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Centros Chilenos en el Exterior

Valentina Palma Novoa, de nacionalidad chilena

Valentina Palma Novoa, de nacionalidad chilena y radicada en México desde hace varios años, trabajó como mi asistente durante el rodaje de una película llamada Sin dejar huella. En ese entonces ella estaba terminando sus estudios de antropología social en la ENAH, y desempeñó un buen trabajo haciendo las conexiones con la gente en los lugares por los que fuimos filmando (desde Cd. Juárez hasta Quintana Roo) ya que fue una película itinerante (un road movie ).

A partir de esa experiencia Valentina decidió que quería formarse como cineasta y presentó su examen de admisión al Centro de Capacitación Cinematográfica en el 2001. Cerca de 400 jóvenes presentaron su examen de admisión, y Valentina fue uno de los 15 aceptados. Desde entonces ha seguido sus estudios en ese centro y yo la he tenido como alumna regular. He asesorado algunos de sus cortometrajes, como el ejercicio de Ficción 2, en el tercer año de la carrera (una historia original y divertida sobre la vida de varios personajes entrañables que tienen como rasgo en común ser jóvenes estudiantes extranjeros viviendo en el DF).  Como trabajo de cuarto año en el CCC, Valentina está terminando un documental para el cual, además del apoyo de la escuela, contó con una beca del FONDART de Chile. Grabó cerca de 40 horas en video y durante los meses recientes ha estado inmersa en el complejo proceso de edición que hace funcionar el material grabado en un documental. En varios momentos  me consultó, me presentó sus ideas y traté de ayudarla.

La última vez que me reuní con ella fue el martes 2 de mayo. Seguía grabando imágenes. Yo le recomendé que no descuidara la edición por seguir grabando, ya que tenía cercana la fecha de entrega en el CCC. Aparte de esa fecha límite, Valentina me comentó que también tenía una fecha acordada con el FONDART chileno que la becó, y que era para el mes de septiembre. 

Dos días después, el día  4 de mayo, por la mañana, recibí la llamada de una familiar suya que radica en México, Mónica Fernández, pidiendo mi ayuda ya que Valentina estaba desaparecida desde la noche anterior cuando había estado grabando imágenes documentales con su cámara  en San Salvador Atenco, el día de los tristes acontecimientos que ya todos conocemos. No contestaba su celular, no respondía los mensajes, no había llegado a su casa ni se había comunicado con la compañera de la escuelo con quien comparte un departamento. 

Me uní a la búsqueda de Valentina con su familiar,  con Berenice Ubeda (su compañera  de casa y de la escuela), y con algunos más. No aparecía en las listas de detenidos, ni el los hospitales ni nada. Por fin, la noche del día 4 tuvimos la información de que su nombre estaba en una lista de detenidos que habían sido trasladados al centro de readapatación social de Santiaguito (no sé si es el nombre exacto) pero que todos conocen como “Almoloyita”  por su cercanía a Almoloya (o La Palma) el penal de alta seguridad de Edo de México. Recogimos su documentación migratoria  y escolar y fuimos para allá. Llegamos pasada la medianoche y ya las oficinas del penal estaban cerradas: la abogada se había ido y no podíamos tener información ni presentar sus papeles  (que acreditaban que la condición migratoria de Valentina estaba en orden y que había solicitado la renovación de su FM3 el  día 7 de abril). Nos recomendaron que estuviéramos ahí de nuevo a la mañana siguiente, como a las 7,  pues iban a llevar a los cerca de 200 detenidos a un juzgado de Toluca y de ahí serían probablemente trasladados a diferentes centros penitenciarios. 

Nos quedamos ahí, un poco desconcertados. Había un redondel alrededor de un árbol en el que nos sentamos, mientras pensábamos qué hacer. Hacía mucho frío. Podíamos ver el patio a través de las rejas del centro penitenciario. Al fondo, en una escalera abierta alcanzamos a ver que empezaban a  bajar varias personas, sobre todo mujeres, formadas en una fila y flanqueadas por policías. Los enfilaban hacia una camioneta de puertas abiertas estacionada en el patio. Uno de nosotros gritó el nombre de Valentina y ella nos respondió. Empezamos todos a llamarla, y ella se desprendió del grupo y corrió hacia las rejas donde estábamos. Me dijo que estaba bien cuando le pregunté, pero a  mí me impresionó ver su rostro ojeroso, y temblaba de frío, así que le pasé el saco que yo llevaba puesto. También le pasamos en un sobre parte de su documentación migratoria y escolar, ya que no había oficinas abiertas ni guardia que nos la pudiera reciibir y se nos ocurrió que tal vez la necesitara. Dos policías la regresaron con las demás a la camioneta. Nos dijeron que estaban llevando a todos  los extranjeros que estaban detenidos ahí porque no correspondía que estuvieran en ese penal, y que siguiéramos la camioneta si queríamos enterarnos de adónde los llevaban. No vimos con certeza cuantos eran porque estaban lejos y la noche era oscura, pero sí vimos que subieron a Valentina.

