Centros Chilenos en el Exterior |
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CLAVES DEL INACABABLE CONFLICTO DE DOS SOCIEDADES SOBRE UN MISMO TERRITORIO La huelga de hambre es el punto de quiebre de un dilema no resuelto en cinco siglos y que difícilmente -opinan antropólogos y académicos-, lo será si un Estado moderno no reconoce constitucionalmente a los mapuches, y, más aún, como actor político. Pero esa responsabilidad también recae sobre el disperso y segmentado movimiento indígena. Si el Estado quiere negociar políticamente, ¿con quién negocia? “La forma en que han actuado los tribunales de justicia -añade Bengoa-, revela la cantidad de estereotipos, prepotencia y discriminación. El ejecutivo dice que el problema es judicial, pero ¿cuándo dejará de serlo? ¿cuando ocurra una desgracia? Todo esto es producto de la falta de capacidad de establecer diálogos sociales y políticos, de negar la existencia del fenómeno. En quince años no se ha reconocido constitucionalmente a los pueblos indígenas ni se ha ratificado la Convención 169 de la OIT. Esto debe tratarse como tema político”. La encrucijada expuesta por la huelga de hambre que tres comuneros mapuches y una activista sostienen hace dos meses en Temuco, supone un punto de quiebre en la relación entre Estado chileno y pueblo mapuche. “Su buena o mala solución marcará al Gobierno de Bachelet, que no es uno cualquiera, sino el del bicentenario. La oportunidad de establecer un nuevo pacto es histórica”, argumenta Víctor Toledo Llancaqueo, historiador y director del Centro de Políticas Públicas y Derechos Indígenas de la Universidad Arcis. En juego están dos mundos abiertamente desbalanceados desde la óptica del poder, dos sociedades que se reconocen distintas una de la otra y que, sin embargo, ponen sus pies sobre el mismo territorio. Y el mayor esfuerzo para resolver el dilema, opina Bengoa, debe provenir de quien detenta el poder. Foerster va más allá: “Las políticas de integración han fracasado... Lo que vemos hoy es un viejo tema: hay ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, pero los mapuches son considerados de quinta, a quienes se les puede hacer cosas que jamás le harían a un ciudadano de primera categoría”, sentencia. Y en esa lógica, dice, las señales del Estado son contradictorias. “Por una parte procesa a los comuneros con una ley aberrante, pero por otra, a través del programa ‘Orígenes’ del Mideplan aporta recursos e intermedia con la sociedad civil mapuche, o la Conadi, que recupera espacios territoriales”, explica el antropólogo. “Otra fuerte contradicción la mostró el Gobierno de Lagos, muy sensible con las grandes inversiones forestales, pero muy poco cuando las policías irrumpen brutalmente en las comunidades”, agrega. Un camino, por cierto, es generar integración desde lo político, “pero obviamente con cuotas de poder que hoy los mapuche no tienen”, arguye Foerster. Cómo se conquista ese poder, es materia que reflejó en una columna de opinión, el cientista político José Mariman. “Los líderes etnonacionalistas mapuches no deberían perder de vista que en política las cosas no funcionan demandando reparar injusticias, especialmente cuando se es un enano enfrentando a un gigante que tiene el poder político, económico y militar. Los pueblos que han alcanzado la autodeterminación lo han hecho ganando duras batallas políticas”, escribió en el periódico “Azkintuwe”. Si bien Bengoa plantea que el reconocimiento político al movimiento mapuche por parte del Estado es una medida necesaria, Rolf Foerster dice que no basta con reconocer constitucionalmente a los pueblos originarios si los actores no son capaces de implementar dicho cambio. “Un marco jurídico así potencia el multiculturalismo, pero que de mayores cuotas de autonomía dependerá de la capacidad que para ello tengan las organizaciones indígenas y, sobre todo, la intelectualidad mapuche. No lo pueden esperar de un Estado cuya sensibilidad con los ciudadanos de quinta categoría es muy baja. El reconocimiento político requiere que los mapuches se transformen en actores políticos, algo dificultado durante años porque el movimiento mapuche ha estado disperso. Yo me pregunto -concluye Foerster-, si el Estado quiere negociar políticamente, ¿con quién negocia?”. José Saramago, escritor portugués y Premio Nobel de Literatura, le rogó en Madrid a la Presidenta Michelle Bachelet “hacerle un favor y mirar a los chilenos más antiguos, los mapuches” para atender las necesidades de quienes son -añadió el intelectual-, “perseguidos todos los días por la policía”. La Mandataria, que ayer se reunió con el mundo del arte y las letras españoles, respondió a su modo. “Don José fue generoso, dijo que el resto de los chilenos que no procedía de la etnia mapuche ya habían resuelto todos los problemas. Voy a ser más subversiva que usted, creo que eso no es así”, Y continuó. “Todos los pueblos originarios, y no sólo los mapuches, tienen los mismos derechos a estar integrados en el país con su propia diversidad”, pronunció la Presidenta. “Hemos avanzado un montón, pero es necesario avanzar más, porque aún persisten desigualdades de ingreso, desigualdades de origen, de cuna (...) En Chile sigue siendo diferente ser hombre o mujer, pobre o rico, del norte o del sur”, cerró Bachelet. |
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