Había fuerzas interesadas en poner fin a una vida como la suya, tan luminosa y generosa.

En este proceso chileno de penosa transición, que parece no terminar nunca, esas fuerzas y esos grupos existían y existen.

Recordar su vida y su muerte, al cumplirse 15 años del asesinato, no es simple evocación ni homenaje póstumo. Tiene el sentido de una acción de lucha por la justicia y por la democracia de verdad.

José Miguel Varas, escritor.

Premio Nacional de Literatura 2006.

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