Esperamos, sentados en nuestros coches para seguir la camioneta cuando saliera. Después de un tiempo, las rejas se abrieron y la camioneta salió, en un convoy que en ese momento era de 3 vehículos: una  patrulla de la policía estatal, con torreta, la camioneta blanca cerrada en la que subieron a Valentina, y una pickup abierta,  con torreta también, y de la policía estatal. Alcancé a escuchar que alguien dio la orden de que no llevaran las luces de las torretas encendidas, y efectivamente las apagaron en el camino. Los fuimos siguiendo hasta la ciudad de Toluca, por el centro (según me pareció), y llegamos a un edificio antiguo, de una planta y color entre azul y morado con un letrero que decía que era el Instituto de la Juventud y otro que decía que era un centro regional migratorio, o algo así. Al llegar se abrió un portón y entró solamente la camioneta. Llamamos a Valentina para que ella escuchara que seguíamos ahí, acompañándolos. Hasta ese momento no sabíamos quienes eran los que iban con ella. Alguien mencionó que eran 5, 4 mujeres y un varón, todos jóvenes.

Esperamos no sé cuanto, tal vez una hora o más, pidiendo informacióin y que nos dejaran ver a Valentina. Por fin autorizaron el paso de Mónica, la familiar de Valentina, pero cuando salió  nos dijo que no la había visto, que sólo había hablado con una oficial de migración que le dijo que serían trasladados al centro de detención migratoria de Iztapalapa en el DF.  Esperamos un tiempo más, y cuando nuevamente salió la camioneta  se armó el convoy de nuevo, esta vez guiado por un automóvil en el que se subió la oficial de migración, de cabello rubio y largo, y otro hombre. Arrancamos detrás del convoy, que se detuvo en la gasolinera antes de tomar la carretera de cuota  a México. Iban muy rápido, tanto en la carretera y como al llegar a la ciudad, y se pasaban luces en rojo de semáforos y daban vueltas abruptas, no sé si intentando deshacerse de nosotros o porque así es su rutina. A pesar de todo, llegamos junto con ellos al centro de detención nombrado “Las Agujas” (la calle en la que está se llama así), nos bajamos rápidamente, y una vez más pudimos ver a lo lejos cómo descendían los jóvenes de la camioneta y los metían a unas oficinas. De nuevo llamamos a Valentina, para cerciorarnos que iba entre ellos, y no nos respondió, pero alcanzamos a verla. Unos minutos después pudimos verla nuevamente por el ventanal de una oficina iluminada, hablaban con un uniformado. Valentina en algún momento alcanzó a vernos y eso nos tranquilizó. Pensábamos que sería importante para ella saber que ahí estábamos y estaríamos, adonde quiera que la llevaran. Después de una hora  o así, cuando ya estaba por amanecer, pude ver cómo Valentina se recostó en un sillón y al parecer se quedó dormida. Estaba arropada con mi saco que pude darle a través de las rejas del penal de Santiaguito, horas antes. 

Algunos se quedaron metidos en los carros, afura de las rejas, porque un abogado nos recomendó que no perdiéramos de vista dónde estaba en todo momento. Nos dijeron que podían subirla en un camión y llevarla al aeropuerto para su expulsión en cualquier descuido y que teníamos que acelerar el proceso de aclarar su situación migratoria, un amparo, etc. para que eso no ocurriera.

