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Honores, ¡¿a quién?!

Honores, ¡¿a quién?!

Escape libre

…No sea cosa de que cuando el caballero finalmente muera, tengamos de un lado a un destacamento castrense vestido de gala y por otro a una muchedumbre volcada a las calles bailando como si se hubiese restaurado el carnaval.…

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Rafael Cavada

El 30 de septiembre de 2004, el Ejército de Chile rindió por primera vez los honores militares al general y ex comandante en jefe de la institución Carlos Prats, asesinado 30 años antes en Buenos Aires en un atentado terrorista junto a su esposa, Sofía Cuthbert. La bomba que hizo estallar el auto donde iban ambos fue colocada por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional, organismo que dependía de Manuel Contreras y, por tanto, de su superior directo, el general Augusto Pinochet.

Y ahora, resulta que el general Óscar Izurieta postula que corresponde rendir honores militares al general Pinochet cuando éste fallezca. Pasemos por alto la discusión de si es conveniente o no que Izurieta se pronuncie sobre el tema antes de que lo haga el poder político. Evidentemente, el solemne tirón de orejas que le dio la ministra de Defensa, Vivianne Blanlot, zanjó el asunto. Parece evidente que el comandante en jefe no ha salido a terreno últimamente y no ha visto lo inusual que resulta ver a un militar de alta graduación sosteniendo la cartera de la ministra mientras ésta pasa revista a las tropas. Pero mucho más extraño resulta ver a un general olvidándose de su subordinación y arrancándose por los tarros. Y no creo que sea porque Izurieta se quiera escapar con los tarros. Simplemente no ha entendido bien los cambios que se han producido en los últimos años, en los últimos quince años.

Ya no resulta eso de decir “nosotros nos mandamos solos”, ni de andar haciendo boinazos ni ejercicios de enlace truchos para presionar al Gobierno y que se termine una investigación por fraude, por meter las manos. El ex comandante en jefe es hoy un señor acusado en numerosas causas de asesinatos, torturas y violaciones de los derechos humanos. Y además todavía no logra explicarnos de dónde sacó esos 27 millones de dólares que lo acercan más a la figura de un dictador africano que a la impronta de los padres de la patria.

La proposición no fue respaldada ni siquiera por los traidores que hace diez años iban a soplarle las velitas de cumpleaños y que hoy le dan la espalda. Y es que ellos sí se han dado cuenta de que las cosas han cambiado. Ahora ya no se puede argüir, por ejemplo, que eso es lo que corresponde hacer por protocolo. El protocolo es forma y la decisión de a quién se honra es fondo. Y el fondo lo deciden aquellos que han sido elegidos por la manga de picantes que cada cuatro años vamos a votar a las urnas. Y si hace dos años se decidió rendirle honores al general Prats, fue porque se le debían. Porque la falta del hombre fue obedecer la Constitución y, llegado el caso, renunciar. No está de más recordar que su sucesor y recomendado derrocó al Gobierno 19 días después.

A Pinochet aún se le debe. Pero se le debe una larga lista de juicios que él se ha encargado de evadir a punta de maniobras poco heroicas.

Mientras eso no suceda, decir que hay que rendirle honores equivale a menospreciar a la justicia, a las víctimas y al sentimiento de justicia que una nación necesita para converger en un proyecto de futuro. Por otra parte, y ya que esto del plebiscito para terminar con el binominal ha puesto de moda aquello de la voluntad popular por sobre las decisiones de la almidonada clase política, habría que ver qué opina la civilidad sobre el temita.

No sea cosa de que después, cuando el caballero finalmente muera, tengamos de un lado a un destacamento castrense vestido de gala y por otro a una muchedumbre volcada a las calles bailando como si se hubiese restaurado el carnaval. Los civiles tienen mil maneras curiosas de tomarse venganza o, al menos, de emparejar las cuentas.

Conozco a más de uno que tiene guardadas un par de botellas de Carretillero del Diablo, un mosto espeso cuya etiqueta muestra al ex dictador en una carretilla rumbo a su última morada. Y no les puedo reprochar nada. A fin de cuentas, yo no estuve preso en Pisagua ni vi cómo se llevaban a mis compañeros de celda para un juicio del que salieron directo a un paredón de fusilamiento, cuando no a un infame asesinato disfrazado de ley de fuga o de liberación. Y cuando la propuesta es rendirle honores al hombre que comandaba a los asesinos, francamente me parece una desvergüenza. Me pregunto qué habría pensado el general Carlos Prats de la propuesta del general Izurieta. LND

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