Yo me fui a mi casa, a darme un baño y cambiarme de ropa. También había pasado mucho frío al quedarme sin saco, y estaba entumida. Localicé un abogado con experiencia en cuestones migratorias, , me asesoró por teléfono respecto a los papeles que había que reunir y conseguir, y fui a la escuela, el CCC, donde la Directora, Angeles Castro, redactó la carta oficial en la que se explica que Valentina es alumna regular del CCC desde el 2001. Se reunieron muchos maestros y alumnos de la escuela, para recabar firmas y ayudar en lo que se necesitara. Llevé la carta de la escuela de regreso a “Las Agujas”. Estaba ahí una abogada de la organización Sin Fronteras (Elba Coria), tratando de hacerse cargo de la situación de los 5 detenidos. Hablamos un poco de si era conveniente manejar el caso de Valentina junto con los de los otros jóvenes, en el sentido de que ni los conocíamos ni pensábamos que sus situaciones migratorias fueran las mismas. Ahí me fui enterando que además de Valentina estaban dos chicas catalanas, una alemana  y un estudiante de la ENAH también de nacionalidad chilena. Me consiguieron los datos del cónsul chileno, José Cataldo, con quien hablé en varias ocasiones por teléfono durante el día, para tenerlo al tanto de lo que fuera sucediendo ahí en el centro de detención y pedirle que a su vez nos mantuviera al tanto de todo lo que él supiera. Estuvimos el resto del  día afuera del centro de detención, ahí en plena calle, ya que los viernes no son días de visita y no nos dejaron pasar, ni entregar la documentación que llevábamos. Pedí el número del teléfono de ese lugar, porque en Toluca nos habían dicho que por teléfono podríamos comunicarnos con Valentina una vez que ella estuviera ingresada ahí en Las Agujas. El policía de la entrada me dijo, con grosería, que ese teléfono “lo pidiera  en Toluca”.  Mónica fue a las oficinas de migración, entiendo que en Polanco, pero por ser día festivo (5 de mayo) no fue atendida por nadie (ni había guardias como nos dijeron que debía de ser), asi que se regresó. El abogado que me asesoraba por teléfono me dijo que él ya había estado temprano por la mañana en Las Agujas,  intentando obtener información concreta de la situación de Valentina, y que había encontrado un ambiente “inusualmente hermético” y que nadie decía nada. Que temía que no podrían hacerse las averiguaciones y procedimientos legales correspondientes sino hasta el lunes, y que había que esperar a que el asunto, que se había  politizado, se calmara. Pero que no me preocupara porque la situación de Valentina se podía aclarar perfectamente bien. Que llevando el asunto con puntualidad y apego a la ley las cosas se tenían que resolver favorablemente. Le expresé mi temor de que la deportaran o expulsaran de un momento a otro y él me explicó que eso no podía ocurrir, que su integridad física estaba garantizada en ese centro de detención y que no podían expulsarla así nada más porque legalmente tenía que llevarse a cabo un proceso establecido. El cónsul chileno  me dijo algo similar, y también que él estaría al pendiente del asunto, aunque nunca se paró por ahí ni envió  a nadie ni ayudó en nada. Pegaba un sol muy fuerte y fue un día largo y pesado. Estábamos sin dormir y tal vez no recuerdo con exactitud el orden en que las cosas se fueron dando, pero básicamente estuve resolviendo lo que pude por teléfono: los asuntos relacionados con el CCC, las orientaciones del abogado (que recomendó que avísáramos en migración que Valentina  estaba detenida, y que por eso no había recogido su renovación del FM3 ya que con la fecha del día 7 de abril tenía un mes de plazo para recogerlp y ese plazo se vencía en un par de días días). Pero como digo, nadie en ninguna oficina nos atendía ni recibía nada, al parecer por ser 5 de mayo, día feriado. También recibimos opiniones sobre si convenía sacar el amparo para Valentina, o no. Por ejemplo, el abogado decía que la situación migratoria de Valentina estaba en orden y que esa era su verdadera  protección legal, porque además lo que estaba haciendo era grabar con su cámara. Finalmente Mónica, la familiar de Valentina, se decidió por el amparo y se fue con una abogada a tramitarlo. Berenice y yo seguimos paradas ahí afuera, en todo momento. Por ahí llegaron algunos más de sus compañeros del CCC, había también algunos muchachos estudiantes de la ENAH y al parecer hubo una visita del consulado de España por el asunto de las dos detenidas de esa nacionalidad. Nos dijeron que ya estaba decidido que esa misma noche ellas dos sí serían deportadas (o expulsadas, no sé cual sea el término preciso). En algún momento se abrieron las rejas y sacaron en un vehículo a la joven alemana. En otro momento sacaron al muchacho chileno. Llamé inmediatamente al cónsul y me dijo que precisamente lo llevaban al propio consulado, a  petición de él mismo, para expedirle alguna documentación que le faltaba. Le pregunté si él no visitaría a los detenidos chilenos (como hicieron los  del consulado español) y me dijo que él se mantenía al tanto por  teléfono. Unas horas más tarde regresaron al joven estudiante chileno. En un momento dado salió una mujer oficial de migración que preguntó por Berenice y dijo que ella podía pasar a ver a Valentina, por unos minutos. Yo estaba junto a Berenice y pregunté si podría pasar yo también. Me dijo que no, pero preguntó si yo era algún familiar. Le expliqué que estaba ahí por ser maestra de Valentina en la escuela de cine, y porque me sentía de alguna manera responsable al ser su asesora en su trabajo como documentalista. Tomó mis datos y recibió la documentación de la escuela que nadie más había querido recibir. Pero no me dejó pasar.

Le informé por teléfono a Mónica (que estaba en lo del amparo) que por fin  alguien iba a poder ver a Valentina directamente y ella se alegró. Comentamos que seguramente era un buen indicio y que las cosas irían racionalizándose a partir de ese momento. Cuando salió Berenice (no estuvo mucho tiempo adentro) estaba visiblemente conmovida, nos dijo que Valentina estaba haciendo su declaración a unas mujeres de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH)  ya que había sido golpeada y molestada sexualmente, amenazada de varias maneras, y que le habían robado su cámara y su celular (entiendo que en el momento de su detención). Nos preocupamos por su bienestar y comentamos que seguramente todo iba a mejorar a partir de ahí, que se estaba aclarando el panorama, que era importante que ella ya sabía que seguíamos ahí y que hubieran tomado su declaración los de la CNDH. También que ya estaba por salir su amparo. Telefoneé de nuevo a Mónica para ponerla al tanto, y en  eso se abrió la reja nuevamente y salieron dos automóviles a muy alta velocidad. que incluso estuvieron a punto de atropellar a algunos. Valentina nos gritó desde uno de los coches que se alejaban. Yo la escuché pero no la alcancé a ver, pero dijeron quienes sí alcanzaron a ver que iban dos chicas con ella. Nos subimos a nuestros vehículos pero fue imposible alcanzar el auto que tomó el periférico a más de 140 kmph de velocidad.Preocupada por la situación sorpresiva (de algo que tanto el abogado como el cónsul nos habían dicho que no podía ocurrir, porque no era legal) telefoneamos al cónsul. No lo hice directamente porque iba al volante, pero lo hizo alguien más en mi carro. El cónsul dijo que no era posible, que no podían estarla llevando al aeropuerto, que eso no correspondía. Pero si no la llevaban al aeropuerto entonces a dónde la llevaban. Pensé que si ya sabíamos que las dos chicas de nacionalidad española iban a ser deportadas esa misma noche, que Valentina fuera en el mismo auto era, posiblemente, para llevarla también al aeropuerto.

El cónsul quedó de averiguar, parecía sorprendido, pero ahí se acabó la batería de mi celular y no pude llamar de nuevo para confirmar nada.Regresamos a Las Agujas y ahí nos dimos cuenta de que en ninguno de nuestros vehículos (3)  pudimos alcanzar el auto en que se llevaron a Valentina . Los muchachos decidieron irse directamente  para el aeropuerto y yo decidí regresar a mi casa para poder hacer llamadas y averiguaciones, con varias personas que me habían estado ayudando.Me puse a llorar un rato: no sé si  por la preocupación o por el cansancio.  Sentía, literalmente, como un agujero en medio del pecho. Una enorme sensación de impotencia. Hice todas las llamadas que pude. Mucha gente solidaria intentó ayudar, averiguar, buscar contactos y orientación legal, detener lo que estaba sucediendo contra toda lógica y razón. Muchos hilos se movieron. Por todos lados recibimos un rotundo no. No había nada qué hacer. Era una decisión tomada, dijo uno. Nadie pudo ver a Valentina  antes de que la subieran al avión de Lanchile que finalmente llegó a Santiago a las 8 de la mañana del sábado 6, confirmando por fin que sí la habían expulsado del país, ilegalmente.

No se respetó el amparo que tenía. Dijeron que porque Valentina había salido del país a las 6:30 de la tarde, lo cual  es mentira ya que salió del país en un vuelo de las 11 pm, como es fácil comprobar. Viajó solamente con lo que traía encima, con mi saco puesto, sin la finalización de su carrera de cine en el CCC, sin los materiales de su documental y sin la cámara que con tanto esfuerzo había logrado adquirir (y que la policía le robó). Sin su computadora, sin sus libros y cuadernos, sin su ropa. Lastimada física y moralmente, vulnerada, atropellada  en sus derechos más  elementales. Una buena alumna, una documentalista valiente. Que tuvo  la “mala suerte” de “estar en el lugar equivocado en el momento equivocado” me dijo alguno. ¿Ese lugar equivocado es México en este momento? ¿Tengo que volver a llorar de dolor y de impotencia como lloré después del jueves de corpus en el ‘71, hace 35 años? ¿Cómo regreso a  dar  mi clase con mis alumnos de cine, a  decirles que tomen sus cámaras, que registren el mundo que los rodea, que conozcan el país en el que viven? Que se asombren con su diversidad, sus habitantes y sus historias.  Que encuentren su manera propia y única de contarlo todo en la pantalla, para  presentarlo ante la mirada de los demás. ¿Cómo me quito este sensación de ser de alguna manera responsable por lo que le sucedió a mi alumna Valentina Palma? ¿Qué hago con la vergüenza que me da en este momento mi propio país, con esto y con todo lo que está pasando?No sé qué respuesta dar a todas estas preguntas.   

Atentamente,                           María Novaro 

 

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